lunes, 1 de octubre de 2012

El fin de Chipantasig



La sangre que me chorrea hasta el suelo me asusta menos que lo que veo a mi alrededor. Una víctima más o menos ya no cuenta, y sí un adversario más. En mis uñas se seca el fluido de la vida de otros, y temo que la próxima sangre sea la mía.
Debo confesar que, a mi edad y con mi historial de barbarie, nada me espanta y nada me afecta. He matado tantas veces, que la sangre de mis víctimas apenas me parece un mero líquido encarnado, tan banal como la miel o la resina. Arrancarles el último aliento no me conmueve como lo hacía antes, cuando comenzaba aún a paladear con deleite el vértigo del asedio, la tensión del acecho, el pulso de la persecución o el desenfreno de asestar el definitivo ataque a la garganta. Ya no soy el que era, el temido Chipantasig, cuyo nombre, al ser pronunciado, congelaba la sangre, paralizaba los músculos y hacía alzar el vuelo de las aves en caótica desbandada.
Ahora, tras años de sembrar el pánico entre mis enemigos e imponer orden entre los míos, me gustaría acabar mis días de un modo más plácido, pero no creo que se me permita tal deseo: mis hijos codician la herencia en vida y no dudarían en eliminarme; mis enemigos tampoco dudarían en acabar conmigo y con mi descendencia; las madres de mis hijos se están aliando a mis espaldas. He sembrado mucho odio y demasiada envidia.
La sangre que me chorrea hasta el suelo me asusta menos de lo que debería. Mi destino está sellado, ha de ser así, y lo acepto porque soy Chipantasig, el rey de la selva.