jueves, 8 de agosto de 2013

Abducida y abandonada




Lisbeth aún se preguntaba por qué seguía acudiendo al acantilado todas las noches y allí se tiraba horas mirando las estrellas. En el pueblo pensaban que la principal razón era su chaladura, pero nada estaba del todo claro. A saber cuál de esas miles de lucecitas que brillaban en el firmamento sería la que indicó su misterioso amante el día de su despedida. La cándida muchachita empezaba a sospechar que el hombre bala le rompió el corazón sin el menor asomo de misericordia antes de regresar a su planeta. Y se dijo que desde aquel día dejaría de confiar en los hombres que se vestían como extraterrestres.