martes, 12 de junio de 2012

Taxi III (La locura)


Abrir una puerta es como desenvolver un regalo, ya que por mucho que imaginemos lo que hay dentro siempre habrá algo que nos sorprenda. Cuando uno abre la puerta de un taxi, por mucho que se espere dar con situaciones raras, cada caso es superior al otro en originalidad, en desconcierto o en desasosiego. Una tarde corriente, como casi todas las tardes en que perdía el autobús, Inocencio, un gris empleado de banca, se vio obligado a tomar un taxi para un trayecto corto pero agotador de otro modo que no fuera sentado.
Sabía por experiencia que en aquella plaza no tardaría en encontrar un taxi libre, y esa seguridad era la que probablemente lo hacía caminar despacio para perder voluntariamente el autobús. Tenía días en que con tal de llegar tarde a casa, aunque solo fuera media hora le resultaba un alivio, ya que su vida familiar le era tan indiferente como su trabajo, de modo que el pequeño placer de unas calles en taxi le salvaban los días, las semanas, la vida entera.
Saboreando de antemano su capricho vespertino, Inocencio, vio a lo lejos una luz verde que se detenía en un semáforo. Se acercó, golpeó en la ventanilla para avisar de su presencia y, de pronto, observó que el conductor se echaba las manos a la cabeza y con un rostro de terror miraba lo miraba.
—¿Está libre?
Con medio cuerpo en la parte trasera, Inocencio aún dudaba entre entrar saludando o salir pidiendo perdón.
—Pero qué susto me ha dado.
—Sí, ya veo. ¿Es nuevo en esto y no está acostumbrado a recibir clientes inesperados?
La pregunta del pasajero no pareció sentar bien al veterano taxista, que se reponía del sobresalto.
—¿Nuevo? Llevo en esto más de media vida. Mis dos hijos nacieron en un taxi y he asistido a más de diez partos. Nada de eso, es que estaba mirando de reojo a ese coche oficial y a las escoltas que van detrás. Llevan delante de mí desde el ministerio y nos hemos parado en los mismos semáforos. No me gusta ponerme a su altura, que te salen dos en una moto y te pillan en medio, que ya lo he visto, que me lo contó uno.
—Bueno, por otra parte, unos está más protegido con guardaespaldas al lado.
—¿Protegido? En este país nadie está seguro, pero si te llega cualquiera y no mira si eres de bien.
Por los adornos que tenía bien visibles y por la emisora que escuchaba, aquel taxista le iba a desgranar uno de esos discursos tan frecuentes y tan poco deseados.
—Cuando lo he visto acercarse a la ventanilla he pensado que ya me había tocado a mí, pum, pum, dos taponazos, y a la mierda una vida. Una familia, una hipoteca, todo a la mierda. ¿Qué le parece?
Afortunadamente para Inocencio ya habían llegado a su destino, así que no tuvo que responder.
—Buenas noches y perdón por el susto.
—Claro, qué fácil. Son seis con cincuenta. Usted llegará a casa y tendrá algo que contarle a su mujer, en cambio yo otra vez dándole vueltas a la cabeza. Que se lo digo yo, que en este país te meten dos plomos por nada.
En efecto, Inocencio, después de mucho tiempo, tendría algo que contarle a su mujer, aunque fuera algo sobre la locura.