jueves, 17 de mayo de 2012

Las esperanzas


Guido era un antiguo ferroviario, un tipo prudente que no creía en supersticiones, y una de sus aficiones era desmontar los mitos de la gente. Fue él quien acabó con la tradición de no comer gallo, pues convenció a todo el mundo de que con o sin el animal, el sol saldría a la hora prevista. También se le atribuyó el logro de no sacar santos a la calle para invocar la lluvia. Guido decía que las tallas policromadas de hacía tres siglos estaban mejor en la iglesia que a pleno sol, sobre todo porque con santo o sin él, el cielo no estaba de llover. Efectivamente, Guido era un tipo prudente.
Una vida de viajes, siempre sobre raíles, hoy aquí y mañana allá, lo convirtieron en un espíritu libre, de modo que su vida se llenó de aventuras y anécdotas que compartía con todo aquel que quisiera escucharlas, que era casi todo el mundo. Cuando se jubiló, al principio se aficionó a pasar buena parte del día en la taberna, un lugar de cita ineludible en el barrio, pero pronto vio que aquello no le serviría para colmar un vacío mucho mayor.
En efecto, su vida viajera le privó de un hogar, y a sus años echó de menos por primera vez tener familia. Sus aventuras amorosas no fueron más que lances carnales, pero Guido ya no pensaba en eso, ahora soñaba con tener una pareja con quien pasar una velada íntima a diario. Él mismo tardó en reconocerse, pero hubo de aceptar su necesidad y no dudó en probar métodos sensatos. No le fue fácil pasar por las pruebas de la conquista a su edad, pero no le temblaron las piernas cuando tuvo que adentrarse en reuniones de otoñales solteros. Finalmente, tras estrepitosos fracasos y sonados abandonos, Guido recurrió a lo que jamás creyó que pudiera servirle. Renunciando a todos los principios en los que había creído antes, rellenó un recipiente con licores y esencias, añadió todo tipo de ingredientes, alumbró una vela y se puso a esperar hasta que su altar a una venus incógnita obrara el milagro del amor.
Lo más sorprendente es que, a los pocos días y ante el pasmo de Guido, recibió el aviso de que alguien, una mujer de mediana edad, había preguntado por él en la taberna. Esa coincidencia hizo que creyera más y más en su método, de modo que fue añadiendo todo tipo de fetiches, como bobinas de hilo, porque creía que ella le cosería los botones, plumas de aves, porque pensaba que con ella viviría entre cojines y almohadas.
A las dos semanas, tras varios mensajes cruzados, Guido se encontró por primera vez con la misteriosa mujer, y le pareció fabulosa. De hecho ambos se gustaron al instante, quién sabe si por haber degustado ese instante previamente o porque ambos se sentían definitivamente solos. Sea como fuere, tras los primeros pasos de tacto y suavidad, Guido y aquella mujer se sentían con fuerzas para asumir el proyecto de convertirse en una pareja tal y como ambos habían pactado.
La primera vez que Guido la invitó a su casa todo parecía funcionar con esa naturalidad que tienen las parejas de cierta edad, así que no hubo sobresaltos ni desacuerdos con la música, no hubo tropiezos ni discrepancias con el tipo de vino. No faltaba más que un rayo de luna llena sobre el balcón, pero eso fue imposible, hasta ahí no funciona la voluntad.
Las horas pasaban en una dulce atmósfera de seducción. Ella se sirvió una última copa antes de pasar al asedio final, pero de pronto, apoyando la botella sobre una repisa, descubrió algo que la intrigó.
—¿Qué es esto tan raro?
—¡Ah, eso! Te vas a reír, es un altar que he ido componiendo, y me ha ayudado a conquistarte.
—A conquistarme te habías ayudado tú solito, no necesitabas todo este tinglado pueril. Escucha, Guido, te resultará extraño, pero no puedo estar con alguien que recurre a cosas así, simplemente me da miedo. Adiós.
Y se fue, así, sin más palabra, sin más excusa. Guido se quedó embobado, mirando de reojo a ese talismán que le arrebató todo lo que antes le había proporcionado. Nunca más volvió a renunciar a sus principios, siempre fue fiel a sus convicciones a partir de entonces, pero ya todo eso le parecía una determinación tardía, vana. La pérdida de aquella mujer lo convirtió en un individuo huidizo, poco sociable, huraño, pese a que en él residían los mejores dones de las personas, la confianza en sí mismo y la honestidad. Finalmente fue víctima de aquello contra lo que tanto luchó. Nadie sabe ya si sigue poniendo velas en altares eróticos, lo que sí se sabe es que nadie ha preguntado por él en la taberna.