martes, 29 de mayo de 2012

Las normas de cortesía

El metro es, a ojo, la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre comprendido entre el polo norte y el ecuador. Eso es al menos lo que le habían contado a Nicola en el colegio, y eso es lo que siempre trató de recordar para hacer el cálculo de cuánto tardarían en llegar las cartas de un hemisferio a otro en condiciones normales. Las condiciones normales eran más difíciles de calcular que las magnitudes como el tiempo, el espacio o la velocidad. Una vuelta al mundo, solía pensar el jovencito Nicola, recorriendo el perímetro terrestre de norte a sur y pasando por ambos polos, obligaría a quien intentara tal empresa a recorrer unos cuarenta mil kilómetros, eso como mínimo. Por aquel entonces, la distancia más larga que había recorrido Nicola apenas llegaba a varios miles de metros, un insignificante tramo para llegar a clase desde casa.
Tras algunos cálculos que le parecieron erróneos por su descomunal resultado, el lúcido escolar tuvo que reconocer que, para dar la vuelta al mundo, tendría que hacer el habitual recorrido a la escuela unas veinte mil veces. En un estudio posterior llegó a calcular que, habiendo ido y venido de casa a la escuela durante los seis años que llevaba escolarizado, aún le faltaban varios miles de kilómetros para completar el primer cuarto de la distancia total del perímetro terrestre. A ese ritmo, hubo de reconocer con desazón, no completaría su contorno planetario hasta, como mínimo, treinta años más tarde. A sus doce años, aquello le parecía una distancia insalvable, pero también descubrió a esa misma edad que las había aún mayores para las que no era necesario ni siquiera embarcarse en aventuras memorables como la de sumar y sumar metros con el único fin de sumarlos y así poder decir que se había completado la circunferencia terráquea. Desbordado por la dimensión de su proyecto, Nicola prefirió aguardar con paciencia la llegada del correo, viniera de donde viniera. Al fin y al cabo, lo importante no es de dónde salga una carta, ni cuánto tarde en llegar a su destino, sino el contenido de sus renglones, las fotos de su interior y las manchas que, una a una, rubrican el paso por cada latitud.
El mundo es tan enorme que todo debe de ser muy distinto cada cierto número de kilómetros —eso solía decirse a sí mismo el intuitivo Nicola—. Los paisajes, los climas, las gentes, los animales. También las costumbres cambian de un paralelo a otro y también entre meridianos. Los viajeros suelen mandarles cartas a sus familiares en las que se admiran de la rara amabilidad de los pueblos más remotos y de las tradiciones de las gentes menos civilizadas, y en todas ellas se suele hacer alguna referencia a los usos formales y al gran valor que tiene para algunas tribus la hospitalidad con el extranjero. El viajero siempre contará andanzas fabulosas y revestirá con increíbles hazañas sus penurias más inconfesables, y así sus paisanos, sobre todo los niños, soñarán con emular esas travesías novelescas rescatando rehenes, hallando tesoros, escondiendo cofres y restableciendo el orden. El desterrado, por el contrario, no tendrá tiempo para inventarse fábulas, o al menos no podrá darles forma literaria, porque inventar identidades y esconder el pasado forma parte de una existencia penosa que no sabe nada de lances y peripecias, y sí mucho de hambre y privaciones.
A medio camino entre el fugitivo y el comediante, existen otros tipos que saben sacarle a la adversidad los mejores frutos y camuflar la euforia en tiempos de bonanza. Son pocos, es verdad, pero existen, y cuando uno se cruza en la vida con alguien así, todo parece más ameno e incluso los dramas cotidianos se toman un respiro. Aunque no es fácil toparse con uno de estos personajes, cuando aparecen, no cabe la menor duda de que se trata de uno de ellos, y se nota por su manera de crear curiosidad y por la capacidad que tienen para no defraudar jamás. Tienden a ser íntegros, pero por desgracia no lo son siempre, aunque en definitiva se puede decir que sus faltas son unos mínimos reproches en los que intervienen algunos de sus escasos vicios. Es conveniente estar atentos por si, de repente, en medio de los miles y miles de metros cuadrados que hay en la superficie del planeta, apareciera alguno de estos seres haciendo una de las suyas, que no son pocas ni leves, pero que están llenas de lealtad a unos principios que cualquiera comprendería, sea cual sea el huso geográfico en el que viva. Si apareciera, bastaría con el menor gesto para poder identificarlo.
Las postales que viajan de una parte a otra del mundo contienen mensajes breves, a veces anodinos y a veces entrañables. Recibir una de esas imágenes es, en cierto modo, como viajar junto a quien la envía, por eso hace tanta ilusión encontrar un buzón lleno al regresar a casa. Es siempre un acontecimiento especial cuando en los mensajes del remitente lejano aparece una anécdota sobre las modas de ultramar o las usanzas esteparias. Dicen que los habitantes de unos desiertos lejanos no atacan al extranjero, incluso yendo armado, si antes este previamente los ha saludado mostrando las palmas de su mano al jefe local, y entonces los aborígenes le ofrecen al forastero comida, bebida y techo, y el viajero se compromete a devolverles la generosidad a sus anfitriones de ahí en adelante. Son otras costumbres.
Nicola Tesla nunca llegó a ver a su padre, o al menos nunca llegó a reconocerlo, pues este tuvo que marcharse siendo aquel aún una criaturita de pocos meses. Pero sí leyó sus cartas, venidas todas ellas de, al menos, una distancia cercana a la longitud del cuadrante de la tierra. La última noticia que tuvo de él fue la que relataba en una postal tan exótica como deteriorada que procedía de una zona remota de los trópicos aún sin explorar. Aquel viajero infatigable acababa de descubrir las fuentes de uno de los ríos más importantes del continente lejano que mostraba la malograda imagen. La ausencia paterna la suplantó con toda la imaginación que se le permitía tener y desarrollar a un niño de ese tiempo. Nadie podía sentirse tan orgulloso de su padre como el pequeño Nicola. Aquellas cartas no llevaban sello ni tampón, indicio inequívoco de manipulación, pero eso por entonces no tenía la menor importancia para el hijo de un nómada intrépido y ambicioso.
Más tarde, cuando fue mayor y ya murieron todos sus parientes, incluido tal vez su ficticio progenitor, Nicola comprendió el engaño urdido por la familia y agradeció los desvelos de los suyos para tratar de ocultarle una realidad desde luego menos heroica de lo imaginado, como era la condición de bandido y proscrito de su padre, una circunstancia que llegaron a compartir padre e hijo aunque por distintas razones y en diferentes momentos. Nunca quedó claro por qué razón el padre de Nicola llegó a ser un forajido, el caso es que la única dote que recibió de su padre fue la condición de malhechor, un honor que nunca tuvo a bien ejercer y que tampoco supo frenar la valía de aquel hombre que llegó a ser pese a su lastre incomprensible. El azar quiso reunir en ambos una característica común, como una herencia transmitida a pesar del tiempo y del espacio, a pesar de los miles de kilómetros de distancia y las decenas de años de separación. Nicola recibió de su padre un legado moral que venció los husos horarios y los cuatro cuadrantes meridianos de la tierra. Pero, pese a todo, lo convirtieron sin motivo en un rufián, mandándolo por esto o por aquello a prisión, donde pensaban que atentaría menos contra el bienestar común, esa norma de cortesía que se aplicaba de este lado del paralelo.
En su época de recluso, Nicola no tenía ya demasiadas personas vivas a las que mandar noticias, auténticas o inventadas, sobre su paradero, así que no temió defraudar los sueños de un niño que lo esperara, y de este modo se conformó con empezar a escribir un diario, mitad real y mitad supuesto, mientras reflexionaba sobre su vida y le daba tiempo a preparar, mitad de veras y mitad de falsas, un plan de fuga con todo lujo de desenlaces y percances. Sin un lugar al que ir, Nicola prefirió idear una fuga más que la huida, ya que huir era para él un modo de vida. En cambio, fugarse representaba un episodio fascinante, como cada una de las aventuras que dicen que vivió su padre mientras huía perpetuamente de su propia existencia. La gran incógnita en la vida de Nicola era saber hacia dónde huye un individuo al que nadie espera, al que todos abandonan y al que muchos persiguen. La respuesta a semejante orfandad, sin duda una solución desesperada, no era otra que evadirse hacia delante e ir innovando según surgían las cosas. Así habría sido seguramente como alguien cercano a Nicola le habría hecho llegar cada cierto tiempo una carta o una tarjeta que aliviara con una aventura esporádica toda una vida de constante desvelo.
Los que conocieron a Nicola, al verdadero y no al bandido de la leyenda, pudieron disfrutar junto a él de unas enseñanzas amenas y justas por las que hubo de responder ante una justicia deudora del poder y temerosa de los gobernantes. Las sentencias duras no endurecieron su carácter sino que lo hicieron más agudo y más fascinante. El talante socarrón y una natural entereza hicieron que padeciera con templanza tanto la detención como el juicio y, sobre todo, la prisión, el transitorio periodo de privación de libertad que supo sobrellevar con mucho aplomo y no menos ironía. Así era Nicola, un brillante ciudadano convertido en un periodista alabado y caído en desgracia como muchos otros colegas cuyo olfato no fue capaz de predecir tantos vaivenes políticos como se acumulaban en tiempo y espacio tan reducidos. En los años más tumultuosos de las revueltas se llegaron a suceder tantos cambios gubernamentales que apenas se acertaba a discernir la naturaleza de uno cuando otro ya lo había suplantado. Esta situación favorecía el sentimiento de fragilidad de los poderes públicos y contribuía a que la población no se tomara en serio a los gobernantes, creándose a su vez fuerzas paralelas que imponían un orden más que dudoso pero de una eficacia sin igual.
Las persecuciones más inclementes de aquella época sorprendieron a Nicola dando un sonoro discurso sobre las cualidades del político honrado, en una taberna que, por aquellos años, servía de escaparate a jóvenes universitarios y reunía alrededor de unas copas de vino a los pensadores más vanguardistas junto con los aprendices de intelectual que buscaban referentes vivos y vivaces. De hecho, el discurso que estaba pronunciando el día de su detención era el remate a una de las celebraciones culturales de mayor impacto, la que ponía fin a la imberbe Asociación de Amigos de Nicola Tesla, cuyo único propósito era, por cierto, invitar al periodista a comer, tras lo cual se disolvería la asamblea dando por bueno el esfuerzo. La personalidad de Nicola creaba a su alrededor mucho recelo pero también una corriente de admiración que, como aquella agrupación de incondicionales, se reunía para agasajar a un individuo singular e irrepetible. Los que acudimos a esa comida, pese al desenlace ominoso, siempre habríamos de recordar su imagen, sus palabras, sus gestos y su talla humana.
La comida se prolongó demasiado y las intervenciones cobraron un tono más que distendido a medida que iba menguando el arsenal de digestivos y otros licores. En ese momento, ya acabando su aplaudido discurso, se abrió la puerta y el encargado del bar previno a la concurrencia de que en la calle algo se estaba cociendo. Todos creyeron juicioso dar por concluida la ceremonia, pero se elevó de repente la voz del homenajeado, que sentenció ante toda la concurrencia:
—¡Ni hablar! Si a su edad se dejan amedrentar por cuatro zangolotinos, ahora mismo les devuelvo todos los honores que me han hecho y los borro de mi lista. Cuando vengan, porque vendrán, tendremos que recibirlos con naturalidad y elegancia, como corresponde al hombre civilizado. No se preocupen, me buscan a mí, también tienen una deuda conmigo, aunque seguramente estos tipos no me van a invitar a cenar. ¿Queda un poco más de ese aguardiente de orujo? Pues llénenme esa copa, que se me ha secado la garganta y se me han humedecido los párpados.
Todos los asistentes a la comida nos miramos sonrojados por el preclaro ejemplo de entereza del periodista, y sin que nadie diera una señal, todos nos pusimos a brindar por la libertad, por la igualdad y por el galardonado, al que, minutos más tarde, unos amotinados sacaron de la taberna esposado y casi inconsciente, aunque totalmente inmune a los empujones y a la apresurada lectura de sus derechos. El aguardiente amortiguaba los golpes y envalentonaba a quienes decidieron alzar la voz contra ese atropello, pero todo fue inútil ante el despliegue de centuriones armados y pendencieros que rodearon a Nicola y lo alejaron de aquel grupo desarmado e indefenso. Mientras lo introducían en un furgón que no pertenecía a los servicios públicos, Nicola se esforzaba por transmitirnos a sus anfitriones el más creíble gesto de tranquilidad, aunque cada cual sabía ya cuántos golpes había recibido y cuál era el umbral de tolerancia de un hombre menudo de su edad y complexión.
—Llegará el día —repetía Nicola mirándonos ya sin fuerza y haciéndonos gestos de serenidad.
Habría sido interesante saber en qué pensaba Nicola mientras recibía semejante tunda en los costados. Quién sabe si se estaba acordando de las normas de cortesía que, en otras latitudes menos avanzadas, evitan el combate con un extraño vulnerable y que no ofrece resistencia. Una sonrisa que vencía a sus labios ensangrentados fue la última imagen que vimos de él. Aunque más tarde llegamos a saber de sus andanzas, tal vez simples fábulas o mentiras inconexas, nunca más se lo vio por este país.
Unos días después de su atropellado arresto, ante el improvisado tribunal que lo juzgaba por cargos relacionados con la pertenencia a un grupo violento, Nicola no tuvo ocasión de defenderse, y no le quedó más opción que encajar un golpe tras otro con la mejor de sus actitudes, la ironía y esa pizca de guasa que tanto temen quienes no la entienden y tanto odian quienes la deducen.
—Levántese el acusado —ordenó el juez togado con voz severa—, acérquese y responda a las preguntas del fiscal.
—De mil amores, señoría —respondió Nicola dando ejemplo de una rara cortesía, inusual en un estrado y malsonante pese a su tono exquisito.
—Limítese el acusado a responder brevemente a las preguntas y, sobre todo, respete el buen tono que debe presidir esta sesión —el juez comenzaba a no apreciar bien las burlas.
—Faltaría plus..., quam..., perfecto, señoría, con la venia —dijo el compareciente tambaleándose.
Nadie sabía cómo, pero el caso es que Nicola había bebido, y no poca cantidad a juzgar por la dificultad que encontraba en articular, él que gozaba de una fama de gran orador. La sospecha de fallos en la seguridad irritó aún más al juez, sobre quien recaía la responsabilidad de que a Nicola se le garantizara un juicio a medida y unas medidas disciplinarias acordes a la calidad del reo.
—Señor letrado —censuró el juez al abogado defensor—, sospecho, y puedo incluso confirmar, que su defendido está totalmente ebrio. ¿Es eso cierto?
—Con la venia, señoría, mi defendido se encuentra en...
—Prueba confirmada —interrumpió el propio Tesla—, que le corten la cabeza. ¡Esto es un escándalo mayúsculo!
A los cargos iniciales de traición y violencia se sumaría el de desacato repetido al tribunal, con lo que la sentencia, previsible de antemano, se vio muy agravada. El magistrado recalcó que el acusado compareció dando muestras incuestionables de predisposición a la violencia, evitando aludir a la embriaguez, lo que en sí mismo constituía un grave problema para el acusado, pero también para la propia carrera que el magistrado trataba de cimentar con actos tan sumisos como el que acababa de oficiar. A fin de no enturbiar un caso que, a su entender, había salido a pedir de boca, el juez prescindió de investigar quién proporcionó aquellas bebidas a tan peligroso detenido durante la custodia. Lo más probable es que el responsable se contara entre los propios servicios de seguridad de las dependencias de detención. De todos modos, nunca se habría llegado a averiguar quién burló las medidas de protección durante el aislamiento de Nicola, quien, como era su costumbre, consumió en compañía aquellos tragos, los dulces y los ásperos. Nicola sabía crearse círculos espontáneos de simpatía en cualquier situación, incluso en una semejante, lo que confirmaba la existencia de unas normas de cortesía más allá de las obligaciones de uno.
Cuando leyeron la sentencia, y no sin antes comprobar que el acusado se encontraba sobrio, los ojos del juez evitaron cruzarse con los de Nicola. El acto duró apenas unos minutos, periodo de tiempo en el que Nicola permaneció pensativo, recordando a su padre, o más bien a la idea que tenía de su padre. Por un momento creyó verlo en su misma situación muchos años antes, en ese pasado que, aunque no existió de veras, ambos compartían de algún modo. Así fue como Nicola decidió afrontar su destino sin imaginar más que lo inmediato, para no tener que tener miedo de lo que solamente intuimos que puede ocurrir. Al escuchar el martillazo del juez sobre el taco de madera, Nicola se despertó de su letargo sin haber escuchado siquiera la sentencia, y pensó que era una buena cosa no saber cuánto tiempo iba a pasar encerrado, porque de ese modo no tendría la impaciencia ni la angustia de esperar. Una vez más, como cuando se vio desalentado por las decenas de años que habría de estar caminando para completar los miles de kilómetros del contorno terrestre, decidió desentenderse de las magnitudes para no tener que someterse a torturas sin porvenir.
Al cruzar la verja interior que lo conducía a las celdas y tras haber dejado encima de una mesa su reloj, su cinturón, una billetera con pocos fondos y tres tarjetas sospechosas, Nicola entró en un pasillo con un cuaderno bajo el brazo. Al estar la libreta sin escribir, nadie le dio importancia a la ambición del reo de guardar su bien más preciado en el que escribiría un relato de su presidio. Todos los presentes en el acto de entrega de efectos personales acordaron concederle esa gracia ya que probablemente tendría que centrarse en la escritura de muchos más de esos cuadernillos para pasar las interminables horas de su eterno encierro. Esta inesperada precariedad de vida animó a Nicola a reanudar la redacción de su diario, que sería la única pertenencia tras el cruel expolio al que había sido sometido y al que asistió con desafecto y entereza.
Su actitud discreta pero no miedosa no pasó inadvertida a los ojos de sus nuevos compañeros. En la cárcel nadie es tan transparente como para que cientos de pares de ojos no reparen en un recién llegado, y menos si el novato se dedica a escribir en un cuaderno sin prestar atención a su alrededor. Así fue como Nicola supo hacerse notar en medio de un patio inhóspito y poblado por seres desconfiados. Sin embargo, tal vez por su inusitada presencia o por la extravagancia de sus ademanes, no tardaron los presos en reconocerle algún mérito al famoso polemista, y pronto le hicieron un hueco en la mesa principal, donde se sentaban los peores matones y los más temidos tratantes, personajes que le garantizaron patrocinio y todo tipo de atenciones. Esos forajidos, cuyo sobrenombre era el de intocables, más por la sonoridad del título que por conocer a qué se refiere esa categoría, solían sondear a los nuevos internos para, antes de esclavizarlos de una forma indecente, saber si pueden sacarles partido de un modo más fructífero. Afortunadamente, en épocas de redadas y persecuciones, las saturadas cárceles albergaban tanto a los sujetos más bellacos como a las personas de mayor crédito y mejor integridad. Ante un público tan variopinto, Nicola pudo deslizarse sabiamente y tener una cierta intimidad en los momentos en que la necesitaba para charlar con antiguos colegas condenados a largas penas. De todos modos, dado el inusual magnetismo de Nicola, tanto unos, los criminales confesos, como otros, los presos de conciencia, lo halagaban como en aquella asociación de incondicionales de la que lo vimos salir homenajeado y mancillado. Él, por su parte, reconociendo las lisonjas de su audiencia, animaba las escasas sesiones de patio contando entresijos de la vida política y judicial. La mayor parte de los chismes eran inventados, pero su relato era tan veraz como la realidad misma, así que el auditorio gozaba de las historias de Nicola, de cuya autenticidad nadie dudaba. Para los presos, de estos o de aquellos, los embustes de Nicola eran una ventana a la vida hurtada por los muros y los barrotes, y la espera se hacía menos férrea si de vez en cuando, a falta de correo exterior, llegaba una noticia de fuera.
La fama de Nicola no se quedó en la población carcelaria, sino que también llegó a procurarle una cierta reputación entre los vigilantes y personal administrativo, cosa que no gustaba del todo a los responsables penitenciarios, pero que, a fin de cuentas, no causaba demasiados trastornos entre la población cautiva. En suma, desde su ingreso entre rejas, Nicola ocupó un lugar privilegiado y gozó de favores que otros nunca alcanzarían. Una vez más la cortesía era la llave que le abría todos los cerrojos.
El tiempo corría sin demasiado sobresalto para los residentes del centro penitenciario, pero esa monotonía no lograba acabar con la fortaleza de Tesla. El ritmo perezoso de los días reforzaba el deseo de escapar de esos muros despiadados, y cada cual pensaba en el cómo, en el cuándo e incluso en el porqué. Nicola no pensaba sino en el hacia dónde, porque ya no se plantearía la idea de quedarse en un país tan ingrato. De todos modos, ante la dificultad de una clemencia inesperada, casi nadie se angustiaba por la fecha límite de la condena. Así pasaron muchos meses, con la mente en otro lado, dejando pasar el tiempo rato a rato.
Una tarde, mientras unos perdían el tiempo al sol y los demás jugaban al balón en las pistas, Nicola, que estaba, como de costumbre, escribiendo notas en su cuaderno, recibió la visita de dos de sus protectores, presos con delitos graves y con una pena severa. Era frecuente que todos hablaran con Nicola, pero aquel encuentro no era un mero acto social, ya que acudieron a él los llamados intocables. Algo importante iban a consultarle, porque rápidamente se formó en torno a la reunión un cinturón de seguridad cuyo acceso estaba restringido, incluso para los funcionarios.
—¿Cómo va nuestro célebre recluso? —le preguntó el asesino.
—Aquí me ando, a la fresca —respondió Nicola, provocando en sus compañeros una risotada repentina.
—En serio —dijo el matón, que miraba de reojo el cuaderno de Nicola—, tenemos una cuestión que le puede interesar. Mire, ya sabemos que no le gustan nuestros procedimientos y que no somos presos de la misma clase.
—Vaya, veo que son ustedes unos agudos observadores —indicó Nicola, que ya veía venir un desenlace incierto.
—Escuche —insistió el asesino—, aunque no le guste nuestro modo de vida, debe reconocer que lo hemos ayudado a sobrellevar la vida a la sombra...
—Ya veo —cambió de tono Nicola—, y ahora quieren el peaje...
—Bueno, dicho mal y pronto —aceptó el criminal la respuesta de Nicola—, pero sería justo que correspondiera a nuestros gestos amigables. A ver, querido compañero, necesitamos que nos eche una mano y que nos ayude a salir de aquí.
—Es lo mejor que me han contado nunca, se lo juro —y se echó a reír hasta que notó que era el único.
—Llevamos un tiempo preparando una fuga y necesitamos su ayuda.
—Pero no me llevarán con ustedes, creo suponer. ¿Qué gano yo entonces?
—Ya ha ganado mucho más que la libertad. Es usted intocable en esta cárcel. Le hemos estado protegiendo todo este tiempo. ¿Le parece poco? Muchos iguales que usted no han durado ni una semana, y en cambio aquí lo respetamos y le reservamos el sitio en la mesa. Ni siquiera hemos cotilleado en lo que anota en ese librillo.
Nicola, por la mirada solemne de su interlocutor, pudo comprender que la propuesta iba totalmente en serio y que las bromas había que guardarlas para otras ocasiones. Fue entonces cuando recordó aquellas cartas de su padre en las que leyó que el extranjero recibido con deferencia por sus huéspedes estaba en deuda con ellos de ahí en adelante. Las normas que impone la cortesía a veces ataban la voluntad y los principios de las personas honradas. Nicola notó enseguida que acabaría traicionando su propia integridad actuando contra su propia rectitud si aceptaba colaborar con esa banda de forajidos innombrables. Ese grupo no lo formaban presos de conciencia sino desalmados sanguinarios y gente sin moral, así que Nicola pudo adivinar que nada limpio iban a proponerle.
—¿De qué se trata? —preguntó a los matones.
—Poca cosa, ya verá —adoptó un tono suave, sabedor de que su oferta era irrechazable—. Tiene que distraer a los vigilantes durante unos días. Notará que en el patio reinará una armonía sorprendente, en los pasillos no habrá tumultos, en el comedor nadie se colará. Vamos, que esto parecerá un colegio de curas.
—¿Y bien?
—Bien, usted tendrá que acaparar toda la atención de los vigilantes, con cualquier pretexto, pero sin crear problemas.
—Puedo cantar, recitar sonetos, silbar himnos, hacer pedorretas,...
—Recuerde, señor Tesla —interrumpió las burlas el matón—, que nos lo debe a todos. En serio, no queremos nada de rechiflas, que nos va en ello la vida, y a usted también, por cierto. No hay más que llamar la atención con discreción y sin llamar la atención.
—Pues ya me dirá cómo se consigue eso, amigo mío.
—Pues ya se lo he dicho.
Acaso ellos también conocían los principios de la cortesía y ahora querían poner en práctica su valor universal. Una vez más, Nicola veía frente a frente una realidad que lo convencía de que nada en el mundo era gratuito y desinteresado. Efectivamente, los intocables iban en serio, muy en serio. Había que plegarse a la voluntad de los matones, ya que nada los frenaría si por cualquier cosa metía la pata el periodista. La cuestión era saber cómo se llamaba la atención sin llamar la atención. Atraer las miradas de los vigilantes no era complicado ya que mantenía con ellos una relación de cordialidad correspondida. Es más, todos ellos lo apreciaban y lo reconocían como una de las plumas más sutiles de la prensa local y un conversador ameno para las tardes de poca actividad. Aprovechando su buena situación, Nicola charlaba a menudo con los guardias sobre todo tipo de asuntos, y ellos lo invitaban a compartir un cigarrillo o golosinas, pero nunca alcohol, ya que tuvieron que lamentar la ira del juez contra el cuerpo de seguridad que dejó pasar unas botellas de anís a la celda de aislamiento en la que lo metieron antes del juicio. A partir del día en que pasó de ser un privilegiado en la cárcel a ser cómplice de una fuga, Nicola intensificó las charlas y los corrillos, amplió el círculo de interlocutores y eso lo hizo aún más popular. Por la misma razón, cada vez más internos le otorgaron su afecto y le confesaron su congoja. Incluso los propios funcionarios vencieron las escasas reticencias que aún persistían hacia la intimidad con los presidiarios y entraron de lleno en el dúctil magnetismo de aquel cortés periodista.
—Mire, señor Tesla —dijo un operario ingenuo—, mejor que en casa aguantando a mi señora, prefiero quedarme aquí escuchándolo a usted hablar.
—Pero eso hace de usted un recluso más, ya que padece un doble presidio, en el trabajo y en el hogar —concluyó Nicola, provocando la risa sana de la concurrencia.
En una de esas apacibles charlas que tenía con los vigilantes surgió la idea con la que los distraería y llamaría la atención sin destacar. Aunque todos sabían en la cárcel que Nicola era un preso político, casi nadie sabía ni la razón de su condena, ni la duración, ni tampoco por qué tanto un gobierno como otro habían tratado de frenar su irreverente independencia. Eso lo convirtió en un enemigo del estado, pero también en un héroe popular. Su fama y su leyenda no se difuminaron en prisión. Una vez más, como casi siempre en una mente creativa como la suya, las ideas fueron surgiendo de la nada hasta alcanzar unas metas incalculables.
—Y ¿cuánto le ha metido el juez, señor Tesla? —preguntó el vigilante bonachón.
—Nada, poca cosa. De hecho, está al venir el indulto. En unos días, tal vez semanas, estaré fuera. El correo no va a tardar.
—Ya nos tendrá al corriente —volvió a añadir el mismo confiado guardián.
—Por supuesto —dijo Nicola halagando a sus parroquianos—, ustedes serán los primeros a los que les daré la buena nueva.
Nadie sabía mejor que él que el indulto no llegaría, sobre todo no lo haría por correo. Y tampoco se le escapaba que el juez iba a tratar de ralentizar todo el procedimiento para que pasara entre rejas una buena temporada en la que sus superiores podrían campar a sus anchas.
—Lo echaremos de menos cuando se vaya, señor Tesla —confesó uno de los funcionarios—, aunque seguro que usted preferirá salir.
—No le quepa duda, amigo.
—Bueno, eso no está tan claro. Yo conocí a uno, antes de que me destinaran a este centro, que prefirió pasar una semanita más encerrado en su celda, y como no podía ingresar libremente, rompió un escaparate para que lo detuvieran.
—¿Así, por las buenas? —exclamó Nicola, que ya había oído hablar de esa historia.
—Era uno de esos tipos raros que estaba en el plan de actividades culturales. Creo que organizó una revista para internos o algo así. Pasa tanta gente por aquí que al final le tomas cariño hasta al más desalmado. Bueno, no lo decimos por usted, a usted lo extrañaremos todos muy sinceramente.
—Bueno, yo también los echaré de menos a ustedes, pero cuando salga no pienso poner el pie aquí nunca más, ni siquiera cuando conviertan esta cárcel en un supermercado o en un garaje.
Efectivamente, Nicola Tesla no era un redentor de mortales ni un iluminado. Su paso por la cárcel lo vivió como un castigo humano, así que no perdería el tiempo en ganarse una gloria mística que ya tenía gracias a sus dotes terrenales. Nicola Tesla, aunque recibió el martirio, nunca lo buscó como medio de ganarse a los suyos, sino que le vino dado por una injusticia que denunció y que siempre quiso poner como ejemplo de lo que nunca debería repetirse. Su vida fue un modelo de lucha y no de resignación, por eso sus actos no siempre fueron del todo comprendidos entre quienes buscaban signos de la divinidad. En cambio, quienes sí vimos en él un auténtico modelo de bondad, supimos discernir el porqué de sus fábulas.
Nicola Tesla sabía inventar leyendas, y así estuvo el gran embaucador durante días y días, anunciándole a todo el mundo la llegada inminente de su orden de libertad. No había un solo interno, un solo vigilante, un solo empleado de la cocina o de la enfermería que no hubiera escuchado a Nicola celebrar su próxima liberación. Casi sin querer había provocado una situación muy singular en la que se daba por hecho que la carta de libertad estaba al llegar, de modo que reinaba un extraño optimismo en torno a Nicola que se contagió a toda la comunidad carcelaria, como si de repente todas las medidas de educación y purga puestas en marcha por las autoridades penitenciarias se hubieran rendido ante la eficacia de una sola, la comunión masiva alrededor de una espontánea simpatía por Nicola Tesla, el preso que encarnaba a todos los presos de buen corazón, aquel cuya liberación iba a redimir parcialmente a cada uno de los cautivos. Gracias a esa corriente de felicidad colectiva todos quedaron vacunados contra el sufrimiento de su condena y también aprendieron del ejemplo de su modelo, Nicola, que vivió con probidad su martirio junto a los suyos.
Mientras Tesla se empleaba a fondo en atraer todas las miradas y en acaparar decenas de muestras de afecto, los matones trataban por su parte de ultimar a buen ritmo los pormenores de la fuga. Aunque llegaron a temer por la seguridad del proyecto debido al alcance de la intervención de Nicola, no quedaron decepcionados con la ayuda prestada por el periodista, así que, ajenos a la corriente de solidaridad creada en torno a Nicola y su apremiante liberación, prosiguieron con los detalles de la laboriosa excavación y la lectura de los planos del centro de internamiento. De vez en cuando asomaban la cabeza a los corrillos para escuchar las conversaciones, pero nadie pudo tener la menor duda de que, pese a una actuación descabellada, Nicola estaba interpretando a la perfección el papel encomendado. Los informes que les llegaban a los cabecillas de la banda eran a veces confusos ya que, si en general hablaban de un indulto, con frecuencia se hablaba de redención, de nueva vida o de salvación, términos que despertaban alguna que otra sospecha. Sin embargo, como nada pasaba de allí, nadie prestó la menor atención más que al colosal esfuerzo para terminar el túnel. Ni siquiera parecieron alterarse cuando Nicola decidió pasar al segundo acto de su farsa.
Una mañana ordinaria, de repente, tras las labores de limpieza, pudieron ver a Nicola haciendo aspavientos muy jubilosos tras el paso del carrito de distribución del correo semanal. Todos comprendieron que la buena noticia había llegado, y se acercaron a felicitarlo tanto los presidiarios como los trabajadores, todos ellos llenos de una felicidad sincera y solidaria.
—Gracias, muchas gracias —sonreía Nicola mientras agitaba alegremente el papel de su indulto—. Ya les dije que era inminente, que estaba al llegar.
Y no hacía más que esgrimir un sobre blanco como si fuera una bandera de liberación. La euforia creada en las dependencias por el sainete del periodista fue aprovechada por los matones para cavar el último tramo del túnel que los llevaría a la libertad. Todos ellos valoraron la inmensa ayuda que les propinó su protegido y decidieron que, si se salían con la suya, iban a hacer lo posible para liberarlo a él también, como muestra de agradecimiento y para que se diera cuenta de la talla humana de aquellos delincuentes.
En el patio, Nicola era el foco de todas las miradas y cada cual se acercaba a darle un apretón de manos, y él respondía con una sonrisa mostrando la hoja blanca que le abriría las puertas de la prisión. Nadie podía escapar de la atracción que suscitaba el recién liberado, al que ya veían flotando en unos vapores de santidad en medio de sus fieles.
—Que sea enhorabuena. Ya ve que los justos siempre son liberados —le dijo un violador.
—Algún día me tocará a mí —le dijo un estrangulador.
—Ahora confío en la justicia —le dijo un pederasta.
—Hay que tener fe —le dijo un alcalde corrupto.
A todos ellos les hizo un gesto de que todo era cuestión de tener paciencia y les dijo que lo importante era la reinserción y el propósito de enmienda, como estipulaban las leyes y el sentido común. Así comenzó la enseñanza que todos trataron de seguir a partir de entonces, cada cual a su modo y en distinta medida.
—Disfrute del aire libre, señor Tesla, y no vuelva por aquí —le dijo el guardia de los pasillos dándole un abrazo sincero y de veras conmovedor.
—Lo tendré en cuenta —respondió Nicola saludando con mucho afecto a quien tendría que regresar a la monotonía de su anodino matrimonio.
—Tómese una de anís por mí —le dijo el enfermero guiñándole un ojo.
—Gracias, lo haré, ya verá —contestó Nicola, agradecido y cómplice, descubriendo al final quién puso en peligro su propia seguridad para acercarle aquella botella a la celda de aislamiento.
—Bueno, señor Tesla —se descubrió el vigilante de la puerta principal mientras le abría la puerta—, cuídese mucho y no se meta en líos.
—No se preocupe, esta vez me andaré con mucho ojo —contestó Nicola con un cierto coraje.
Al despedirse de todos aquellos tipos que fueron su única compañía, Nicola reparó en que quien en realidad iba a meterse en líos era todo el personal de servicio aquel día. Esta idea lo llenó de tristeza, aunque supuso que lo único que harían sería una llamada de atención pública tras la cual todo volvería a su ritmo habitual. De todos modos, una vez en marcha su plan, ya nada podía detenerse, así que prefirió no atormentarse y dejar para más tarde el momento de pedir disculpas y reparar los daños ocasionados.
Y así fue como Nicola Tesla escapó de la prisión en la que tendría que haber purgado unos cuantos años y en la que apenas pasó unos meses aplaudido por una corte de fieles devotos mientras que, en el exterior, muchos habrían pagado por su cabeza. Nicola no quiso pensar en la posibilidad de que, reteniéndolo allí, el juez hubiera querido protegerlo de su propia libertad en la que corría más riesgo que rodeado de matones y pendencieros. Esa idea, que le rondaba la cabeza con frecuencia, quiso descartarla para defender su creencia de que la libertad merece el riesgo de luchar por ella.
Y por fin le llegó a Nicola el momento de arriesgarlo todo por la libertad. A partir de ese momento tendría que salir adelante por sus medios y, quién sabe, culminar los miles de kilómetros que aún le faltaban para cerrar el cerco de un cuadrante terrestre. Para ese viaje no llevaba ni siquiera el diario que trató de reanudar, ni la billetera, ni el reloj. En la mano no llevaba más que un papel sin valor que, pese a todo, lo sacó de allí. Todas las puertas se le fueron abriendo a medida que pasaba por los controles y saludaba a los guardias. El pasillo parecía el cortejo de una imagen sacada en procesión. Sus pies, en algunos tramos, no tocaban el suelo. Todo el mundo quería acercarse a tocar con sus propias manos al héroe, al individuo más ocurrente y más cordial que jamás hubiera pasado por prisión alguna. Su cortesía le granjeó la amistad de todos sus compañeros de celda, de todos los vigilantes, de todo el personal, y así, enseñando un sobre vacío y haciéndolo pasar por un indulto, fue recorriendo los corredores que lo conducían a la calle.
En una de las cartas que su ilusorio padre le escribía desde cualquier parte ficticia del mundo, Nicola, de niño, pudo leer un consejo que siempre trató de aplicar a su vida y que tenía que ver con las buenas maneras y las normas de cortesía. Ahoya, ya mayor, apenas acertó a recordar aquel mensaje de su padre sobre el agradecimiento a quienes ofrecen ayuda al desamparado en medio del desierto. De todos modos, pudo ser testigo y beneficiario de esa generosidad hacia el forastero cuando este sabe ser amable, cordial y pacífico.
Ya en la calle, Nicola Tesla respiró hondo, miró a ambos lados y caminó a pasos firmes y largos hacia cualquier lado, le daba igual, pero lejos de allí, a más de diez mil kilómetros.
En el interior, alarmado por el revuelo que se había formado, el director de la prisión llamó a su despacho al jefe de vigilancia.
—¿Se puede saber qué pasa?
—Nada, tenemos la costumbre de festejar la liberación de los presos.
—¿Acaso hoy hemos liberado a alguien?
—Claro, a Tesla, al periodista.
Los ojos del director se llenaron de sangre, y lanzó un grito que se oyó en todo el edificio. En cinco minutos metió a los internos en sus celdas, mandó formar a las patrullas y organizó una operación de captura. No hallaron más que sus pocos enseres y un diario en el que no había nada escrito, salvo unos garabatos y una breve frase: «Bueno, ya empezaré a escribir otro día.» Por la noche, el vigilante le expuso su informe.
—Ni rastro de Tesla, señor director, pero al menos hemos podido desarticular a un grupo que estaba a punto de escaparse por los desagües.
***
Sí, en efecto, el mundo contiene, a ojo, millones y millones de metros por recorrer, un espacio tan enorme que puede albergar, sin duda, la existencia de seres capaces de lo más admirable con el aparejo menos previsto, un arma que no hiere y que se envidia, pero de la que casi nadie conoce el uso correcto.
Hoy ha aparecido un sobre en el buzón. No tenía ni sello ni indicativo alguno de su origen, pero no cabe duda de que eso es lo menos importante, lo que de veras vale es el gesto, tantos años después. Dentro del sobre había una fotografía de un lugar remoto o al menos desconocido, pero no había nada escrito detrás. De hecho, la imagen parecía haber sido arrancada de una hoja a la que estuvo grapada. Qué más da, el caso es que llegó, del modo que fuera, pero llegó. Seguramente, tras tantos años, en la antigua asociación, todos los que aún seguimos vivos nos alegraremos de saber que Nicola Tesla no nos olvidó y que siempre se mantuvo fiel a sus principios y nunca renunció a las normas de cortesía.