jueves, 9 de mayo de 2013

El amor y Washington Jaramillo




La mirada de Washington Jaramillo no era la misma, y su voz tampoco. Algo terrible habría debido de ocurrir, pero el cantante no tenía ni vendas ni yodo, así que se descartaba que le hubieran sacudido una tunda recientemente. El corrido que interpretaba junto a los Duros de Sinaloa sonaba más siniestro que nunca, y eso el público del Pelícano, que nunca le daba la espalda, lo notaba. Esa noche no ocurrían cosas normales.
Bajando del escenario con la mirada distraída, Jaramillo se acercó a la barra, y con un mismo gesto se hizo servir una copa y alejar el cuenco de choclo. Fue entonces cuando todos supieron que eran penas de amores, porque el atormentado nunca renunciaba a su delicia preferida.
—Ha vuelto a pasar, ¿verdad?
Pero esta vez no había sido como las anteriores en que, tras el periodo eufórico de los amantes, las novias de Jaramillo lo habían dejado, sorprendidas por el llamativo aumento de peso al que las había sometido yendo sin parar a sus cantinas favoritas a comer y beber. Un mes apenas bastaba para que tuvieran que renovar el armario; un mes apenas, el mismo tiempo que duraba la pasión y, con la monotonía, se desataba el desencuentro. Para curarse del abandono, Jaramillo, como en los boleros desgarradores, en lugar de lamentarse, reconocía que engordándolas se vengaba de ellas.
Sin embargo —tenía que ocurrir—, hubo una que ni se cansó de la harina de maíz ni tan siquiera engordó, sino todo lo contrario. Karen supo mantener vivo su apetito igual que mantuvo esbelta su silueta durante más de un mes.
Ante la amenaza del amor, Washington Jaramillo se alejó de ella a la quinta semana.