sábado, 16 de junio de 2012

Taxi IV (El porqué de los taxis)


Los miedos atávicos, propios o heredados, no se los quita uno de encima así como así. Eso iba leyendo Stanislav, digamos que así se llamaba, un conocido de cerca de mi pueblo al que los cambios le provocaban graves trastornos. Era un gran lector de libros en los que pensaba que encontraría solución a sus fobias, pero a fuerza de leer mucho y encontrar poco, acabó por aceptar que el único modo de escapar de sus miedos era enfrentarse a ellos o evitarlos toda su vida. Stanislav nunca montaba en taxis, por el precio, por las historias que contaban, pero sobre todo porque una vez, ni recuerdo ya cuándo me lo dijo, al salir de trabajar una noche lluviosa y fría, no tuvo otro remedio que invertir más dinero del deseado en un taxi que lo llevara a casa.

martes, 12 de junio de 2012

Taxi III (La locura)


Abrir una puerta es como desenvolver un regalo, ya que por mucho que imaginemos lo que hay dentro siempre habrá algo que nos sorprenda. Cuando uno abre la puerta de un taxi, por mucho que se espere dar con situaciones raras, cada caso es superior al otro en originalidad, en desconcierto o en desasosiego. Una tarde corriente, como casi todas las tardes en que perdía el autobús, Inocencio, un gris empleado de banca, se vio obligado a tomar un taxi para un trayecto corto pero agotador de otro modo que no fuera sentado.

miércoles, 6 de junio de 2012

Taxi II (La jactancia)


En noches de tormenta no solo se despiertan los vampiros y las ánimas del purgatorio sino que a esta procesión se une todo tipo de personajes al volante del servicio público. En una de esas madrugadas, Leoncio, un conocido que trabajaba hasta tarde en el bar de un hotel de los que nos gustan tanto a los noctívagos, salió a la calle para tratar de parar el primer coche que lo llevara a casa tras una jornada anodina aunque fatigosa.
Tras pisar todos los charcos de la larga avenida, una luz verde le anunció que su suplicio se había acabado. Eso creía él.

viernes, 1 de junio de 2012

Taxi I (La imprudencia)


Salir tarde del trabajo es una mala costumbre que, además de descomponer nuestra vida privada, nos hace muy vulnerables y pendencieros. Tampoco trabajar de noche ayuda a mejorar las relaciones sociales, de modo que, cuando se unen en el tiempo y en el espacio dos perfiles de ambas características, la prudencia debería activarse como por ensalmo. Pues no, aquella noche no hubo manera, porque ni Justino andaba por esa medida ni el taxista que lo recogió contaba con el instinto de ser introvertido.