jueves, 17 de mayo de 2012

Éxito al fin


Georges era un tipo con talento pero sin malicia, lo que lo convertía en carne de cañón para oportunistas. Su mayor virtud era la creatividad, algo insegura, pero fértil, lo que lo llevó a plantearse su futuro como escritor de éxito, o simplemente como autor narrativo en general. Tras muchos intentos fallidos, su tesón lo acercó a varios mecenas, muchos de ellos también escritores, y su vida arrancó en el mundo de las letras, aunque sus cifras no despegaban con el mismo empuje.
De no ser por su esposa, que lo animaba a la vez que lo inspiraba y corregía, probablemente nunca habría publicado una línea, ni siquiera una queja en la sección de cartas al director de un diario local. Sin embargo ella pareció ser el motor de un creador de una talla admirable.
—¿Por qué no cambias esto por esto? Así el lector no se agobia buscando palabras raras.
—Todas las palabras que uso están en el diccionario, y no veo un motivo para rebajarme al nivel de los lectores de masas. Que se esfuercen y aprendan su propio idioma.
—Solo digo que la lectura se haría más fluida.
Apenas dos frases, y el debate estaba zanjado a favor de su esposa, y el resultado era inmediato en la opinión de público y crítica.
—Esos personajes hablan como si estuvieran en una comedia de hace tres siglos, ya nadie habla así, o eso creo yo.
Solía convencer con facilidad a Georges, desconcertado por su inesperada parcelita de éxito, aunque no siempre aceptaba sus peticiones con el mismo convencimiento.
—En vez de palabras como ardid, treta o añagaza, tienes que usar algo novísimo.
—¿No pretenderás que utilice ese palabrón? ¿Qué diablos es un artifugio?
—Tienes que ser más innovador, abrirte a los cambios, crearte un léxico por el que se te reconozca.
—Eso es de la literatura experimental, y ya es viejo. Hay que tener cuidado con todo lo experimental, el abuso es muy dañino.
Georges admitió ese artifugio a regañadientes, pero lo aceptó.
—De acuerdo, cariño, pero, primero, si ya existe artimaña y, segundo, también tenemos subterfugio, ambos casi sinónimos, ¿para qué nos hace falta un tercer término que no aporta nada? Confundes el ser innovadora con ser iconoclasta.
En esas discurrieron unos meses de mucha creatividad y de demasiada distancia. Parecía como si tanto consejo los hubiera transformado de marido y mujer en autor y agente. Los plazos de entrega, las revisiones aceleradas, las críticas se impusieron a las sorpresas, la peticiones de opinión y las propuestas de cambio. Pero la máquina seguía sacando páginas y páginas, aunque las editoriales no aceptaban al mismo ritmo.
La labor de representación de su esposa la alejaba más y más de su casa común, y el teléfono fue un amarre frágil que, poco a poco, se deshilachó hasta caer y romper todo vínculo.
Caído en la rutina de un estilo modelado por ella, pronto perdió interés por escribir y se dio a lo único que podría devolverle la musa, pero fue en vano. Consumió sus ahorros y tuvo que agachar la mirada cuando quiso ser readmitido en su trabajo anterior, del que se fue con algo de pompa, honesta, pero no inocua.
Una mañana, hojeando las páginas del suplemento literario, quedó sorprendido al ver en una foto a su ex mujer junto al flamante premiado por una editorial de renombre. El pie de foto los señalaba como pareja, así que continuó leyendo en voz alta el artículo.
—...y lo vemos junto a su actual pareja y representante, verdadera inspiradora de una obra que no agobia al lector con palabras raras y que tiene una lectura fluida, no como esos autores que hoy hablan como hace tres siglos. En suma, una literatura novísima, abierta a los cambios y con un léxico arriesgado por el que se reconoce a su autor.
Lejos de hundirse, el infortunado Georges saboreó profundamente un éxito que le pertenecía y supo esperar el pausado caminar de la razón, que de algún modo le devolvería lo que era suyo y de nadie más.