viernes, 23 de septiembre de 2016

HÁBEAS CORPUS

—Y le manchaba los dedos de harina al entregarle el paquete, ¿verdad? Y usted después seguía su rastro, como un detective de película, ¿no es cierto? Y llegaba al escondite secreto donde, casualmente, había un hatajo de bandidos, ¿me equivoco? Y quién sabe cómo, acaban todos muertos y desaparece un valiosísimo alijo de droga, ¿es así? Y por fin, en su panadería, junto a un saco de harina, dejan por error unos fardos de polvo blanco que no liga bien, ¿me equivoco? Y encima intenta sobornarme y me dice que no necesita un abogado, ¿no es eso?

lunes, 19 de septiembre de 2016

La última pueblerina

Desde niño siempre vi cómo mi madre fingía llorar con desconsuelo cuando el autobús se alejaba cada mañana por la carretera en dirección al colegio situado a un buen trecho de la aldea. Nunca comprendí aquella puesta en escena que tanta vergüenza me daba y de la que se burlaban mis compañeros de clase llamándome paleto. Y del mismo modo que lloraba al irme, también daba incomprensibles signos de alegría cuando, por la tarde, llegaba de regreso en la misma camioneta y por el mismo camino, ante la burla de mis camaradas que, desde la ventanilla, me veían sonrojado.
Nunca supe el motivo de aquello siendo niño, pero de mayor, cuando dejé el pueblo para irme a la capital, y dejé la capital más tarde para irme a otra mayor y más lejana, descubrí que mi madre ensayaba para cuando me marchara de su lado y la dejara como la última habitante de mi pueblucho.
Hoy regreso a casa de mi madre tras tantos años de destierro. Sin embargo, aunque yo regrese, ella ya se ha ido, y yo no tuve tiempo de ensayar ni una palabra de despedida, ni un gesto de orfandad.

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sábado, 17 de septiembre de 2016

TURNO DE NOCHE (REC 19/9)

El lápiz con el que ella, cada mañana, se lo dibujaba ya estaba agotado tras casi un mes de retoques apresurados a la hora de abrir, así que se deshizo de él al terminar su turno y volvió calle abajo a su casa donde, antes de dormirse, la vigilante de noche fue retirándose de los labios con la lengua los restos de ese bigote pintado que borró apasionadamente de la boca del maniquí de la sección de caballeros.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Entre ses mains

Le masseur ne tarda  pas à reconnaître ce grain de beauté à la base de la nuque, et alors même, sans se montrer affligé, tout en continuant avec la manipulation cervicale de son patient, il se demanda s'il devait poursuivre le plan manqué ou rectifier l'erreur. Il n'arrêta pas de penser aussi à ce qu'il pourrait faire avec le cadavre du malheureux qu'il avait disloqué sur commande ce matin.

Traduction de Marie-Josèphe Pastre
"En sus manos" de JM Sánchez

sábado, 10 de septiembre de 2016

EN SUS MANOS (REC 6/9/16)

El masajista no tardó en reconocer aquel lunar bajo la
nuca, y entonces, aunque sin mostrarse afligido, mientras seguía con la manipulación cervical de su paciente, se preguntó si debía seguir adelante con el plan fallido o rectificar el error. Tampoco dejó de pensar en qué podría hacer con el cadáver del infeliz al que había descoyuntado por encargo esa misma mañana.

viernes, 2 de septiembre de 2016

EL QUICIO DE TODAS LAS RESPUESTAS

Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca, un laberinto de estantes con olor a papel viejo y a cuero, a madera y a cuarto cerrado, por eso no me importaba morir, al menos no muy pronto, si a cambio se me permitía gozar del tiempo quieto de la palabra impresa. Idolatré los libros, desatendí mi casa. Mi salud, mi fortuna, todo lo abandoné. ¿Fui malo acaso? Eso, que lo defiendan otros, Que mi voz apocada ya no tiene con qué. Ahora que me queda poco para descubrir si mis fantasías son o no como las pensaba, preferiría que semejante edén no existiera, pues sé que no se me abrirán sus puertas.

viernes, 26 de agosto de 2016

LA PITIÉ

J’avais l'habitude de demander: « Papa, tu n'as pas froid? », quand il
venait me couvrir. «Maman tu n'as pas sommeil?», je disais toujours quand je la voyais se balancer aux pieds de mon lit. «Carlitos, tu n'as pas pitié? », lui demandais-je quand je le voyais hypnotisé par le bruit monotone du "monitoring".
Les conversations à présent ne sont pas les mêmes avec cette machine qui m'a maintenu en vie plus que Papa et Maman.
« Carlitos tu veux tirer ce câble? » A peine ai-je eu le temps de terminer ma question.

Traduit de l'espagnol par Marie-Josèphe Pastre
Lien à "Lástima"

domingo, 21 de agosto de 2016

Jaramillo GO, el concurso















BASES DEL CONCURSO

  • Se trata de mandar imágenes de Jaramillo capturadas en cualquier lugar del mundo.
  • Puede participar todo el mundo con las capturas que desee.
  • Se aceptarán capturas mientras sea 31 de agosto de 2016 en la parte del mundo desde la que se manden.
  • El premio será la publicación de la imagen capturada y una dedicatoria especial del mismísimo Jaramillo.
  • La imagen más original recibirá un ejemplar de alguna antología de relatos en la que aparezcan cuentos del autor.

jueves, 18 de agosto de 2016

LA SALUD DE LOS LIBROS

A veces, cuando no tenía nada que hacer o nevaba en la calle, me colaba en la biblioteca y, a sus
espaldas, desde una mesa estratégicamente dispuesta, la observaba trabajando. Eran de veras mágicos aquellos instantes en que, parapetado tras los volúmenes de inservibles colecciones, espiaba sus tranquilos movimientos, las atentas curas que les practicaba a los libros de mayor edad o de uso más frecuente. Sus manos se posaban delicadamente sobre el lomo y, como acariciándolo, lo recorrían a todo lo largo. Era un gesto que ella conocía a la perfección, y casi podía hacerlo con los ojos cerrados y sin la menor pausa o duda, sin apenas respirar, pero dejando escapar un leve jadeo. Así conocí a la señorita Schnee, la restauradora de libros.
También era prodigiosa la atracción que despertaba en mí, y de qué manera más incontrolable, la imagen de sus tobillos apareciendo por debajo de la mesa, y sus pies apoyándose imperceptiblemente en las punteras y a medio descalzar. En ocasiones pensaba que su completa desnudez sería menos abrasadora que sus fascinantes ademanes.
Confieso que nunca antes me había sentido atraído por las mujeres cuya imagen se ocultaba tras un despacho o unas horquillas de otro tiempo, pero aquella bibliotecaria tenía una misteriosa manera de encubrir su doble vida tras las gafas enormes y el moño recogido de mala manera. Supe más tarde que alguien la dejó por otra más carnosa y menos preguntona, sin embargo sus ojos no transmitían cólera ni vergüenza por ser una solterona varada entre anaqueles de conglomerado. Aquella mujer tan reservada y encantadora disimulaba, tras la bata gris de servicio, una vida repleta y lujuriante, una existencia colmada de intrépidos amantes y corazones rotos. De día reparaba heridas de personajes ficticios, y de noche se curaba a sí misma de su propio pasado. Lo sé porque un día la vi, tras colgar el guardapolvo en el perchero, pintarse los labios de carmín, soltar el pasador que le retenía la melena y quitarse las gafas sacudiendo al mismo tiempo la cabeza. Ese gesto, que volví a ver en películas y anuncios, fue una imagen de la que nunca pude desprenderme del todo, hasta el punto de que me creí, en alguna ocasión, enfermo o poseído por el tórrido recuerdo.
Un día decidí seguirla —cuál no sería mi obsesión— hasta la máquina de café donde solía tomarse una pausa de vez en cuando. No había muchos empleados, y los que había no se paraban mucho tiempo, no como ella, que se acomodaba en el taburete giratorio donde le daba vueltas no solamente a sus ideas. Tras comprobar que no me podía sorprender espiándola, pude elegir un lugar discreto pero privilegiado. Desde mi posición podía verla de lado y ella a mí no. El rostro grave y seductor de siempre, el mismo que decidí no olvidar nunca, y su mirada entre triste y solemne contribuían a componer ese atormentado silencio que le era tan propio y la hacía tan hermosa. Sí, también alcancé a mirar sus esbeltos tobillos y la forma tan delicada de sus pies, que empujaban el asiento y, con él, aquella figura ardiente. Todo estaba en perfecto orden. De vez en cuando cruzaba las piernas y, al reacomodarse, veía cómo asomaba su tobillo y cómo se descalzaba levemente. El cambio de estado que se operó en tan poco tiempo, de oficinista gris a ardiente heroína de leyenda, me tenía en una constante ansiedad que me hacía vulnerable, pues había fijado mi interés más en sus piernas que en ella misma.
De pronto, al cabo de un instante, se levantó, se alisó la ropa, respiró hondo y volvió sobre sus pasos hacia la biblioteca, pero se giró súbitamente y me sorprendió contemplando el vaivén de su cuerpo y secándome el sudor. Sin el menor asomo de molestia, incluso con una familiaridad propia de quien se sabe observada desde hace tiempo, se me acercó, me ofreció un pañuelo y mordiéndose levemente el labio inferior, me clavó una mirada depredadora.

—¿Te gustan los libros de personajes malogrados? —dijo, mirándome temblar—. A mí también.

jueves, 11 de agosto de 2016

ESCAPARATE DE SUEÑOS

Ser escritor es algo indescriptible con palabras, y eso que recursos para ello no le
faltan a quien abraza esta ocupación tan arriesgada y provechosa. Ahora soy un autor consagrado, premiado, admirado, con ventas en todo el mundo, en todas las librerías del planeta, pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que tenía muy claro qué era ser escritor: un sueño. Por eso sabía describirlo bien. Pero eso fue hace mucho, y ahora me pregunto qué ha cambiado desde entonces.
De joven, al pasar por delante de la librería de mi barrio, donde exponían los libros de todos mis autores adorados, me decía para mí que algún día mis libros, con mi cara y mi nombre, estarían allí, en el escaparate de la calle del Pez 27. Más tarde descubrí lo complicado que era ocupar tan distinguido honor, pero nunca abandoné esa idea, hasta el punto de que, años antes de convertirme en un afamado novelista, escribí un libro que distribuí modestamente a través de Internet y logré depositar en la estantería que Cervantes & Co reservaba para los “autoeditados”, una categoría meritoria pero humilde por la que muchos pasamos y muchos abandonaron y muchos siguen frecuentando.
Cada vez que pasaba por ahí, disimulando interés por las últimas novedades de Marsé o Mendoza, miraba de reojo hacia el rincón donde descansaba mi libro de portada verde, siempre en medio de otros tantos. Aprovechando el quehacer de los libreros, me afanaba en colocar mi libro en posición privilegiada, bien visible aunque sin ensombrecer al resto. Del mismo modo que yo colocaba mi obra, así volvía a su sitio al poco tiempo, imagino que por razones de mercado. Un mes sí y otro también repetí la operación durante más de un año, hasta que, quién sabe si por dejadez o porque pensaron que la insistencia se debía a motivos empresariales, ahí se quedó, presidiendo el anaquel de los aspirantes.
Al descubrir que aquella portada con mi nombre era visible desde casi cualquier punto de la librería, acudía con amigos y familiares a presumir. Recuerdo la presentación de una escritora en cuyas fotos siempre aparecía, al fondo, mi novela. Aquel honor y toda la vanidad que lo acompañaba fueron mi entretenimiento durante mucho tiempo, hasta el punto de que llegué a pensar que mi carrera literaria se limitaría a eso. Y lo di por bueno, pues en el fondo sospechaba que aquello era una pequeña victoria, suficiente para mi menguado talento, pero incapaz de romper las fronteras del anonimato y de la fama.
Hace algún tiempo, cuando ya casi había olvidado toda la historia del libro furtivo, al ir a un acto publicitario en la librería de la calle del Pez 27, pude ver al fondo aquel volumen verde con mi nombre que gobernaba la balda central de los “autoeditados”, lo que significa que nunca se vendió, y sentí la tentación de desvelar mi secreto ante los invitados, ante mi editor, ante los libreros,… Pero decidí ceñirme al protocolo.
Hoy, ante el auditorio de la Svenska Akademien, he decidido anunciar en mi discurso que aquella primera novela era la mejor de todas las mías y que aun así nunca dará el salto del estante al escaparate.

martes, 2 de agosto de 2016

CALOR HUMANO

Era una tarde fría, tal vez más de lo acostumbrado, pero ahí estaban los corredores afrontando el trazado de la prueba. Y en la línea de llegada, con su manta térmica, estaba el atento auxiliar.
De pronto, al fondo la vio, delgada y sutil, con elegantes zancadas, y hacia ella se fue con la manta extendida como para recibirla y envolverla.
El calor que sintió la atleta envuelta en la manta la reconfortó, pero aún más el inusual abrazo del socorrista, que la rodeó por completo estrechándola contra sí.
La imagen fue portada en la prensa local.


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martes, 12 de julio de 2016

FRAGILES ROUQUINS (traducción de Marie-Josèphe Pastre)

En contemplant ces jouvencelles solitaires qui visitent les musées et s'arrêtent tranquillement devant le tableau, le moins visible Chipantasig, obscur patrouilleur des galeries, rêvait d'aspirer l'émanation de leurs corps.
Ce jour-là il a posé les yeux sur une subtile jeune fille aux cheveux cramoisis, insolites mais naturels. La délicate minceur de ses jambes, fines mais bien galbées, et la distinction de sa peau, blanche comme neige, lisse et modelée, attirèrent son attention. Ses yeux avaient l'étrange nuance des figurines émaillées sans cils, et ses mains étaient de porcelaine. Elle marchait doucement, à pas lents sans hésiter dans sa trajectoire, et cela la rendait spécialement attirante. Pour le reste, c'était une tenue anodine, un sac en bandoulière et des sandales, jamais elle n'aurait eu une telle stature hors d'un musée. Mais à l’intérieur, cette très jeune femme était tout ce que Chipantasig désirait ardemment. Rapidement elle s'est arrêtée devant un tableau.
Vue de loin, cette très jeune  fille semblait faire partie du tableau ; à mi-distance, son espace la retirait de l'ensemble ; de prés on pouvait entendre sa respiration d'abord posée ensuite inquiète. Le cours instant qu’avait duré le gué de Chipantasig lui avait suffi pour s'imprégner de toute la quintessence de ses proies, toujours  de fragiles jeunes filles qui venaient et finissaient par fuir déconcertées par la présence d'un inconnu peu recommandable derrière leur dos Mais ce dimanche là la jeune fille ne paraissait pas troublée, peut-être qu'elle ne savait pas encore assez comment s'éloigner de ce type étrange qui la suivait. La nouveauté déconcertait Chipantasig, mais il est resté serein et ,peu à peu ,il a laissé sa position à l'arrière et se plaça à la droite de la fille en la regardant de haut, en glissant son regard entre la chemise et la peau , en devinant ou en croyant voir un peu plus qu'une carnation rosée.. Elle ne paraissait pas gênée, peut-être parce que c'est à peine si elle remarquait l'attitude obscène du voyeur ; lui en revanche sentait un énorme désagrément à être traitée de façon supérieure par l'adversaire.
Comme dans son imagination, Chipantasig s'était approché suffisamment de la rousse pour humer le parfum de son corps, et il s’aperçut que la senteur du  gel douche s'était évaporée  après des heures de longue marche dans la ville, bien qu'il lui ait semblé que l'odeur de transpiration de cette jeune fille était très enivrante, de même que ses frisettes touffues ; Après n'avoir eu aucune réponse ses halètements devinrent plus sonores, et les siens commencèrent à s'entendre, d'abord légèrement puis avec netteté .
Tout était décidé pour panteler, et tout à coup la jeune fille tira de son sac un objet quelque chose en plastique tranchant. La respiration des deux pouvait s'entendre dans toute la salle.
—Ah ! Crièrent-ils tous les deux en même temps.
La jeune après le cri d'alarme des gardiens sortit en courant après avoir déchiré le tableau de deux entailles profondes en forme de X. Et Chipantasig resta là sonné avec le pantalon trempé, comme dans ses rêves.