miércoles, 2 de mayo de 2012

Estrellita


Aquella calle empinada minaba la escueta paciencia de Estrellita, siempre tronando contra todo. Ese carácter no era una pose para camuflar una exquisita sensibilidad literaria, no, la sutileza de su prosa era un bálsamo para los malos humos congénitos: Estrellita, un torbellino de tres palmos y de piel albina.
El plazo de entrega de unos relatos para el certamen organizado por una asociación vecinal era la causa de nuestra aventura en aquel barrio.
—Como no lleguemos —repitió por tercera vez— te tragas los folios.
—¡Que sí! Ni en el Barrio de las Letras se te calma el temperamento, caramba.
—Ya me contarás —proseguía su retahíla de agravios—, todo va para las letras, las palabras, los libros y los autores, pero nadie se ocupa de los humildes.
Estrellita hablaba de los más modestos utensilios de la lengua: las tildes. Lamentaba que la gente descuidara aquellos minúsculos signos que ennoblecían a las palabras.
—Una tilde es capaz de convertir a un pulpito en un púlpito.
Con ese divagar llegamos al número 39, donde se entregaban los manuscritos. Ni siquiera dentro cesaron sus protestas: la altura de los peldaños, la de los empleados, la suya propia. Estrellita sacó un sobre con el relato y se lo entregó a un amable señor.
—Es para el concurso. Cuatrocientas palabras, contadas. Y las tildes.
—Veo que lo tiene todo en orden. Los datos van dentro, imagino.
Para comprobar que todo iba bien, extrajo del sobre una hoja en la que pude leer un extraño nombre: Úrsula García.
—Está todo. Oiga —dijo sin pensarlo—, ya es hora de que alguien mire por los pequeños, que todos somos necesarios. Las letras ya miran por sí mismas, pero las tildes...
—Lleva razón. Y no le digo nada de las comas.
Esto último no debió de gustarle a Estrellita, pues su rostro, habitualmente blanco, alcanzó un tenue resplandor rosáceo, indicio de coraje.
Volviendo, Estrellita me explicó la importancia de ensalzar el valor de lo pequeño, pues en su vida, por su estatura, todo le había parecido inalcanzable.
—Llegará el día en que a un barrio lo llamen de las Tildes, como a éste lo llaman de las Letras.
Bajó la mirada para ignorar los homenajes a tanto célebre residente. Al culminar la cuesta, nos sentamos a descansar, y entonces no pude contenerme.
—¿Quién es Úrsula García?
—Pues yo.
—Entonces..., ¿Estrellita?
—Dicen que soy como una enana blanca.