domingo, 20 de mayo de 2012

El amor verdadero


La hermosa Madeleine, por lo general ajena a preocupaciones, se estremeció por la respiración sacudida de su marido. Podría llevar así un largo rato, pero solamente se despertó la esposa cuando los gemidos se incorporaron a su sueño y, en duermevela, ella misma soñó lo que estaba pasando hasta que abrió los ojos por completo.
Era la primera vez que tenía esa rara experiencia de unir la vigilia y el sueño en una realidad tan palpable. Sintió miedo, un miedo distinto, como si aquello se escapara a sus datos.
—Avívate, Alfred, cariño. Tengo aprensión, haces unos rumores muy chocantes.
Madeleine colmó su formación con parches de escasa utilidad, aunque muy vistosos, y así hizo cursos de retórica mal aprovechados y abandonados pronto. Probó muchas disciplinas, y de todas extrajo lo mínimo. Sabía Madeleine que no era recomendable sacar con brusquedad a un sonámbulo de su estado, pero el pánico la superaba. La lección de aquella revista que consultó en la peluquería hubo de saltársela faltando a su norma de obedecer a los consultorios. Su marido no reaccionaba, pero ella insistía.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde?
La lista de interrogativos, que Madeleine recordaba de memoria, se habría alargado de no ser por la mano de esta sobre los labios del esposo apenas regresado.
—¿Con qué delirabas? Estabas dialogando en sueños, no sé qué expresabas, pero llevabas instantes.
Madeleine solía dar demasiada importancia a los pequeños malestares de la gente, incluso se volvía algo neurótica, pero cuando el achaque afectaba al sueño, a la mente, a la magia, entonces su cabecita atolondrada se extraviaba en posibles diagnósticos caseros de poco acierto y menor base.
—Habrías de visitar al facultativo.
Bastaba con ese consejo, casi nunca obedecido, para calmar transitoriamente la obsesión de la débil Madeleine. Una vez más Alfred fingió una visita al médico para dejar de oír la cantinela de su mal estado de salud. Y así pasó el tiempo, no mucho, pero pasó: tal vez un mes.
El trabajo se le acumulaba al atareado marido mientras que la sufrida esposa llenaba su tiempo en un curso de desactivación del anterior. De este modo Madeleine recuperaba un idioma que poco a poco se hacía irreconocible y ridículo. Todas las noches esperaba la llegada de Alfred, incluso ya de madrugada, para demostrarle sus avances.
—Buenas noches, amor. ¿Quieres cenar? He horneado unas empanadas. Bueno, las he calentado.
—Muchas gracias, Mad —acabó por llamarla así—, ya cené algo por ahí. Creo que me voy a acostar.
Madeleine comenzó a sospechar que ese ritmo furioso acabaría por pasarle factura a la salud de su esposo, pero prefirió esperar a los síntomas para tener razón y no pasar una vez más por una hipocondríaca a terceros. Esa prudencia también la leyó en un consultorio.
Para sorpresa de la abnegada esposa, mientras le preparaba un remedio para dormir, Alfred ya dormía y roncaba como si su conciencia estuviera tranquila.
—Cielo, cómo trabajas por nuestro bienestar, y yo aquí cuidando de que no te pase nada. Duerme, mi amorcito.
Como respuesta recibió una inspiración profunda, grave, ruidosa e intermitente, lo que anunciaba una noche de insomnio para Madeleine. Y así fue, al cabo de una hora el bramar de Alfred se hacía incómodo, pero poco a poco se transformada en un residuo de lenguaje articulado.
—Te odio, Madeleine, no sabes cómo te odio, ni te lo puedes imaginar.
Madeleine no sabía si una vez más estaba en una vigilia onírica o de verdad lo estaba escuchando así.
—¿Qué dices, amor?
Nunca debió pronunciar esa frase. De la boca de su esposo dormido brotó un reproche, y luego cien, cien críticas, y luego otras mil. Madeleine no trató de despertar a Alfred hasta que no creyó acabadas sus acusaciones, pero esta vez no por el riesgo de despertar a un sonámbulo, sino por asegurarse de que ambos estaban despiertos.
—Cariño, ¿estás despierto?
—Sí, he tenido una pesadilla horrible en la que te engañaba con mi secretaria y tú nos sorprendías en la cama. Menos mal que me has despertado, estaba tan inquieto como en esos sueños horribles en los que crees que te caes o que te persiguen.
Tras varios episodios similares, al cabo de unos meses Madeleine comprendió lo que tenía que hacer, y así se lo confirmó la consejera de una revista para mujeres mundanas.
Alfred dejó de tener pesadillas desde que Madeleine le anunció que había descubierto su truco y que aceptaba su doble vida a cambio de dejarla inscribirse a cuantos cursos quisiera. Ambos dejaron de mentirse y triunfó el amor como suele ocurrir en la prensa de papel couché.