martes, 31 de julio de 2012

La deliciosa mentira


Hace ya algunos años, no demasiados, un sabio amigo mío me contó que estaba investigando las altísimas capacidades intelectuales y la precocidad de un niño de apenas cuatro años, tal vez menos, que leía sin dificultad las cartillas preescolares, fenómeno que intrigó a los maestros y a la familia, de recursos limitados aunque con talante emprendedor. Era el orgullo del barrio y ya se veía la madre de plató en plató amasando una fortuna y una notoriedad con las que salir de los suburbios de la capital. Según parece, el chiquillo leía todas las palabras sin engancharse ni dudar: casa, flor, perro,... Como la fama no le llegó y tal destreza al principio asombra pero no deja de ser un talento común, la madre se olvidó de los escenarios y aceptó el consejo de sus maestros.
Dejado en manos de un experto pedagogo y meses después de buscar sin acierto el origen de semejantes virtudes, el chaval fue sometido a una prueba que habría de ser definitiva. Lo colocaron, como si fuera un fenómeno clínico o, peor, de circo, delante de una nueva cartilla para párvulos de un año más, y no tuvo la menor dificultad en leer la siguiente serie de palabras al pie de sus correspondientes imágenes: “arado, arándano, arandela”.
Todo el mundo se maravilló de que el muchachito hubiera acertado una vez más, pero como nada pasa inadvertido para la mente observadora, el investigador dio con la clave de sus presuntas virtudes, ya que bajo la imagen de una araña había escrito “tarántula”, palabra que era la trampa con la que pretendía desenmascarar al impostor.
—Arado, arándano, arandela —comenzó a leer el pequeño.
Cuando el auditorio ya no sabía cómo hacer más gestos de elogio, se hizo un silencio profundo.
—Tarántula —concluyó la lectura.
Ahí estaba la prueba de que ese niño no sabía leer. El niño, en definitiva, solamente se fijaba en las imágenes, pero leer no sabía. Estuvo engañando y seduciendo a mucha gente, hasta que se topó de bruces con alguien más avispado que él.
Ese niño más tarde se convertiría en un político influyente con cargos en la sombra. Y no sabía leer. No, y estuvo manipulando a la gente aun a sabiendas de que no estaba bien, pero eso le procuraba una enorme satisfacción, y a sus padres acabó por costarles un buen dinero, varias riñas, alguna disculpa y los sueños de salir en la televisión. Claro que también algunos tuvieron que admitir su precipitación en el diagnóstico, y eso deleitaba mucho más a la perversa mente del infante. La mentira es hermosa y arriesgada, y tiranizar con una astucia es más que posible, ya que en ocasiones la gente no busca respuestas sino enigmas. Cuando alguien está a punto de satisfacer su megalomanía con el mejor carburante que existe para el motor de la soberbia, el aplauso de las masas, nada le importa el daño, al contrario, a su alrededor abundarán el desgaste y el menoscabo, pero se tendrá la sensación de que todo habrá valido la pena: una mente así puede ser falaz y malsana.