viernes, 26 de octubre de 2012

El cambio


—Tú a la cola como los demás. 
Aquella era una frase a la que yo no estaba acostumbrado. Desde que había llegado la democracia, algunos empezábamos a escucharla más de lo que habríamos deseado y de boca de gente que no nos lo habría dicho nunca.
Aquella mañana, el patio del colegio bullía ante una novedad. Un niño exhibía una nueva peseta con la efigie del rey, y los todos aguardaban en una fila desesperante. Los demás niños no saben guardar cola, y yo no era de los que esperaban turno.
—Te doy un duro de Franco por esa peseta del rey —dije desde atrás.
Incluso con la democracia, había cosas que no cambiarían jamás.

sábado, 20 de octubre de 2012

Constancia y euforia

De la rutina insípida de su oficina sacó apenas dos lecciones muy valiosas: que el éxito no es más que una anécdota, generalmente  muy puntual, y que el fracaso no es sino una forma más de éxito. Aquel día consiguió el ascenso codiciado tras tantísimos años de rutina insípida: por fin podría encargarse de la reprografía.
Dos horas después lo despidieron por haberse fotocopiado las nalgas.

sábado, 13 de octubre de 2012

Amanecerá



De camino a la consulta, el inseguro Swann trataba de calmar sus nervios dándose ánimos. “No tiene por qué ser importante”, se decía, y le vinieron a la mente, entonces, las historias que escuchó de niño. En especial recordó la que oyó de labios de su abuelo, un relato sobre la inquietud.
En el pueblo —comenzaba así la historia— muchos parecían temerosos de algo irreparable, y todo a causa de que un insensato había matado por error a la alondra. Confundiéndola con cualquier otro pájaro, el pobre animalillo, sus crías y el nido entero fueron acribillados, con lo que esto tenía de grave para el transcurso de las cosas. ¿Cómo se distinguiría ahora el día de la noche? ¿Cómo despertaría el cabrero para ordeñar a su Lucinda? ¿Qué haría el panadero para salir de la tahona? Incluso se puso en duda que amaneciera o que se pusiera el sol.
Al llegar el momento en que normalmente tendría que anochecer, efectivamente anocheció, y el relojero sentenció que también amanecería con o sin la alondra.
Ya en la consulta —muchos años después de eso—, el inseguro Swann trataba de calmar sus nervios. Pero el rostro del médico parecía ocultar algo.
—Podría ser, señor Swann, pero en este caso es mejor intervenir.

Consejo visceral



De todo corazón, caballero, le digo que no tiene nada que temer. Tranquilícese, fúmese un cigarrillo, tengo aquí una cajetilla, cómo no voy a tener tabaco, si soy médico. Tenga su placa. Ahora váyase a casa, espere a su esposa, pídale perdón por su comportamiento y dígale lo que yo le he dicho, que en la radiografía, la mancha negra bajo el pulmón no es más que el estómago.
¡Tiene cojones!

Las culturas



Honesta y fríamente el señor Musashi intentaba explicarle a la familia del difunto que no se arrojó al lago para no tener que someterlo a una enorme deuda de por vida, como ocurría en su cultura. Honesta y fríamente el señor Musashi juró que de ningún modo fue por cobardía, por indiferencia o por no saber nadar. Honesta y fríamente el señor Musashi aseguró que no disfrutaba mientras el difunto se ahogaba.
Honestamente reconoció el señor Musashi que podría haber telefoneado a los bomberos.
Fríamente la familia del fallecido mató al señor Musashi.