lunes, 21 de mayo de 2012

El envoltorio de la memoria



Cuando el veterano fiscal Mayer había dado por seguro que nunca más volvería a ver a su amante, la señorita Schnee, aquella figura tan sutil de su pasado apareció de repente, del brazo de un caballero, en la puerta del café en el que apuraba las tardes junto a su esposa. Ambos se evitaron, pero sin duda se vieron.
Dudando entre acercarse o no, el maduro letrado recordó una historia que solía escuchar de su madre, quien, siendo una chiquilla, recibió una muñeca como regalo de cumpleaños. La futura señora Mayer acató la orden de no sacarla de la caja, de conformarse con verla a través del plástico transparente y de devolverla a la estantería donde tendría que reposar hasta el año siguiente, en que recibiría de nuevo el mismo regalo y el mismo mandato. Al contrario de lo que habría sentido cualquiera, aquella niña aguardaba con ansia e ilusión el día de su cumpleaños para poder encontrarse de nuevo con esa muñeca de la que no podía obtener más que eso, pero que era lo máximo. Ella creció y tal vez olvidó aquella muñeca, pero obtuvo una lección duradera. Tal vez de ese modo, tiempo después, pudo soportar tantos años la lejanía de su esposo, porque aprendió a mantener intacta la imagen de quien se entregaba con todo su valor, fuera el que fuera y de tarde en tarde.
Con la señorita Schnee, Mayer supo valorar las ventajas y los inconvenientes, y así adivinó que no le convenía traspasar unos tenues límites que la encerraban, a pesar de la tremenda fascinación que producía en él. Sin embargo, el fiscal siempre fue capaz de admirar su compañía y no quedar cegado por sus interminables pestañas. Es cierto que vivieron momentos inolvidables, pero siempre los separó el envoltorio que ambos se construyeron para no tener que salir a la realidad de lo corriente. Pero la realidad apremia siempre.
Previsor como era, ante la eventualidad de un fin repentino, frente a la contingencia de una separación definitiva, sin más motivo que una hipotética ruptura, Mayer comenzó a soltar el lastre que los estancaba para que, llegado el momento en que se separaran para siempre, ya estuvieran lejos de antemano y no hubiera que lamentar ni reprochar nada. Poner a salvo el recuerdo de la señorita Schnee sería como depositar su imagen en una caja y contemplarla tras el plástico con el anhelo de que un día volviera. Y aunque el amor viniera a faltar, siempre quedaría ese envoltorio, aislado del mundo y del tiempo, en el que se conservaría lo más puro y más frágil que habría existido jamás en una vida pausada como la del fiscal.
—Cuídese, mon lapin —le dijo Mayer, tratando de expresarle en un segundo todos los años de callada pasión y sin disimular su ahogo.
—Ya sabe, como dice el poema: partir, c’est mourir un peu —le dijo ella cuando, sin entender muy bien por qué, ya no había remedio.
—Oui, vous avez raison. Mourir un peu, ce n’est pas mourir, ce n’est que partir. Adieu, mademoiselle Schnee.
—Adieu... —y se contuvo—. Adieu, hombrecito.
Morir un poco no es morir, y por eso salieron a flote gracias a que se marcharon lentamente. Haberse dejado poco a poco durante los escasos meses que transcurrieron hasta el desenlace final les evitó tener que dejarse con sobresaltos, y eso se lo agradecieron mutuamente. No se dieron ningún recuerdo, ni ella un mechón de pelo ni él un retrato. Tampoco se juraron volver a verse ni tampoco mantener viva una llama insensata de ternura. Ni siquiera trataron de consolarse con la idea de un incongruente reencuentro casual muchos años después porque sabían que el amor tampoco habría sido suficiente para mantenerse vivos en la memoria. Meyer nunca acertó a saber si la sacó fácilmente de su recuerdo o ella misma se fue desconcertada por la oquedad de sus evocaciones.
Quién sabe si pudo olvidarla del todo, pero la pura verdad es que no quiso hacerlo y se negó a arrinconarla en un joyero como hacen los amantes quiméricos. De ese modo, cuando volvió a verla transcurridos muchos años, pudo sentirse satisfecho de haber recuperado su imagen intacta, tal y como era aquella mañana en que salió de su vida. Así, de la misma manera en que su madre logró resistir al desaliento por la lejanía de su esposo gracias a la fidelidad mostrada a una muñeca sin desempaquetar, Mayer también pudo sobrellevar la distancia que lo alejó de la señorita Schnee. A veces Mayer se asombraba al verse repitiendo sus pequeñas ceremonias cotidianas, e incluso sus caprichosos hábitos. Alexandra apreciaba la magia y algunos ritos que jamás comprendió del todo pese a que llegó a aceptarlos y a practicarlos. Más tarde adivinó el placer indescriptible que se puede experimentar al pasear por cementerios o, en otra escala, el encanto de coleccionar números capicúa o entradas de cine, la utilidad de plegar las mantas a los pies de la cama o la inconfesable manía de escribir mensajes en cajas de cerillas, un lugar en el que nadie mira. Seguro que ella también copiaba, aunque sólo fuera inconscientemente, algunas costumbres heredadas de él, pero ignoraba cuáles. Mayer nunca dejó de preguntarse si se habría desembarazado la señorita Schnee de su común memoria, que no era ligera, aunque seguramente ella ya había digerido el trance de sus amores fallidos. Tampoco sabía si verlo allí, aquella tarde, le evocó imágenes confusas e idealizadas que apenas los tenían a ellos como protagonistas pero que se resistían a evacuar la mente de un modo definitivo. Al fin, Mayer prefirió salir del café y responder a esas dudas con más calma, aunque, ya desde la calle, no se resistió a volverse hacia la vitrina tras la que pudo ver, intacta y como la recordaba, a su señorita Schnee, igual de esbelta que aquel día.
No se preguntó si cada cual en su intimidad lamentó o no esta separación. Lo importante para él fue haber podido salvar de la mejor manera posible aquel recuerdo tan amargo, aquella herida tan honda que punzaba, aquellas llagas tan angustiosas que jamás cicatrizaron por completo.