jueves, 9 de agosto de 2018

SOMBRAS CHINESCAS


Mi vecina tendía la ropa al atardecer, cuando ese calor
estival parecía detenerlo todo, hasta la virtud. Apenas colgaba la colada en el tendedero de afuera, el aire se llenaba de un tentador aroma a jabón, y la brisa, juguetona y pícara, empujaba la sábana contra ella y se ceñía a todo su cuerpo, dejando solamente sus piernas por debajo de esa pantalla. Librándose de aquel húmedo abrazo, solía desprenderse también de su propio vestido, que tendía en el alambre mientras ella misma se dejaba acariciar por la luz de la luna y de alguna farola que proyectaba su sombra sobre el lino del jardín. Entonces su figura en blanco y negro se cepillaba el cabello al aire, se untaba de crema perfumada y soñaba, bajo mi mirada clandestina, con cosas que la hacían suspirar. Al cabo de un rato, seguramente aliviada por el aire del jardín, entraba en casa sin siquiera cubrirse, pero antes comprobaba de reojo si en el visillo de aquella ventana del seminario mi agitada silueta seguía espiándola.

martes, 19 de junio de 2018

LA PLAYA DE LOS DESEOS


Justo antes del amanecer, en esa hora difusa en que nada es lo que parece, sus pies, adornados con abalorios de otras tierras, se dejaban balancear por el vaivén del agua, y el resto de su cuerpo, de piel cobriza y sin ropaje alguno, reflejaba las últimas luces de la noche. A todo lo largo de la playa se podían ver siluetas semejantes, desnudas y con piel de avellana, pero solamente la suya tenía esa tersura sensual y apetecible.
No tardarían en llegar los veraneantes más madrugadores, de modo que, acercándola hacia mí, alivié con ella en un breve jadeo mi forzada abstinencia.
Cuando el cielo comenzó a clarear, me despedí de ella y recorrí con mis manos todo su cuerpo, terminando con un lento adiós, besuqueando los dedos de sus pies, menudos y arrugados. Ya era hora de marcharse, la oscuridad era compinche, tanto como rival era la luz.
Todo había ido bien, las olas de la noche trajeron a la costa los restos de un naufragio sin supervivientes para una orgía sin testigos ni acusados.


jueves, 14 de junio de 2018

BOOM TURÍSTICO

Hablar de muertos vivientes es pura teoría, salvo que se
trate de la señora que pasea a su chucho plácidamente por el parque, y una pareja de turistas comienza a acariciarlo hasta que, por puro gozo, le surge una cagarruta cilíndrica y poderosa que se pone a rodar cuesta abajo, y la dueña detrás, y el galgo desbocado, y los turistas incrédulos, y la señora que tropieza… Y al rato, bolsita en mano y cubierta de excrementos, la señora remonta a duras penas la cuesta, donde su galgo la espera indiferente. Por supuesto, ni rastro de los turistas.

CYBERCAFÉ CALENTITO


Hablar de muertos vivientes es muy fácil para quien
nunca los ha visto cara a cara en una gélida noche invernal.
-¿Está caliente el café? -me pregunta uno de ellos mientras nos ocupamos de los ateridos indigentes que malviven entre cartones junto a la vistosa tienda de teléfonos.
-Sí, claro -respondo y le ofrezco un sorbo.
Su manera de sostener la taza me indica que, cuando abran la tienda y su sueldo mensual vaya a parar al último modelo de smartphone, olvidará que ese café era para los sin techo, los mismos que le han ofrecido también sus galletas.

jueves, 7 de junio de 2018

HOMBRES DE MAR


Los dejaremos entrar, les afeitaremos esas barbas tan
tupidas, y luego, cada una a un par de ellos y hasta la hora que sea, se los llevará al dormitorio donde probarán nuestra pócima. Cuando, cansados de tanto deleitarnos, se duerman, los devolveremos al barco donde despertarán sin recordar nada y zarparán, como siempre, sin rumbo.
Cuando llegue el momento, volveremos a parir hembras sanas y, como siempre, arrojaremos a los varones al mar.

jueves, 31 de mayo de 2018

LA PACIENCIA DEL MAESTRO


—Prefiero las ratas por repugnantes que parezcan esos
roedores –dijo el profesor.
—Pjefiejo las jatas poj jepuj, poj jepuj…, -y ahí se bloqueó.
El profesor, que comenzaba ya a extrañar su sucio empleo anterior, propuso hacer una pausa para relajar la laringe. Tras unos minutos de reflexión, solicitó un voluntario, y no tardó en presentarse otro valiente:
—Plefielo las latas pol lepugnantes que palezcan…
Desde el pasillo aún podía escuchar al alumno terminar la frase. Llamando al ascensor, lamentó que su único recuerdo del mundo de la enseñanza fuera verse los dedos manchados de tiza.

jueves, 17 de mayo de 2018

FETICHISMO CLÍNICO

Algo está sucediendo en el universo, pienso, si las
cosas salen de esta manera tan ordenada, positiva y apetecible, sobre todo en un hospital, donde las cosas tienden a agravarse con cada pregunta que hace uno:
—¿Dónde me siento?
—Aquí, por favor –dice una dulce voz de enfermera en prácticas.
Para estar en una consulta de oftalmología, mi vista estaba de lo más activa, mucho más que de costumbre en un présbita temprano como yo. La espera es, entonces, apacible, viendo el ir y venir de la joven, cuyos Crocs rozan el suelo y chirrían como si piasen a mi alrededor.
Cuando la segunda enfermera entra en la sala, esta vez con un caminar sereno de mujer madura, lejos de desperezarme de mis ensoñaciones, contemplo al dúo que, con gasa una y con gotas otra, viene hacia mí con intachable profesionalidad.
—¿Te atreves? –dice la veterana.
—Sí –responde diligente la novicia.
El ruido de sus zapatos se ha detenido y solamente se nos escucha respirar a los tres. Aprovecho para entornar la vista y para recrear la escena en mi cabeza. Qué lástima tener que abrir los ojos, pero así es la práctica clínica.
Entregado al buen hacer de las dos sanitarias, miro al techo, como me piden, y me dejo sostener y ladear la cabeza a su antojo.
—¡Ay! –se lamenta la joven.
—No pasa nada –dice la experta enfermera-, ábrele más el ojo y échale otra gotita.
Una lágrima corre por mi mejilla y llega hasta la boca, donde saboreo un gusto áspero a pócima de farmacia. Entretanto, esta vez con más pericia, la aprendiz consigue llegar a su objetivo y se le extiende una jovial sonrisa blanquirroja.
—Es que con esas pestañas tan grandes… -dice, se mordisquea el labio inferior y me guiña un ojo, o eso me gusta pensar.
Me lo tomo como un cumplido, le devuelvo una mueca de agrado y la sigo con la mirada hasta más allá de la puerta, donde ya no escucho más que el piar de sus zapatos de goma.
Frente a mí, la enfermera titular, con una mirada censora aunque indulgente, fija sus ojos en los míos, me valora fríamente y asiente. Luego levanta una mano y me ofrece una gasa limpia, diciéndome que, ahora sí, cierre los ojos y espere un instante.
El instante, pese al picor inicial de las gotas, se vuelve plácido, sosegado. Creo que ella también ha salido de la consulta, pues no escucho su respiración. Imagino, cándido y encendido, que están preparándome una imposible sorpresa…
Impaciente, abro los ojos, pero la luz me ciega, todo está muy borroso.

SOMBRAS CHINESCAS

Mi vecina tendía la ropa al atardecer, cuando ese calor estival parecía detenerlo todo, hasta la virtud. Apenas colgaba la colada en e...