domingo, 23 de septiembre de 2012

La del marido preso


En una aldea como la mía, todos se conocen, y cuando llega algún forastero, se crea una situación en torno a él que parece como si no hubiera más actividad que su presencia, y tal vez sea así. Siendo yo un muchacho, y ya va para mucho, se instaló de repente en mi pueblo una señora con su hijo. La sorpresa fue tal que en menos de una hora la noticia le llegó incluso al pastor que guardaba las cabras en lo alto del monte. Cualquiera hubiera dicho que la familia de Bonnières, por el revuelo creado, era el circo mundial, pero es que en un pueblo pequeño cualquier novedad es noticiable. Contra toda la expectación causada, aquella señora no dio el menor motivo de comentario, ya que hacía su trabajo doméstico, salía poco y se ocupaba de su hijo acompañándolo al colegio y esperándolo a la salida, es decir nada que ver con la crónica mundana que ofrecía el pueblo de al lado, con su alcalde mujeriego y su cacique gigoló.
De no ser por lo extraño de aquellos dos extraños, todo habría indicado que eran una familia corriente, pero un hecho llamó la atención de los cuchicheos locales: aquella señora siempre salía sola a todos los recados, y el niño era su única compañía durante el día, aunque de noche siempre había luz en aquella casa. Ya no eran tiempos de brujas, así que se descartó tal opción, y se decidió que lo único posible era que tuviera a su esposo en la cárcel. De ese modo pronto pasó a llamarse la del marido preso. Por supuesto, ni la versión popular ni la que inventamos los muchachos eran correctas, pues ni el señor de Bonnières estaba en los temidos calabozos del régimen ni en las mazmorras lóbregas del castillo de If, sino en un hospital extranjero donde parece ser que se estudiaban cosas contrarias al buen tono y se experimentaba con cadáveres a los que se les extraían las entrañas para injertarlas en otros seres humanos. Olimpio, que así se llamaba el niño, insistía una y otra vez en que su padre no era más que un científico que experimentaba con algo llamado genética; su padre era una especie de médico que no pasaba consulta, pero que trataba de curar enfermedades y nada más, pero para mí era imposible imaginar a un médico de otro modo que no fuera un señor con bata blanca algo amarillenta introduciéndome una paleta de madera hasta el abismo de la glotis.
Olimpio siempre fue un muchacho radiante de placidez, algo peculiar, pero totalmente reglamentario, y supongo que vio esta circunstancia como una ocasión para sacarle partido a su fragilidad. Sin embargo, lejos de aprovecharse de la misericordia ajena como habrían hecho otros, él utilizó esta simpatía piadosa para que lo dejaran en paz y así poder dedicarse a lo que le interesaba de veras, que no era otra cosa que la sintaxis. Claro, esto no lo hacía demasiado simpático a los ojos del sentir popular, pero tampoco era arisco con su entorno, así que, todos ganaban y cada cual ocupaba su sitio de modo natural. Lo cierto es que, bien pensado, Olimpio era un niño adulto, o un chico con el mismo sentido del humor de un abuelo que ya tiene su vida por detrás y no tiene que hacer carrera. Sobre esto hablamos en alguna ocasión, hace ya mucho tiempo, justo antes de que nuestra amistad cambiase, y me sorprendió la tranquilidad con la que me aseguró que siempre había sabido todo lo que se decía de él, los chismes, las hablillas, las leyendas, las mentiras. Todo aquello no lo enorgullecía especialmente, pero tampoco le causaba estragos.
—Amigo, bien está que hablen de mí, aunque sea mal. Lo importante es no pasar por la vida como un meteoro, brillante pero fugaz, lo primordial es que, pese a todo, se beneficien de las obras de uno, no de su imagen.
—De acuerdo —consentí yo—, no son más que cotilleos de viejas que ni te importan. Pero no puedes permitirlo.
—Claro que puedo. La gente, camarada, tiene una enorme necesidad de mitos y ficciones con los que adornar las realidades sencillas y aferrarse así a la propia monotonía mirando por alguna rendija un mundo más entretenido. Eso ocurre desde la infancia, porque a los niños les transmitimos con falsedades las cosas que no podemos explicarles, y así, infantilizando los principios de las ciencias, acabamos todos, de generación en generación, atribuyéndoles a los fenómenos más corrientes las propiedades y las leyes más descabelladas. Pues si eso ocurre con las ciencias fundamentales por todo lo ancho del mundo, imagínate lo que sucede en una estrecha barriada o en una aldea como esta. ¿Acaso crees que me importaba que pensasen que mi padre era un presidiario? Claro que no me interesaba lo más mínimo. Una vez le respondí al tendero, que bajaba la voz al verme pasar mientras él llamaba a mi madre por su sobrenombre, que en realidad mi padre trabajaba de noche y dormía de día, y que por eso nunca lo veían. El tendero pareció tan desencantado con esta explicación, más cabal pero igualmente quimérica, que siguió contando su versión, mucho más atrayente y fabulosa. El vecindario preferirá siempre las leyendas a las verdades, igual que el público se decanta más por las hazañas que por la regularidad. Si así son felices, que sigan, no les podemos arrebatar esos placeres menudos.
—¿Y por qué siempre estaba encendida la luz en tu casa?
—La luz, sí. Es que de pequeño me daba miedo la oscuridad.