martes, 15 de mayo de 2012

Rencor



Aquel aprendiz acababa de olvidar la palabra que el maestro le confió para que la guardara en secreto y que era la clave de acceso al ordenador. Las seis letras, recortadas en pequeños cuadritos de papel, descansaban sobre el despacho como un rompecabezas sin hacer. Ese código que los unía tras la inesperada revelación, ahora los iba a convertir en enemigos irreconciliables: en realidad solamente lo iban a despedir con una carta de queja a su universidad de origen.
Su cabeza ya naufragaba en un baile de letras y no acertaba a recomponer la palabreja, y además el maestro estaba al llegar. Si no lograba dar con la secuencia correcta, su fin en la empresa coincidiría con el día en que pensaba que le comunicarían su paso a plantilla. Esa metedura de pata le impediría dejar de ser becario.
—Cielos, cómo me odio —decía una y otra vez el novato—, ¿cómo era la clave?
Al abrirse la puerta, el rostro descompuesto del joven principiante previno al maestro.
—¿Qué, haciendo espiritismo? —preguntó con sorna el maestro.
La mirada del maestro mostraba con claridad que estaba al corriente del malestar del discípulo, pero tampoco interpretó éste rencor alguno en aquél. De pronto una luz se le encendió al infeliz y pudo dar con un visillo de recuerdo que le traía a la mente la palabra «rencor».
—Ya está, ahora introduzco la clave y...
En la pantalla apareció un aviso de datos erróneos.
—¿Qué hace? ¿Ya no recuerda la clave? «Corren», la cambiamos ayer por la anterior, ¿no lo recuerda? Era como «actores / atroces».
—«Corren» —repitió el becario con alivio.
—Estos becarios —se lamentó el maestro sin rencor.