jueves, 3 de mayo de 2012

La joven del tren de cercanías


Un lunes sí y otro no, casi todos los miércoles, algún jueves, los viernes sin falta: tras casi un año de fijarme en aquella joven del tren de cercanías podía dar por concluido el estudio paciente de su horario. Y no solo de su horario sino también de sus costumbres: los lunes, uno sí y otro no, cargada con el ordenador y escuchando música con los auriculares, los miércoles, casi todos, revisando carpetas, subrayando nombres, rotulando líneas enteras o tachando párrafos íntegros, los jueves, algunos, leyendo libros, por lo general grandes éxitos de novela negra, y los viernes vestida informalmente y con una maleta para, tras el trabajo, sin falta, viajar a alguna parte lejos de aquí. Los viernes hojea revistas. No sé qué hace los martes. Me encantaría saber dónde pasa los fines de semana.
Siempre la veo subirse en la misma estación, siempre por la misma puerta, del mismo vagón, del mismo tren, a la misma hora inclemente en que apenas ha salido el sol y ni el día es día ni la noche es noche. Como es su costumbre —una más—, se coloca en el mismo asiento, junto a la ventana, en el lado izquierdo y en el sentido contrario al de la marcha. Al principio solía sentarme de manera aleatoria ya que a esas horas casi todo el vagón estaba desocupado, pero poco a poco fui decantándome por aquel asiento que me mostraba su mejor perspectiva: en el lado derecho, junto a la ventana y en el sentido de la marcha. En esa posición, tanto ella como yo fuimos acostumbrándonos a una monotonía semanal que era más un rito que una estrategia. Imagino que a ella también le parecería curioso verme los lunes alternos con un libro, casi todos los miércoles con el libro a medias, algunos jueves acabando el relato y los viernes sin falta cerrando el volumen por la última página. Se imaginaría que los martes avanzo en la lectura y que los fines de semana elijo otra novela, con frecuencia clásicos de detectives.
Ella elegante y yo informal, su cabello cuidado y el mío apenas tenido en cuenta, de tez atendida ella y bien perfumada mientras que yo me afeitaba miércoles y viernes. El mayor contraste fue el que, aunque tardó en surgir, percibimos al cruzar la mirada, la sonrisa y el saludo, y que cotidianamente sería nuestra manera de decirnos: «Buenos días, es un placer ver amanecer juntos.» Y así llegamos al trabajo, ella en la oficina, yo en el taller.
Con el tiempo acabamos por dar todo esto por bueno y, al menos yo sí, por despreciar los martes y los fines de semana.
Hace tiempo que falta a su cita monótona con nuestro despertar. Estas semanas de desconcierto laboral habrían sido más llevaderas si al menos hubiera podido disfrutar de su saludo matinal, pero no, ni siquiera eso ha salido bien. Hoy he tenido cita en recursos humanos para recibir una carta de despido o una propuesta de recorte salarial, y al firmar mi renuncia a seguir trabajando allí solo he pensado en que ya no volvería a ver a aquella joven del tren de cercanías.
De regreso a casa, el tren se toma su tiempo en la estación antes de cerrar las puertas y ponerse en marcha. El toque del silbato que anuncia el inminente cierre de puertas me sorprende sentado en el asiento de costumbre y mirando hacia donde solía ponerse ella. De pronto, con la respiración entrecortada por la carrera, aparece la joven, me mira, me saluda, me sonríe y se sienta. Solo lleva un sobre, como el mío, en la mano. Se da cuenta de la coincidencia y, para mi sorpresa, me dice:
—¿También te han echado? Cabrones, eso es lo que son todos, una banda de cabronazos.
Era la primera vez que me hablaba en casi un año y también la primera en que oiríamos nuestras voces. Sorprendido, respondí:
—Ya ves. Hacía mucho que no nos cruzábamos en el tren.
—Estas semanas he estado fuera, menudo trajín, mazo de curro, y al regresar ya ves lo que me encuentro.
—Ya noté que faltabas. Oye —traté con indecisión de comenzar una charla—, ¿sabes en qué pensaba al firmar el finiquito?
—En dejar de madrugar una temporada, no me digas más. Porque a mí eso de levantarme a las seis menos cuarto me deja flashseada.
—Sí, en eso pensaba —respondí y la dejé hablar hasta que llegó su parada y se despidió de mí.
—Chaíto —dijo y se marchó revolviendo el aire de todo el vagón.
En ese momento lamenté haber terminado de leer la novela detectivesca, así que tuve que dejar pasar las estaciones hasta que llegara la mía. De repente, en el sitio que solía ocupar aquella joven se sentó otra, igualmente vestida, igualmente sofisticada, y con una novela entre las manos.
—Déjalo —pensé—, si ya no vas a tener que venir en tren.