sábado, 4 de mayo de 2013

El hielo y Washington Jaramillo

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Washington Jaramillo había de recordar aquel libro que tanto le gustó: tanto, que no leyó ningún otro nunca más. De él sacó muchos de sus escarmientos, e incluso su propio carácter, pero no pudo comprender el talante ajeno, gracias al que se había librado de la muerte en tantas ocasiones como pudo haber perdido la vida. Cuanto más tiempo pasaba, a más personas les debía el estar aún en pie, y era una cuestión de tiempo que pasaran a cobrarle las deudas.
Con el amanecer, apurando el cigarrillo que solicitó como desayuno, entraron a su celda para conducirlo, una vez más, ante los cañones. A aquellos dos sicarios los había visto crecer, y ellos a él hacerse viejo, por lo que existía entre los tres una complicidad incongruente. Al más joven, unos años antes, lo vio bajar el arma y temblar en su primera ejecución, que sería la primera para ambos, para el verdugo y para el novato Jaramillo; al mayor, en la misma aterradora sesión, lo vio abroncar hasta provocarle el llanto a su camarada de armas; ambos lo recordaban a él por haber aprovechado la ocasión para escabullirse junto a otros dos sentenciados, lo que estuvo a punto de convertirse en una condena a muerte para aquellos matones, para quienes dar caza a Jaramillo se había convertido en algo más que un encargo: se la debían al capo.
Hecho a la idea de que ya no habría escapatoria como la primera vez, Washington Jaramillo, recordando mentalmente los pasajes en que iban a fusilar a su héroe, puso, como el coronel, una mirada noble, o tal vez ausente, pero no escuchó ningún fogonazo, de modo que pensó que aquello debería de ser la muerte. No sintió nada raro, pero al cabo de un segundo, creyó resucitar:
—¡No me falles otra vez¡ No tenemos más que una oportunidad.
—¡Quieres dejar de ponerme nervioso!
Aquellos ejecutores, para desolación de Jaramillo, que ya saboreaba los placeres de la vida eterna, comenzaban a anunciar un desenlace conocido y fatigoso.
—Acabemos de una vez —dijo el reo, que, con la cabeza cubierta, apenas distinguía a sus verdugos.
—Cállate, Jaramillo, eres nuestra desgracia.
—Tiene razón, por tu torpeza nos van a matar a nosotros.
—¿Torpe? ¿Me estás llamando torpe?
Tras oír dos disparos y un silencio similar al anterior, y tras comprobar que seguía entre los vivos, Washington se deshizo de las cuerdas, tiró al suelo la capucha, robó un arma y se marchó, una vez más, a seguir con su destino.
Al llegar al primer bar, pidió una copa.
—¿Con hielo?
—¿Hielo?
Jaramillo siempre había creído que el hielo era un diamante efímero.