viernes, 10 de abril de 2015

El talento



Mientras bajaba las escaleras del estrado, Cindy, como se hacía llamar, recordó aquella tarde remota en que su abuela la avisó de los riesgos que corría su vida si seguía por aquella senda de despreocupación. Lo último, cambiarse el nombre, no había sido sino una guinda en el pastel de desgracias que fue la vida de esta mediocre licenciada, que vio más luz en el mundo de las pasarelas que en la empresa de exportación de vinos espumosos en la que llegó a trabajar de comercial. Al llegar al final de la escalinata hecha de tubos metálicos, miró a su compañera, algo más joven y menos decepcionada, y se vio unos años antes, igual de regada con cava, igual de despeinada, igual de ignorada y, sorprendentemente, igual de ajena a tanta calamidad.


—No sigas por ahí, bonita —decía su abuela—, que tú tienes talento.
—Tranquila —respondía la ingenua modelo—, algún día triunfaré y te compraré un vestido.
La abuela murió sin ver cumplida la promesa y la nieta seguía sin poder triunfar como lo había planeado.
Mientras bajaba las escaleras del estrado, tras haber sido bañada a tres bandas por otros tantos campeones de algo, Cindy miró a su joven colega y le dijo:
—Tú que tienes talento, si has ganado para comprarle un abrigo a tu abuela, hazlo, y busca un empleo en el que no te rocíen toda con champán cada vez que alguien gana una carrera.
La muchacha no parecía comprender el consejo de Cindy, pero al verla tan apenada a través de los mechones empapados que le caían por la cara, le recordó que había que arreglarse para la siguiente ceremonia. Y entró en el camerino improvisado, donde la esperaba el promotor del evento con una sonrisa sin encanto, una toalla seca y un estuche de maquillaje.