viernes, 14 de junio de 2013

Autoayuda

Cuando cayeron los víveres sobre la planicie, nadie corrió demasiado para ir a buscarlos. Pasado el calor sofocante de la tarde, un equipo de empleados se acercó al lugar del impacto y allí encontró, algo descolocado, el bulto con la entrega semanal desde la sede de la oficina de ayuda.

En el poblado todos dormitaban, y sus habitantes ya no esperaban con emoción los habituales sacos de sémola enriquecida, a la que se habían acostumbrado y que no daba tampoco para arrancar de la malnutrición a los más débiles. Esa misma tarde habían caído —los altos representantes no decían “muerto”— tres criaturas cuya edad era indescifrable si se valoraba su peso.

Ya nadie acudía a festejar que una semana más se había burlado al hambre, y la maniobra de desembalaje era una mera formalidad, una coreografía de estibadores bien alimentados. Afortunadamente para los voluntarios, poca gente vio que lo que había en el interior no eran ni siquiera paquetes de sémola sino unos folletos de autoayuda pertenecientes a una congregación religiosa desconocida por esas tierras.

En las cajas vacías de esos trípticos inútiles enterraron al anochecer las madres a sus tres hijos muertos —ellas no decían “caídos”.