domingo, 6 de mayo de 2012

Helga aún no habla


Las copas, los chinchines, los abrazos y el vocerío, sobre todo el vocerío, eran indicios de que otra velada incomprensible iba a tener lugar ante los ojos de Helga, de la que nadie se acordaba sinceramente salvo para pellizcarle los mofletes o acicalarle los ricitos. Ella misma pasaba por alto que la hora de mandarla a la cuna había pasado ya ampliamente.
Allí seguía la pequeña Helga, ajena a todo aquel tinglado de vasos, banderas y bufandas, más interesada por el ir y venir del gato que por la enorme pantalla de plasma comprada no sin sacrificios y con la promesa del fabricante de devolverle al padre el importe íntegro en caso de victoria de la selección.
Nada la convencía de la trascendencia de aquel encuentro, ni las constantes llamadas de atención de los invitados, ni el volumen acústico en el salón, tanto el del aparato de televisión como el de los gritos de su papaíto, desesperado ante la tardanza del gol liberador. Era para todos nueva esa pasión por el deporte del alterado papá.
—Mira cómo corre, vamos, dale. ¿Has visto qué bueno es?
Pero ella seguía imperturbable ante el sufrimiento de su padre, encaramado desde los últimos minutos de la prórroga a una bicicleta estática aparcada sin motivo aparente en medio del salón y que por fin encontraba un uso práctico. La indiferencia de su inocente hijita ante el espectáculo ya comenzaba a minar el baluarte de la nueva fe en la selección, una devoción adquirida tras el pago a toca teja de aquel aparato y con esperanza de reintegro de la totalidad de su importe.
—Mira qué bien hacen la zona defensiva.
La niña ni lo miró. Los ojos de la madre le devolvieron un rencor ambiguo, como si esperara una explicación sobre actos recientes:
—No tienes ni la menor idea, que esto no es baloncesto.
Estaba claro que no tenía de su lado al sector femenino de su familia, y tal vez ahí decidió que ya era hora de engendrar un varón para igualar posturas en caso de que le consultaran alguna vez. Esta idea la mantendría en secreto hasta que fuera inevitable, como hizo con la compra del televisor de plasma.
Para evitar la mirada de su mujer, decidió entonces interrogar a la pequeña Helga, pero no obtuvo el apoyo que buscaba.
—A que resulta que ahora va con ellos, la muy traidora.
Ni con ellos ni con nadie, sencillamente, como hasta hacía una semana a su padre, ese juego la atraía más bien poco, y solamente alzaba la vista y salía de su concentración para mirar con desconcierto a mamá cada vez que algún invitado se devoraba las uñas de tres en tres. Pero de pronto...
—¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! Viva la madre que te parió...
Los ojos de la pequeña se dilataron. Aquel energúmeno subido a la bicicleta estática no podía ser su padre, aunque todo indicaba que sí y que el que ella conocía no era sino una versión irreconocible del vociferante enfurecido que se abrazaba con todos.
—Menuda tele nos ha pagado la selección con este gol. ¿No dices nada, Helga? Qué vas a decir tú, si aún no sabes hablar.
La mirada de la pequeña Helga pareció más calmada. Al fin descubría un rasgo común con su padre: a ninguno le gustaba el fútbol.