miércoles, 6 de junio de 2012

Taxi II (La jactancia)


En noches de tormenta no solo se despiertan los vampiros y las ánimas del purgatorio sino que a esta procesión se une todo tipo de personajes al volante del servicio público. En una de esas madrugadas, Leoncio, un conocido que trabajaba hasta tarde en el bar de un hotel de los que nos gustan tanto a los noctívagos, salió a la calle para tratar de parar el primer coche que lo llevara a casa tras una jornada anodina aunque fatigosa.
Tras pisar todos los charcos de la larga avenida, una luz verde le anunció que su suplicio se había acabado. Eso creía él.

—Buenas noches.
—Buenas. Tome esta calle hasta la circunvalación y luego le indico.
Apenas se distinguía la carretera y de no ser por las farolas lejanas unos se creería en medio de la nada.
—Menuda nochecita, ideal para hacer cualquier cosa, ya me entiende.
El pasajero no entendía precisamente, pero descubrió que le había tocado uno de esos que hablan quiera el cliente o no.
—Ahora se mete por el desvío pero continúe por la vía de servicio.
La orden pareció surtir efecto ya que la maniobra alejó al taxista de su propósito de contar la batallita. Por el momento.
—Pues le decía esto porque hace un rato he cargado en el centro: una rubia descomunal. Bueno, no le digo más. Llega, se sienta, me mira, la miro y ya está, que la veo, que sé lo que busca. ¡Tengo un ojo yo ya para este percal! Que son muchos años y muchas tormentas, que siempre te sale un rollo así, a ver si me entiende, que uno está casado y todo, pero el taxi es el taxi.
Maravillado por la vocación de servicio público de la que hacía gala el conductor, el pasajero dejó proseguir el relato, pues interrumpirlo habría sido imposible, salvo que hubiera saltado en marcha.
—Pues ya sabe, te pones a hablar, pim pam, una cosa lleva a la otra, pues que me la ha tirado.
Leoncio suspiró aliviado ya que veía capaz al taxista de algo mucho peor.
—Vamos, que me la he tirado ahí, donde está usted sentado.