jueves, 17 de mayo de 2018

FETICHISMO CLÍNICO

Algo está sucediendo en el universo, pienso, si las
cosas salen de esta manera tan ordenada, positiva y apetecible, sobre todo en un hospital, donde las cosas tienden a agravarse con cada pregunta que hace uno:
—¿Dónde me siento?
—Aquí, por favor –dice una dulce voz de enfermera en prácticas.
Para estar en una consulta de oftalmología, mi vista estaba de lo más activa, mucho más que de costumbre en un présbita temprano como yo. La espera es, entonces, apacible, viendo el ir y venir de la joven, cuyos Crocs rozan el suelo y chirrían como si piasen a mi alrededor.
Cuando la segunda enfermera entra en la sala, esta vez con un caminar sereno de mujer madura, lejos de desperezarme de mis ensoñaciones, contemplo al dúo que, con gasa una y con gotas otra, viene hacia mí con intachable profesionalidad.
—¿Te atreves? –dice la veterana.
—Sí –responde diligente la novicia.
El ruido de sus zapatos se ha detenido y solamente se nos escucha respirar a los tres. Aprovecho para entornar la vista y para recrear la escena en mi cabeza. Qué lástima tener que abrir los ojos, pero así es la práctica clínica.
Entregado al buen hacer de las dos sanitarias, miro al techo, como me piden, y me dejo sostener y ladear la cabeza a su antojo.
—¡Ay! –se lamenta la joven.
—No pasa nada –dice la experta enfermera-, ábrele más el ojo y échale otra gotita.
Una lágrima corre por mi mejilla y llega hasta la boca, donde saboreo un gusto áspero a pócima de farmacia. Entretanto, esta vez con más pericia, la aprendiz consigue llegar a su objetivo y se le extiende una jovial sonrisa blanquirroja.
—Es que con esas pestañas tan grandes… -dice, se mordisquea el labio inferior y me guiña un ojo, o eso me gusta pensar.
Me lo tomo como un cumplido, le devuelvo una mueca de agrado y la sigo con la mirada hasta más allá de la puerta, donde ya no escucho más que el piar de sus zapatos de goma.
Frente a mí, la enfermera titular, con una mirada censora aunque indulgente, fija sus ojos en los míos, me valora fríamente y asiente. Luego levanta una mano y me ofrece una gasa limpia, diciéndome que, ahora sí, cierre los ojos y espere un instante.
El instante, pese al picor inicial de las gotas, se vuelve plácido, sosegado. Creo que ella también ha salido de la consulta, pues no escucho su respiración. Imagino, cándido y encendido, que están preparándome una imposible sorpresa…
Impaciente, abro los ojos, pero la luz me ciega, todo está muy borroso.

LOS LOCOS DE LA GUERRA

La muerte se ha olvidado de nosotros, como hace tiempo
La Colifata
también la vida. Tras el estruendo inicial, tras los tanques y los tiros, ahora todo es calma en el pasillo central y en los dormitorios. Los vigilantes y los sanitarios, que se lo olían, ya se marcharon antes sin dejarnos ni siquiera las pastillas, pero no importa, porque ahora, vivos o muertos, somos libres y vamos a salir del manicomio, vamos a asaltar lo poco que quede del pueblo, el bar sobre todo, vamos a poner música y vamos a bailar como locos, hasta morir.

lunes, 14 de mayo de 2018

LA TEORÍA DEL CAOS


Creo saber de fútbol más de lo que se piensa,
porque soy bastante observador, aunque ni con eso me alcanza para debatir con los parroquianos del bar de mi barrio, todos ellos apasionados a tal punto del equipo local, que en ocasiones me pregunto si no estarán perdiendo la perspectiva ciudadana en beneficio de su obediencia dialéctica, eso, dialéctica, porque deportiva no es.
—Como marque el penalti, me hago un tatuaje con su careto.
—Como la meta, estáis todos invitados.
—Como ganemos, me rapo al cero.
No hace falta saber mucho de fútbol, solamente ser muy observador, para darse cuenta de que un gol podría desencadenar una revolución social en el barrio, ya que favorecería el pequeño comercio de proximidad.
—Como subamos a primera, me caso con mi churri.
—Como fichen al astro argentino, al churumbel que viene lo llamo igual que él.
—Como juguemos la championlig, voy a por la parejita.
Creo saber lo bastante de estas cosas como para prever un éxodo masivo a otras zonas debido a la falta de guarderías. Por eso, como lo del consumo interno está asegurado ganen o pierdan, casi prefiero que no lo hagan.

jueves, 10 de mayo de 2018

LA DECEPCIÓN DEL HOMBRE GRIS


Cuando éramos jóvenes y decididos, hombres resueltos
y osados, buscábamos labrarnos un futuro sin apreturas ni incertidumbres, lleno de confort y de manjares, de aplausos y de homenajes, de lujuria. De hecho gozábamos de todo eso mientras amasábamos ganancias y diplomas a la espera de escaños o prebendas similares. ¡Y mucha lujuria!
Ahora, ya con todo ganado y con menos empuje, nomás nos tienta el vértigo de robar dos minucias en un comercio a espaldas de la cajera. ¡Qué frenesí! Y también el de espiar a la criada mientras se quita el delantal.

sábado, 5 de mayo de 2018

HOMBRECITOS


Cuando mamá ponía ese gesto, uno de esos gestos de
madre, era que pasaba algo en casa: el grifo se había roto y papá lo desarmaba sin éxito, la sopa se enfriaba y el peque estaba jugando en su cuarto, mis notas no eran buenas y yo seguía empeñado en empeorarlas,… En fin, su gesto nos avisaba de que ocurría algo que no le gustaba demasiado, aunque luego fuera ella la que secara la inundación y llamara al fontanero, recalentara los fideos y me tomara la lección hasta tarde o se levantara temprano para terminarme los deberes. Hace unos días un nuevo gesto se instaló en su cara, y no supimos ni interpretarlo ni hacer nada para ayudarla. El gesto que tiene ahora es muy extraño, parece compadecerse de nosotros con esa mirada plácida de siempre, pero nos aterra a los tres, aunque mis tías, que han venido al velatorio, se ocuparán de que no nos falte de nada. Eso dicen ellas.

jueves, 3 de mayo de 2018

A QUIEN CORRESPONDA

Deberías ver las rozaduras de mis talones, las marcas de
sudor de mis axilas, estas uñas de luto y mis ojos sin luz. ¡Y el hambre que tengo! Desde esta mañana no he tomado más que un sorbo de agua, y eso porque un visitante la olvidó en el stand de rarezas filatélicas. Y no hablemos de la lengua, reseca de tanto chupar sellos. No fue buena idea aceptar esta gira. Tal vez al principio sí, pero no veo a quién puede interesarle ya mi presencia en una feria tan caduca. Me siento como el último de mi especie, conmigo se extinguirá una especie rara, el tipo que aún escribía tarjetas postales.

ÚLTIMAS VOLUNTADES


Deberías ver las rozaduras de mis talones, los callos de
mis pies, esas durezas de tanto andar tras de ti por estas estepas sin esperanza alguna. Sí, deberías verlas ahora que las he limado con tanto esmero esta mañana. Las dejé amontonadas sobre tu mesilla para que las recojas, las metas en un cucurucho de papel y las eches al váter cuando me haya marchado para siempre. No sé adónde iré, quizás no muy lejos de aquí, pero es la única manera de que algo mío llegue hasta el mar.

jueves, 19 de abril de 2018

TARDE Y DEPRISA

No seas impaciente en exceso ni demasiado apacible, ¿de acuerdo? Aún nos queda algo de tiempo, así que ve para allá, pídele perdón y confiésale toda la verdad, que sabrá ser clemente, o tal vez se muestre glacial, quién sabe. Te devolverá rencor o tal vez una sonrisa. Pero ese gesto suyo será el último que te lleves. De modo que ve para allá… ¡Ah, y no tardes mucho! Ese meteorito empieza a preocuparme.

jueves, 12 de abril de 2018

LA LECHE QUE TE HAN DADO

Era nuestro sueño desde chavales, tal vez modesto,
pero eran otros tiempos. Poco importaba si de comida teníamos acelgas, pues la recompensa del postre bastaba para resistir a las repugnantes verduras y a la monótona cocina familiar. ¡Quién hubiera imaginado entonces que aquellos "petisuís" eran yogur y no queso! ¡Ay, la leche! Aquel misterioso nombre escondía tantas mentiras…

sábado, 7 de abril de 2018

100.000 VISITAS

Con motivo de la cercana aproximación a la mágica cifra de 100.000 visitas, se propone el siguiente concurso:
  • Objetivo: Capturar la imagen de 99.999, 100.000 o 100.001 en el contador del blog.
  • Procedimiento: Enviarla a través de Facebook por privado con dirección postal.
  • Premio: Un ejemplar de "Herederos y conquistadores" firmado por el autor para la primera y única persona que consiga una de las tres capturas.
¡ADELANTE!

jueves, 5 de abril de 2018

¡BARATO, AMIGO!

Nos enviaban de una patada a las duras calles con la
única consigna de no regresar al almacén hasta que no hubiéramos vendido el último disco, la última camiseta o, en días lluviosos, el último paraguas, y con ese desprecio pensaban aquellos déspotas que seríamos más dóciles, más temerosos, más manejables. Pero no, los nuestros, allá en las cálidas llanuras, nunca fueron rencorosos, ni vengativos, ni mucho menos crueles con los abusos de los mediocres. Aunque acabamos de manteros aquí en las aceras, en nuestra familia de reyes siempre imperó la compasión hacia el fracasado.

miércoles, 4 de abril de 2018

EL ARROZ DEL DOMINGO


El arroz en aquella familia llevaba muchos ingredientes,
y todos tenían su sitio en la cazuela, así como a cada uno de los invitados le tocaba una cucharada muy determinada: a unos la parte más brillante del centro, a otros los pedazos de carne y a alguno la parte quemada que se encuentra en el fondo tras escarbar con insistencia. De todas maneras, antes de empezar a saborearlo convenía soplar bien o esperar a que se enfriara, pues no era recomendable tragarlo de golpe.
Como cada semana desde hacía muchos años, ya demasiados para algunos, el arroz del domingo era la cita obligada, una tradición familiar que, por suerte para otros, acabaría con la muerte del cascarrabias que los convocaba, el maldito viejo, como lo llamaban casi todos. Pero allí acudían sin falta, incluso a regañadientes, amansados por el arroz con el que obsequiaba a sus familiares el odiado vejestorio cuya herencia era tan codiciada como inaccesible. Sin demasiada ceremonia entraban todos juntos: el primogénito, soltero y apocado, las dos hijas, casadas y aburridas con sus no menos tediosos maridos, y los dos nietos, los únicos que mostraban un cariño sincero por el viejo.
— ¡Dejaos de besos y sentaos, que el arroz no espera!
Si los familiares eran falsos y esquivos con el viejo, también era mérito suyo, y él lo sabía, pero le encantaba mortificar a sus hijos delante de sus respectivas familias, nietos incluidos. Invitarlos era para él una suerte de tortura a la que sometía a los suyos en pago por quién sabe qué antigua rencilla.
Aquel soleado domingo, el primero tras un invierno más largo que de costumbre, el viejo insistió en que sirvieran la comida en el salón, lejos de la luz del jardín que tanto apetecía, y mandó que los niños se sentaran también con los mayores, cosa inusual. ¡Qué estaría tramando! Pues así empezó la comida, como siempre, retorciendo con sus manías aquella calidez primaveral recién estrenada.
Apenas acabaron de servir la primera ronda —el arroz era plato único, aunque abundante, eso sí—, el viejo golpeó la copa con el cuchillo y todos dejaron de comer, se limpiaron con la servilleta y lo miraron expectantes. A ver qué se le había ocurrido ahora al carcamal.
— He tomado algunas decisiones últimamente con respecto al futuro de la familia…
Nadie podía imaginar qué decisiones, pero mientras unos se frotaban las manos, otros se las echaban a la cabeza. Todo era posible tratándose del viejo, al que habría que inhabilitar, en opinión de la mayoría, o desahuciar, según el resto.
— Tras la muerte de vuestra madre, que tan solo me dejó, porque vosotros ya habíais dejado el nido, no he tenido más compañía que médicos y mayordomos, y eso no es conveniente para un hombre, así que he decidido pedirle matrimonio a la persona que más se ha ocupado de mí en estos años.
Los que antes se llevaban las manos a la cabeza ahora querrían echar mano de un cuchillo, y los demás también, lo que por primera vez creaba la unanimidad en esa familia. Las caras de las dos criadas exhibían por un lado sorpresa por lo escuchado, pues ni ellas se lo esperaban, aunque también se podían adivinar gestos de desconocimiento y disculpa, ya que no querían ser acuchilladas en el menor descuido. «A nosotras no nos lo pidió, lo juramos», parecían exclamar las dos empleadas ante los irritados hijos del amo. Y entre aquel revuelo, infrecuente pese a todo, los niños seguían comiendo arroz, ajenos al sísmico anuncio del abuelo, pero pronto intervino el patriarca para que le prestaran atención.
— ¿Qué os parecería si el abuelito se casara de nuevo?
Si los dos nietos parecieron mostrar una cierta alegría ante la idea de una nueva abuelita, los hijos no pudieron ocultar su enfado y su decepción, pero los anodinos yernos fueron más allá y se atrevieron a resoplar con furia, lo que ni siquiera alteró al abuelo, que esperaba una respuesta de los pequeñines.
— ¿Qué me decís vosotros?
Intuyendo la gravedad de la situación, los niños miraban hacia todos los que pudieran explicarles por qué una abuelita nueva no era una buena noticia, por qué iban ellos a renunciar a más regalos y atenciones. A falta de una respuesta, lo que se oyó fue una silla que arañaba el suelo empujada por el hijo mayor que trataba de mostrar autoridad poniéndose de pie sin mucho aplomo.
— ¡Papá, por favor! No sabes lo que…
El gesto del viejo bastó para interrumpir la frase apenas iniciada, y de nuevo reinó el silencio que necesitaba para anunciar cuál había sido la tierna y encendida elección de su corazón.
— Cuando uno pasa tanto tiempo solo, sin nadie que lo visite o lo llame por teléfono; cuando uno recibe a más cuidadores o comerciales durante la semana que a familiares, que vienen obligados; cuando uno solamente tiene contacto humano tumbado en la camilla al recibir masajes en la espalda, entonces piensa en lo que de veras necesita. Así fue como llegué a intimar con mi terapeuta.
— ¿Qué? —gritaron todos, salvo los niños, que, desconcertados por aquella palabra incomprensible y ofensiva, guardaron silencio.
En la cabeza de todos se iban despejando dudas sobre la identidad de aquella media naranja podrida, pero también aparecían nuevas preguntas, ya que las opciones se limitaban a dos: el quiropráctico o la osteópata, y en ambos casos la respuesta era traumática. ¿Estaría saliendo del armario a sus años o no quería más que gastarles una de esas bromas tan inapropiadas? Descartando lo primero pero sin suprimir lo segundo, todo indicaba que la candidata sería la joven y atlética fisio, pese a que con ella no jugaba al ajedrez, su gran pasión, aunque seguramente ella lo habría puesto en jaque con sus hábiles manos. Pero nunca se sabía.
— Tras pedirles consejo a varios amigos, decidí que no quería pasar solo el resto de mi vida, que mientras tuviera fuerzas, y vaya si las tengo, quería usar mi vigor en algo más que el ajedrez, así que le pedí la mano a Karen. ¿Qué os parece? Ellos aplaudieron mi decisión.
Los amigos del padre, aquellos viejos verdes, pensaron todos, lo que querían era babear con la nueva esposa de su cegado compadre, por eso le dieron el visto bueno a aquella decisión, con la esperanza de adornar su vejez con los bellos piropos que la joven les dedicaba.
Dos sillas más fueron arrastradas hacia atrás, y esta vez con mayor solvencia, o al menos con más ruido.
— Pero si es extranjera —dijo la hija menor.
— Pero si es mulata —dijo la hija mediana.
— Pero si podría ser tu hija —dijo el hijo mayor.
La joven Karen, de cuya competencia profesional nadie dudaba, se convertiría en la nueva matriarca de aquella familia, y eso sí que no, o al menos así lo creían los hijos, que poco a poco elevaban el tono de voz apoyados por sus cónyuges, que permanecían sentados.
— No os estaba pidiendo opinión —retomó el discurso el abuelo—, pero ya que la expresáis, os diré que ni su procedencia ni su piel me importan, en cambio sobre el hecho de que pueda ser mi hija, que no lo es, me parece una queja muy impertinente, sobre todo viniendo de un hombre soltero y sin hijos conocidos que, no hace mucho, aún seguía manteniendo una relación incestuosa con su hermana.
El helador silencio de la sala permitía escuchar la respiración ofuscada de todos e incluso su pulso acelerado.
— Pero tranquilos, solamente uno de los tres lleva mi sangre, los demás sois adoptados. Lo que no sé es si vuestra madre os lo dijo antes de morir para no preocuparos por aquella vergonzosa relación en caso de que nacieran criaturas que serían a la vez hijos y sobrinos…
Como cada semana, el arroz del domingo era la ocasión para reunir a todos en torno a la mesa familiar. En aquella mesa, de la que nadie podía levantarse tras el anuncio, y de la que todos querían huir por lo mismo, se recobraba la atmósfera de todos los domingos. El abuelo, mientras su familia cruzaba miradas de incomprensión y de desprecio, raspaba el fondo de la cazuela buscando la parte más quemada, su preferida.
— A mí me lo ha prohibido vuestra nueva mamá…, pero ¿alguien quiere repetir arroz?
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