domingo, 6 de mayo de 2012

La vida misma


Mientras se abanicaba con la carta que le confirmaba que aquel día sería el último antes de su jubilación, Gennaro, el suspicaz guardia de aduanas esperaba la llegada del último tren de la jornada, el que entraría en la estación con toda exactitud a las 17:42, como todas las tardes desde hacía veintidós años, los mismos que llevaba trabajando en aquel destino, a veces apacible y a veces monótono.
La megafonía anunciaba la inminente entrada del expreso internacional en cuyo interior viajaban los apresurados turistas de siempre y los infrecuentes viajeros distendidos. También viajaría él, aquel extranjero que, tras bajar la bicicleta del vagón de segunda, cruzaría las vías hasta llegar al control y mostraría con indiferencia el contenido de las alforjas.
—Buenas tardes. Permítame, señor. Arena, ¿no?
—Buenas tardes. Como siempre, arena.
Desde hacía veintidós años, recuerda Gennaro la misma escena, la misma conversación y la misma indolencia. Pero aquel día ya no sería igual porque, tras acabar su turno, el último turno de su carrera, seguiría a aquel extranjero incomprensible y trataría de descubrir el lejano misterio de los sacos de arena. Cuando atravesó el control el último pasajero del expreso, Gennaro siguió al insólito personaje hasta la taberna de la estación del otro lado, un tugurio donde desde hacía más de veinte años, como tantas veces comprobó el guardia, tomaba su objetivo un trago antes de llegar a casa. Allí, acodado en el mostrador mientras su carga de arena reposaba junto a una farola cercana, bebía apaciblemente el héroe de las leyendas inventadas por el aburrido Gennaro. ¿Estaría construyendo un fortín con los sacos? ¿Le serviría la arena para hacerse una playa en las calas rocosas del otro lado? ¿Usaría la arena fina para practicar una rara alquimia? Por fin se decidió a abordarlo:
—Buenas tardes, señor. Gennaro, el agente de aduanas del otro lado.
—Ah, sí. Buenas tardes.
Como el viajero no era de muchas más palabras, Gennaro prosiguió con un discurso a medio camino entre una excusa y una introducción.
—Verá, no es nada, y además ni estoy en mi jurisdicción ni en horario de trabajo. Es más, hoy me jubilo.
—Vaya, enhorabuena. Yo también, ¿no es casualidad?
—El caso —continuó el agente—, en fin, es que llevo más de veinte años viéndolo cruzar la frontera, a la ida con las alforjas vacías y a la vuelta con dos sacos terreros.
La mirada del viajero, a falta de gestos claros, parecía no indicar contrariedad, así que Gennaro prosiguió.
—Me preguntaba, insisto que sin ninguna maldad y sabiendo que ya nada debe temer de mí, me preguntaba, decía, qué tipo de negocio puede ser el suyo.
Cuando Gennaro pareció haber acabado, el extravagante forastero sacudió la cabeza como si al cabo de más de veinte años hubiera comprobado el triunfo de su estrategia.
—Mire, Gennaro, llevo más de veinte años cargando con arena, sí, siempre lo mismo. Lo que cambiaba siempre era la bicicleta.
El contrabandista, tras tantos años de faena, tomaba la jubilación satisfecho, igual que su desde entonces amigo Gennaro.