martes, 15 de mayo de 2012

La verdad apacible


Uno de nuestros colaboradores, Marcel, creo que era ingeniero, llevaba sin visitar a su familia cerca de tres años, desde que abandonó su país para buscar fortuna en el nuestro. Llegadas las vacaciones, como nada lo ataba aquí más que su cuenta en dos redes sociales, decidió cruzar el océano para ver cara a cara a sus seres más cercanos. Así lo anunció en la cena que la empresa solía organizar el último viernes hábil antes de la estampida general.
—Ya era hora, Marcel, de que visites a personas de carne y hueso, que también existen.
Cada cual se alegró a su manera de este viaje y le deseó al ingeniero un reencuentro feliz con los suyos.
Al regreso de las vacaciones, todos retomaron su puesto y sus actividades salvo Marcel, que, sin aviso, se ausentó dos días, luego tres y así hasta que todos pensaron que ya no volvería. Si bien cundió una cierta tristeza por su ausencia, todos acabaron alegrándose de que hubiera encontrado un lugar en el mundo y alguien con quien disfrutarlo.
—Así dejará de hacer esas cosas, ya sabéis. ¿Os acordáis cuando lo sorprendió el jefe?
—Aun así era buen tipo, qué carajo.
Pero pronto esa extraña satisfacción por Marcel se tornó desdicha, ya que al cuarto día le llegó un mensaje a un miembro de la red social del ingeniero en que se anunciaba su muerte en accidente y en penosas circunstancias que se omitieron por escrúpulo en el despacho.
—Vaya, si estas cosas se desactivaran en casos así, seguiríamos todos tan contentos.
El haber conocido la verdad había sembrado un luto virtual en la oficina, un duelo imposible de palpar. La muerte también tiene cabida en el espacio cibernético, pero no así el funeral.
—¿Habrá que organizar algo? ¿Qué hacemos?
—Nada, responder a ese amigo de la red y mandarle nuestras condolencias. Para esto no hay emoticones, pero haremos lo mejor que podamos. Si nos dicen una dirección podemos mandar una corona, porque ir hasta allí es imposible, ya no tenemos días libres.
La inmediatez de estas máquinas facilitó una dirección a la que mandar una corona de afecto y llanto a la lejana familia de parte de otros desconocidos de ultramar. Todos contribuyeron y en poco menos de una hora ya se estaba enviando desde la ciudad más cercana a la casa de Marcel una corona con una cinta de recuerdo emocionado.
—Es curioso, en menos de una hora hemos conocido la noticia de la muerte de Marcel y ya hemos mandado a miles de kilómetros unas flores, es increíble el progreso.
—¿Estamos seguros de que ha llegado la corona?
La duda que no surgió al recibir un mensaje sin confirmación sí apareció cuando se tenía que confirmar la llegada de una mercancía tangible. Alguien se encargó de las pesquisas sobre la entrega a tiempo de la corona, y parece que todo estaba en orden, que llegaría a través de las montañas a su destino para la última ceremonia de Marcel.
—Tranquilos, la empresa se encarga de todo.
La petición de datos sobre la corona mortuoria perdida siguió no se sabe cuánto tiempo activa en la red, igual que los innumerables mensajes que llegaban a la cuenta viva de Marcel. Quién sabe si también habría un camión de reparto buscando indefinidamente un velatorio.
—Mirad, os lo digo en confianza, es mejor decir que sí ha llegado, porque yo no estoy seguro.