martes, 15 de mayo de 2012

La fortuna


A finales de año, tal vez para olvidar las apreturas o quién sabe si para tratar de conjurar la tristeza, todo el mundo compraba y regalaba billetes de lotería con los que confiar en poder salir a la calle con una botella de champaña esperando el paso de algún reportero de la televisión. En aquella empresa de distribución de embutidos todo estaba ya preparado para la ceremonia, pero reinaba un extraño ambiente de desconfianza. Cualquiera hubiera creído que nadie deseaba ser agraciado con un baño de millones.
Todo había comenzado semanas antes cuando uno de los empleados, Milton, el oficinista, tomó la responsabilidad de recaudar el importe de los boletos y comprarlos todos con el mismo número. Una vez adquiridos, el trabajador procedió al reparto según la lista. Cada cual recibió el suyo hasta que, durante un recuento intermedio, resultó que faltaban dos décimos, justamente la cantidad que el empleado había reservado para sí. Su decencia le decía que, si hay alguien que debía quedarse sin ellos, sería él mismo, pero la realidad nos convence de que nadie querría quedar fuera del capricho de la fortuna.
De este modo, asumiendo que debería pagar el descuido, o el robo, trató de hacerse con otros dos billetes de ese mismo número, pero la administración no disponía de más. Los compañeros, al menos algunos, se propusieron para encontrar una solución, pero de ellos nadie había reservado más que un número, por lo que no se podían desprender de un billete para cedérselo al generoso colega. En tales circunstancias, todo indicaba que la frívola suerte podría hacer de las suyas. La solución menos dañina aunque nada reparadora llegó cuando unos compañeros se acercaron al organizador y le propusieron un arreglo:
—Escucha, Milton, no quedan boletos del mismo número, pero tampoco vas a pagar el dinero de los décimos perdidos o robados, así que te hemos comprado dos de otro número. ¿Qué te parece?
—Pues me parece que el día del sorteo vamos a estar todos mirándonos de reojo para que no nos toque a ninguno.
—O a todos, aunque eso es más complicado. En fin, que toque un número ya sería bueno.
—¿Seguro?
Efectivamente, nadie estaba seguro de esas palabras pronunciadas con buena voluntad pero sin convicción.
El día del sorteo llegó y la musiquita de la extracción de números incomodaba a todos los empleados que, de reojo, se miraban tal y como anunció Milton. De vez en cuando se formaba un revuelo que de inmediato se calmaba tras la falsa alarma, pero tras varios alborotos una voz propagó la noticia de que el premio principal había sido extraído. Al no coincidir con el número jugado por los empleados todo volvió a la normalidad y los unos recuperaron su puesto de trabajo y los otros recuperaron la serenidad de no tener que bajar la mirada al paso de Milton.
—Bueno, habiendo salud, a quién le hace falta una millonada.
Esa frase se repitió durante unos minutos, y la jornada laboral siguió su orden habitual hasta la hora de la salida. Como si se tratase de una reconciliación colectiva y un voto para que una situación así no volviera a darse entre colegas, decidieron algunos tomar una copa en el bar de los jueves.
—¿Qué va a ser?
—Cervezas para todos, imagino, dijo uno.
—¿Algo más?
—Sí —dijo Milton con una sonrisa satisfecha—, yo tomaré un Manhattan.