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EDIPO PRÍNCIPE

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Si todo sale según mis planes, pronto volveré a reinar sobre cuanto me rodea, sin necesidad de compartir sus atenciones. Nadie podrá sospechar de mí, una adorable criatura incapaz de hacer daño, inexperta en el uso de toxinas y ungüentos, y sin embargo habré sido yo quien, día a día y a escondidas, le habré añadido unas gotas de esto y de aquello en su zumo, habré manipulado el contenido de sus cápsulas y habré impregnado de venenos todas sus cremas. Así funcionó con mi difunto hermano mayor y así acabará ocurriéndole a quien me impide ser huérfano, de momento. Ahí está, deslumbrante, tumbada en la playa, indiferente a mis llamadas, exhibiendo el abultado vientre ante sus amigas y haciendo con los dedos unos cálculos que no llegarán a cumplirse porque estoy a punto de ejecutar el golpe supremo. Me acerco a ella con un vaporizador, me hago un hueco en su toalla y comienzo a aplicarle en la barriga lo que parece un protector solar. Ella me sonríe creyendo que estoy ocupándome del polizón…

MENUDO PÁJARO

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Con el derecho siempre procuro mirar para otro lado, al cielo, a los nidos o a los matorrales, y así evito que me descubran las bañistas a las que vigilo con el otro objetivo. Mientras sus hijos se maravillan con el puesto de observación de aves, yo me deleito contemplando esos cuerpos aún jóvenes que se tuestan al sol. Y decían en la óptica que los prismáticos estaban inservibles.

MAR DE FONDO

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Cuando las aguas volvieron a su nivel tras el tsunami, ya no quedaba ni rastro del parque de los suspiros en el que, ocupados en otros menesteres, jadeaban los amantes acurrucados en los bancos públicos al amparo de la oscuridad e indiferentes a las miradas del pervertido que les ofrecía cupones del Euromillón.

MEMENTO MORI

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No podía dejar de llorar aunque aquello, en el fondo, le resultara totalmente ajeno, pero su público se lo pedía y tenía que mantenerse incólume. Ya había pasado por esto de forzar unas lagrimillas para consolidarse como el deportista más querido, más humano, pero hoy se lo notaba inquieto, agitado, quizás por la importancia de su victoria. De pronto, abandona la ceremonia a causa de una inoportuna diarrea, pero a sus espaldas escucha al público que sigue aclamándolo como a un héroe. Sentado en el retrete y tiritando, resopla al comprobar que ha logrado evitar el desastre

ATENCIÓN PRIMARIA

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Microrrelatos sobre malentendidos tecnológicos *********** De no haber sido por aquella melodía tan pegadiza, ahora no me encontraría en esta situación tan incómoda como poco decorosa.
La lluvia no invitaba a salir, así que, tras rastrear la red, decidí llamar a cita previa para una consulta sobre unos persistentes dolores articulares. El teléfono sonó hasta que una dulce voz, femenina pero inhumana, acompañada por una versión de The letter, me pidió ser paciente o acceder a la atención automática, mucho más rápida aunque menos íntima (esto último lo añado yo). Tras escuchar la canción varias veces, me olvidé del servicio telemático y decidí buscarla en Internet para deleitarme con aquella letrilla que me hacía bailar sin acordarme del dolor de hombros. Puse manos libres mientras consultaba las noticias en el teletexto y programaba la cafetera. Y de pronto:
—Para acceder al servicio automático, pulse 1, si no, espere.
Tropezando con los zapatos del pasillo (debería ocuparme también de eso)…

LA RAZÓN

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Si dijera que sentí dolor, mentiría; fue más bien bochorno o impotencia porque yo llevaba razón y él no, por mucho que la sociedad venerara su indumentaria y la historia respetara su enorme sufrimiento. Nadie, ni el mismísimo rabino, tiene derecho a bloquear la barrera del aparcamiento para visitantes haciéndonos esperar mientras encontraba cambio para pagar. Así empezó todo, una disputa sin importancia. Luego llegaron los policías y hasta el vídeo se hizo viral y pudieron verme en Jerusalén, en Nueva York y en mi pueblo golpeando a un par de turistas judíos en la salida de Auschwitz.

SIGNOS INEQUÍVOCOS

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Aquella tarde, Cándido, el campanero —también era misario por herencia paterna y relator local por tener voz potente y buena letra—, antes de dirigirse a la cita, leyó otra vez el anuncio que hablaba de un trabajo en la ciudad, y aquello, contra sus costumbres de hombre cabal, le pareció una premonición. Ya afuera, sin dejar de acariciar el papel, caminaba con una mano en los bolsillos, con un ojo puesto en el suelo y el otro en las nubes que anunciaban una tormenta cuyo destemplado rumor le llegaba a los oídos. Algo le olía mal, pues también evitaba desde hacía días las calles anchas, por eso, las pocas veces que se veía obligado a abandonar sus quehaceres, solía doblar las esquinas con sigilo, embozado en su chaquetón. Pensaba sobre todo en la farragosa tarea que el pueblo le había endosado y en cómo contentar a todos, a los pocos que le exigían cordura y a los tantos que buscaban un mal anuncio para emprenderla a reproches y a amenazas con sus vecinos o con los jornaleros venidos d…