viernes, 10 de mayo de 2013

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El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda, mientras Panikós Flynn, el antiguo estraperlista, le apuntaba con su revólver por debajo de la mesa. El notario Volstein hacía gestos a sus guardaespaldas para que, a la mínima, saltaran sobre la huidiza Itsuko, examante de un filibustero. Los que observaban la escena eran ajenos al drama que se avecinaba, y al ver volar sillas y balas por encima de sus cabezas, lamentaron no estar cerca del hotel y haber querido imitar a sus ídolos del celuloide. Aquellos sí que tenían hábitos crepusculares.