martes, 31 de julio de 2012

La deliciosa mentira


Hace ya algunos años, no demasiados, un sabio amigo mío me contó que estaba investigando las altísimas capacidades intelectuales y la precocidad de un niño de apenas cuatro años, tal vez menos, que leía sin dificultad las cartillas preescolares, fenómeno que intrigó a los maestros y a la familia, de recursos limitados aunque con talante emprendedor. Era el orgullo del barrio y ya se veía la madre de plató en plató amasando una fortuna y una notoriedad con las que salir de los suburbios de la capital. Según parece, el chiquillo leía todas las palabras sin engancharse ni dudar: casa, flor, perro,... Como la fama no le llegó y tal destreza al principio asombra pero no deja de ser un talento común, la madre se olvidó de los escenarios y aceptó el consejo de sus maestros.