sábado, 16 de junio de 2012

Taxi IV (El porqué de los taxis)


Los miedos atávicos, propios o heredados, no se los quita uno de encima así como así. Eso iba leyendo Stanislav, digamos que así se llamaba, un conocido de cerca de mi pueblo al que los cambios le provocaban graves trastornos. Era un gran lector de libros en los que pensaba que encontraría solución a sus fobias, pero a fuerza de leer mucho y encontrar poco, acabó por aceptar que el único modo de escapar de sus miedos era enfrentarse a ellos o evitarlos toda su vida. Stanislav nunca montaba en taxis, por el precio, por las historias que contaban, pero sobre todo porque una vez, ni recuerdo ya cuándo me lo dijo, al salir de trabajar una noche lluviosa y fría, no tuvo otro remedio que invertir más dinero del deseado en un taxi que lo llevara a casa.

—Buenas noches, lléveme lo antes...
—Ya estamos con prisa, pero bueno, que es fin de semana.
El taxista recibió las instrucciones y, de pronto, en un segundo todo cambió.
—Bueno, eso es en pleno barrio festivo, ya sabe.
Con gestos hábiles manejaba el volante, la palanca de cambio, la guantera y los mandos del aparato de música.
—Ya le quito la radio. Estas noticias son para vejestorios con bigotillo. Le voy a poner a Madonna.
Nadie sabe cómo, pero aquella noche Stanislav y un taxista acabaron bebiéndose todos los tragos de todas las tabernas, besándose en todas las esquinas de todas las calles,... También vieron amanecer en quién sabe qué habitación y de qué precio.
La excusa al llegar tarde a casa, oliendo a derroche y sin ingresos, no pudo ser ni más insensata ni menos aceptable. Quien lo esperaba desde hacía horas y quien lo quería desde hacía años no pudo aceptar el primer engaño y quiso protegerse de quien no le rendía la misma devoción que ella a él. Nunca más volvería Stanislav a escuchar de su boca aquello que siempre les servía de bálsamo en tiempos de dificultades, que eran muchos para los extranjeros en aquella ciudad, nunca más escucharía su dulce “contigo, pan y cebolla”.