viernes, 19 de abril de 2013

Un cabo suelto

Disfrazado de vendedora de manzanas llegó hasta la altura del soberano, que cortaba la cinta rodeado de autoridades y guardias. Con ese disfraz que animaba a la chiquillería a intentar robarle la mercancía pudo llegar hasta su víctima, y habría podido acabar con él allí mismo de una cuchillada sangrienta, pero se limitó a lo acordado con su compinche, de modo que estrechó la mano del cacique fingiendo reverencia y fue a ofrecerle una de las manzanas envenenadas.
De pronto, viendo cómo a su alrededor se desplomaban unos niños, comprendió que habría sido mejor apuñalarlo.