viernes, 18 de mayo de 2012

Al otro lado


La bondad es un engaño, lo puedo asegurar porque vivo a diario escenas que me lo confirman. Incluso cuando alguien muestra una pureza casi inhumana, más propia de una estirpe de santos, incluso ahí no puedo sino percibir artificio y, lo que es peor, militancia. Sin embargo, en una ocasión, solo en una, dudé de mis palabras, y fue cuando se cruzó en mi vida un tipo, sí, un tipo, uno de esos que parecen existir en otra dimensión, ajenos a cuanto sucede y comprometidos de veras con el bien, el bien sin interés, por sí mismo.
A veces me viene a la cabeza la anécdota de uno de los internos que pasó por aquí a cumplir su pena de cárcel en un plan novedoso de servicio voluntario a los ciudadanos del país. El señor Gladwell, un apacible médico e investigador, solía pensar profundamente y parece que por ello sufrió persecución y por ello padeció presidio durante el decenio que la historia llamó los años de plomo. En esos tiempos lo conocí, cuando yo no era más que un funcionario de prisiones en prácticas. Aún recuerdo aquella juventud despreocupada que nos miraba tras las rejas reprochándonos nuestra vinculación a las sucesivas administraciones, y también recuerdo la mirada comprensiva que el recluso Gladwell nos dirigía a los carceleros. Supongo que por esa calma y ese don de transmitir serenidad le encomendaron la tarea de poner en pie un proyecto periodístico dentro de la misma cárcel. Los jefes y subdirectores nunca entendieron la hondura ideológica del médico, y mucho menos sus prácticas de laboratorio, pero, ya que no podían hacer con él lo que hubieran deseado, y reconociendo la talla científica del reo de conciencia, lo dejaron en ese centro penitenciario experimental en el que los internos se ocupaban de tareas tan insólitas como la fabricación de componentes para aparatos electrónicos, la representación de obras de teatro o la siembra de césped y la plantación de petunias en las glorietas de poblaciones y carreteras. Al señor Gladwell lo mandaron a resucitar la rotativa del penal, clausurada y reabierta según triunfaba o no un pronunciamiento marcial. Pese a ser un neófito, pronto supo organizar un equipo de reporteros y redactores, y así las primeras tiradas del semanario Libertas salieron a los puntos de distribución, que eran la librería y el vestíbulo, proponiendo información sobre música popular y ciencia básica, entrevistas mundanas y crónicas deportivas.
El propio reo me contó que allí, pese a todo, encontraba una especia de felicidad, haciendo a su vez felices, una vez cada siete días, a los más de tres mil reclusos que, algunos por delitos innombrables, habían sido privados de algo tan inapreciable como la libertad, y disfrutaban de aquella lectura en el patio.
Esa inesperada felicidad, que nunca es imperecedera y ni mucho menos perpetua, sino puntual y breve, le duró al señor Gladwell un año y un día, periodo al cabo del cual se vio obligado a salir de la cárcel contra su voluntad, dejando tras de sí el trabajado proyecto informativo que tanto bien procuraba y tan breves hacía las largas horas de reclusión. Por más que pidió prorrogar su estancia —¡hay que ver!—, las autoridades no le permitieron semejante irregularidad. Me contó el propio Gladwell que, como no le permitían el acceso de nuevo a la que fue su residencia y lugar de trabajo durante los últimos doce meses, tuvo el médico que romper la luna de un comercio para que de este modo lo volvieran a detener durante, por lo menos, una semana más. No es que Gladwell se encontrara mejor en la celda que en libertad sino que durante esa semana celebraban el primer aniversario del periódico y él no quería faltar a la festiva celebración.
Movido por una inexplicable caridad o por mera simpatía, le dije que saliera a la calle, cogiera un adoquín, el más pesado, y que lo lanzara contra la tienda de ultramarinos de la esquina. Aquí empezó de veras mi carrera de funcionario de prisiones, ya que tuve, además, que falsificar una resolución de prórroga y una nueva orden de ingreso en prisión por los daños provocados contra bienes privados, todo ellos fuera de mi autoridad, que era ninguna.
Es cierto que para que Gladwell fuera feliz haciendo el bien tuvo que provocar un daño a otros, porque rompió el escaparate del inocente tendero que no sé si podría reponerlo fácilmente. El fin, por entonces, en mi juventud insensata, justificó todos los medios, y siempre defendí con firmeza que a veces hay que perdonar los pecadillos de los grandes hombres, porque suelen rectificar en tiempo y forma, y Gladwell no solamente le pagó el cristal, también se disculpó diciéndole que, a pesar del desarreglo, todo había servido para hacer felices a algunos. Cuando todo se descubrió, pese a las irregularidades, las autoridades decidieron pasar por encima el caso del médico periodista, aunque no sin antes reprocharle con grandes voces y poca diplomacia su ingratitud y mal compañerismo.
Gladwell era un gran hombre, y como tal, no necesitó todo el respeto del mundo, a él le bastó con el agradecimiento de unos pocos, y ya está. Más tarde supe que el tendero tenía también allí un hijo preso que aprendió el oficio de impresor en el largo lustro de condena y así pudo entrar a trabajar al salir de prisión. Definitivamente, de ese modo se confirma lo de los grandes hombres.
En cuanto a mí, los responsables penitenciarios tras indagar en el asunto, decidieron sancionarme y desplazarme lejos de casa, mandándome a otro centro en el que, tras muchos años de escrupulosa carrera al servicio de unos y otros, ejerzo de director. Hoy mismo tengo que sancionar a todo mi equipo por una irregularidad grave ya que, de lo contrario, el peso de los de arriba caerá sobre mí. Acaban de comunicarme que se ha fugado un preso, Aguilar, uno de esos que vienen recomendados por la autoridad. He ordenado formar patrullas de rastreo, pero no creo que lo encuentren, seguro que alguien desde dentro le ha echado una mano. No era mal tipo ese Aguilar, hizo felices a muchos aunque él no buscara hacer el bien sino la justicia; no era mal tipo, pero me ordenaron su custodia y vigilancia so pena de destitución. Reflexionando sobre el caso me he acordado de Gladwell, ese buen hombre.
Vaya, creo que ya se acerca el encargado de la patrulla. Espero que me dé un informe medianamente satisfactorio, de lo contrario este negocio se cierra, desde abajo, pero se cierra.
—Ni rastro de Aguilar, señor director, pero al menos hemos podido desarticular a un grupo que estaba a punto de escaparse por los desagües.
—En fin, un pequeño mal por un gran bien. ¿Cree que se lo tragarán los de arriba?
—No son mala gente.