viernes, 1 de junio de 2012

Taxi I (La imprudencia)


Salir tarde del trabajo es una mala costumbre que, además de descomponer nuestra vida privada, nos hace muy vulnerables y pendencieros. Tampoco trabajar de noche ayuda a mejorar las relaciones sociales, de modo que, cuando se unen en el tiempo y en el espacio dos perfiles de ambas características, la prudencia debería activarse como por ensalmo. Pues no, aquella noche no hubo manera, porque ni Justino andaba por esa medida ni el taxista que lo recogió contaba con el instinto de ser introvertido.

—Buenas noches, me lleva lo antes posible a...
—A ver, que el que lleva el volante soy yo y luego la poli me empapela.
Aquella respuesta, sensata por otra parte, no contribuyó a calmar la mala sangre del sacrificado Justino, quien a duras penas terminó de indicarle el destino exacto.
—¿Y eso por dónde cae? Porque por ahí solo queda el cuartel de la policía, con el asco que les tengo a los jodidos polis. Menudas las que me han montado los cabrones, una vez por una chorrada y otra por chorradas más gordas. Desde luego, cada vez que veo un poli, porque los huelo a distancia, me dan ganas de liarme a palos. Ellos son muy chulos con su uniforme, su pipa y su placa, pero yo lo soy más porque aunque no tengo uniforme, también llevo placa, una placa que sé muy bien lo que representa: vocación de servicio público. Y no crea que no voy preparado, que mire, mire esta barra.
Efectivamente, el taxista le mostró un grueso cable de cobre forrado de plástico protector y con una empuñadura improvisada por el propio taxista.
—Vaya, va usted bien protegido.
—Y no es para protegerme, es para atacar, para darles caña a los maderos. ¿Usted no será madero? Porque si lo es...
Antes de que hubiera terminado su frase, Justino, mostrando su placa, despojándole de la barra y apuntándole con la pistola reglamentaria, conminó al taxista a pararse en ese mismo lugar, a unos escasos metros del destino, que no era sino la casa cuartel donde residía provisionalmente.
—Bien, en unos momentos vendrá una patrulla de policía, a ver si todo lo que ha dicho es cierto.
—Venga, caramba, esas cosas se dicen, pero es para impresionar.
De pronto, Justino tumbó al taxista en el suelo y comenzó a golpear los cristales de su taxi con la misma barra con la que el conductor habría querido reventarle los sesos al agente de paisano. Ninguna llamada a la prudencia fue atendida por el enfurecido policía, ni de parte del taxista ni siquiera de parte de sus propios colegas que habían acudido ante el alboroto en las inmediaciones del cuartel.
—Justino, joder, no seas imprudente, recuerda quién eres y lo que representa esa placa.