martes, 16 de octubre de 2018

PRÉHISTOIRE


Quand il ressentit le vide, l’homme des cavernes décida
Grotte Chauvet
que, pour combattre la barbarie, pas besoin de plus de barbarie, mais tout le contraire, afin que soit balayée la rancœur, en nivelant la méfiance, en mettant en lumière la coexistence…, mais vu que la civilisation n’était
même pas possible, il s'est dessiné lui-même avec les autres unis dans des tâches communes, et c’est ainsi qu’est né l’art.

Traduit de l'espagnol "Prehistoria" par M-J Pastré


jueves, 11 de octubre de 2018

MOLUSCOS


Tan misteriosamente como apareció, se cierra ahora en banda
el mesero a todo alarde con la bandeja y se esconde a salvo en la cocina. El implacable Jaramillo saborea un suculento banquete ofrecido por el dueño como pago de una deuda de juego.
Con parsimonia, hace un montoncito de jugosos berberechos y otro bien grande de conchas vacías, y descubre el engaño.
— ¡Mal, faltan bichos!, exclama y se tienta la cartuchera dividiendo mentalmente cincuenta entre dos.
Faltan bichos, y los temblores del propietario le indican a Jaramillo que va a pelar marisco hasta que le sangren los dedos.
REC, 11/10/18

jueves, 4 de octubre de 2018

AÑOS DE PLOMO


Comienzan a acumularse en la superficie del planeta todo tipo de signos que anuncian -o así lo piensa Jaramillo- una inminente catástrofe: tormentas solares, islas de plástico, playas de ladrillo, barrios para turistas, diplomas falsos…
-¡Años de plomo! -exclama con resignación.
Decididamente, la prensa no va a ayudarlo a disfrutar del verano, pero en lugar de tirar la gaceta al suelo, que ya bastante sucio está, el muy insensato se hace un gorro de papel y se echa una siesta al abrigo de la radiación.

domingo, 30 de septiembre de 2018

VISTA CANSADA


Algo está sucediendo en el universo, pienso, si las cosas salen de esta manera tan ordenada, positiva y apetecible, sobre todo en un hospital, donde todo tiende a agravarse con cada pregunta que hace uno:
— ¿Dónde me siento?
— Aquí, por favor –dice una dulce voz de enfermera en prácticas.
La bata sin arrugas y de un blanco casi doloroso indica que se ha incorporado hace poco al servicio, aunque eso garantiza también que no va a cometer imprudencias que deriven en daños para el paciente. Antes de que me someta a la exploración de retina, aprovecho para centrar mi mirada en ella, en sus movimientos, en su altura. De este modo, convirtiéndola en humana, me parece como si la barrera con el paciente se viniera abajo. En el borde del bolsillo, casi tapado por una selva de bolígrafos, trato de adivinar su nombre, pero sin gafas no me es fácil leer unas letras tan pequeñas, así que me centro en su cabello. También en sus ojos. Para estar en una consulta de oftalmología, mi vista está de lo más activa, mucho más que de costumbre en un présbita temprano como yo. La espera es, entonces, apacible, viendo el ir y venir de la joven, cuyos zuecos de goma rozan el suelo y chirrían como si cientos de pajarillos piasen a mi alrededor.
Cuando la segunda enfermera entra en la sala, esta vez con un caminar sereno de mujer madura, lejos de desperezarme de mis ensoñaciones, contemplo al dúo que, con gasa una y con gotas otra, viene hacia mí con intachable profesionalidad.
— ¿Te atreves? –dice la veterana pellizcándole el brazo y con un tono entre cómplice y estricto.
— Sí –responde diligente la novicia, que no sospecha lo que esconde esa actitud de su tutora.
El ruido de sus zapatos se ha detenido y solamente se nos escucha respirar a los tres. Aprovecho para entornar la vista y para recrear una sugerente escena en mi cabeza, pero pronto me sacan de mis delirios con un leve roce en la frente para que me ponga en la posición recomendada. Qué lástima tener que abrir los ojos, pero así es la práctica clínica.
Entregado al buen hacer de las dos sanitarias, miro al techo, como me piden, y me dejo sostener y ladear la cabeza a su antojo. En cierto modo el ensueño continúa, incluso bajo el foco, pero ahora no las veo, solamente las oigo.
— ¡Ay! –se lamenta la joven.
— No pasa nada –dice la experta enfermera, que la consuela con esa voz tan grave y cálida-, ábrele más el ojo y échale otra gotita.
Animada por el apoyo de su superior, la joven vuelve a la carga, segura de no decepcionar a la enfermera y de ganarse otra caricia. Una lágrima corre por mi mejilla y llega hasta la boca, donde saboreo un gusto áspero a pócima de farmacia. Entretanto, esta vez con más pericia, la aprendiz consigue llegar a su objetivo y se le extiende una jovial sonrisa blanquirroja que adivino a través de una cortina colirio.
— Es que con esas pestañas tan grandes… –dice, se mordisquea el labio inferior y me guiña un ojo, o eso me gusta pensar. También se me ocurre pensar que hacen todo esto para burlarse de mí o para invitarme a participar. Fuera lo que fuera, me lo tomo como un cumplido, le devuelvo una mueca de agrado y la sigo con la mirada turbia hasta más allá de la puerta, donde ya no escucho más que el estimulante piar de sus pasos sobre el suelo.
Frente a mí, la enfermera titular, con una mirada censora aunque indulgente, fija sus ojos en los míos, me valora fríamente y asiente. Luego levanta una mano y me ofrece una gasa limpia, diciéndome que, ahora sí, cierre los ojos y espere un momento en la misma sala hasta que venga la doctora a verme.
El instante de la espera, pese al picor inicial de las gotas y a la progresiva oscuridad, se vuelve plácido, sosegado. Creo que ella también ha salido de la consulta, pues no escucho su respiración. Imagino, cándido y encendido, que están preparándome una imposible sorpresa…
Impaciente, abro los ojos, pero la luz me ciega, todo está muy borroso.

sábado, 29 de septiembre de 2018

HOMO HOMINI LUPUS

Me acuso de un amor desmedido por los animales, desde
siempre, pero creo que he llegado a un punto sin retorno del que, espero que no, podría sufrir consecuencias insondables.
De niño, en la granja de mis abuelos, disfruté de la compañía de simpáticos conejitos, compañeros de juegos que, tras unos días, desaparecían de mi vista y, como me decían, se iban al paraíso de los bichos. Más tarde supe iban a engalanar arroces y calderetas que yo mismo festejaba.
Con la adolescencia, los chicos del pueblo me iniciaron en encuentros carnales con gallinas, aunque la arriesgada mecánica de semejante coito me decepcionó y me abrió a otras prácticas autónomas que, aunque solitarias, entrañaban menos peligro de hemorragias y rasguños. Comprendí que tal vez el reto de enfrentarse a unas uñas ciertamente temibles convertía a aquellas citas en excitantes más que plenamente carnales.
Ya en la plena juventud y tras muchos intentos fallidos de acercamiento a hembras de mi especie, hube de rendirme a la evidencia de que, o buscaba sustitución a mi autoerotismo, por entonces ya desbocado, o tendría graves problemas de integración.
Nunca me importó tener una inconfesable sexualidad, ya que a nadie tenía que rendir cuentas de nada, y mi discreción era intachable, no así mis costumbres. Hoy me veo ante un dilema de difícil resolución ya que, tras haber probado muchas alternativas, sin grandes logros, desde hace un tiempo mantengo una relación sentimental con una…, una relación digamos libidinosa con una… En fin, que entre una oveja y yo ha surgido, más por mi parte que por la de ella, esa complicidad, esa rutina apacible y sin rencores que llamamos amor.
Llámenme loco, pero no será por eso. Lo que me preocupa es que siento la necesidad de dar un paso definitivo en lo nuestro, pero algo me dice que nadie lo comprendería, ni la sociedad ni el resto del rebaño, que no acierta a entender lo que pasa.
Me acuso de un amor desmedido por los animales, desde siempre, pero tengo miedo de no ver la diferencia entre fornicar con una oveja y lo que estoy a punto de hacer: agarrando fuertemente a la oveja por las patas y tras haber iniciado sutiles preámbulos con sus ubres, me dispongo a practicar un cunnilingus diabólico.

RESEÑA: LAS MIRADAS MIOPES, NICOLÁS JARQUE

Mi ejemplar dedicado
Ágil y solvente, como su autor, es este libro de relatos que publica la editorial Enkuadres, en cuya nómina encontramos a otros muchos escritores de talla. Nicolás Jarque (Albuixech, València, 1977) ha dividido la antología en tres partes, Ceguera de amor, Ojo por ojo e Hipermetropía, con una óptica desenfocada que preside el conjunto de Las Miradas Miopes.

Una contra firmada por el brillante Francesc Barberá nos anuncia la perspectiva del autor sobre su obra y previene al lector, como Cortázar, sobre el correcto manejo del volumen.
En toda la obra notamos el perfume de Millás, que retuerce delicadamente la naturaleza de las cosas, como cuando un miope mira a su alrededor mientras limpia sus gafas y apenas acierta a distinguir los límites de objetos, personas y sentimientos:
Jarque y un servidor
"A veces, me pregunto qué habrá sido de ella y de nuestros hijos bilingües." (Mi primer amor, p. 13)
Intachable en el arte del microrrelato, Jarque nos brinda un catálogo de escenas colosales, coronadas con finales dignos de aplauso y no carentes de malicia, sorna y deliberada ambigüedad:
"Si era mi hija, una Livingston, rergesaría a casa y si no que la naturaleza impartiese justicia." (Prueba de paternidad, p. 45)
Se recomienda la lectura de estos micros para combatir las penas de este mundo cansado, y se invita a pasearse con él o a engalanar con color el gris del metro de camino al trabajo. Si hacemos esto, se nos aclarará la vista y, quién sabe, tal vez tengamos encuentros sorprendentes:
"Soy Marcial, el personaje cruelmente vilipendiado de tu primer relato". (p. 101)

Veredicto: Indispensable.

jueves, 20 de septiembre de 2018

SUTIL VENGANZA

Acercándose un poquito más al borde del barranco donde se esconde el secreto del tiempo y dejan de existir las cosas, Jaramillo decide que, pese a la larga caída de la que nadie escaparía, aquella, por mucho que la mereciera, no era venganza suficiente contra el engreído coronel, de modo que hilvana otro plan menos sangriento aunque más punzante. En lugar de lanzar al vacío a su enemigo, imagina cómo se sentiría el infame si perdiera para siempre todas sus fotos de mujeres desvestidas.
REC 20/9/19

PRÉHISTOIRE

Quand il ressentit le vide, l’homme des cavernes décida Grotte Chauvet que, pour combattre la barbarie, pas besoin de plus de barb...