jueves, 6 de junio de 2013

El deber ciudadano y Washington Jaramillo

Un cantante como él no debería granjearse ni tantos odios ni tan frecuentes, pero Washington Jaramillo, que anteponía la controversia a su propio bienestar, se negó a ser un simple bolerista para darle a su repertorio un tono hostil con el despotismo. La canción de aquella noche en el Pelícano prometía ser el colmo, ya que no reparaba en desprecios hacia el tirano que, por su ambición, sacrificó a su pueblo, dejándolo a merced de especuladores y fanáticos, y vendió a su partido, que se vio impotente ante las denuncias de corrupción que, una vez se esfumó el dictador, llovieron sobre los candidatos. Ni la música plácida de las marimbas podía endulzar los octosílabos:


Ahora que has vuelto tras tantas
Zancadas tras de tu premio,
No quieras salir sin roces,
Amigo, que ya te vemos
Rumiar tu rencor profundo,

Vanidoso reyezuelo.
Este país te desprecia.
Tus mentiras nos hirieron
En lo hondo de las vías

Y las estaciones, ¿cierto?
Anda ya con tu medalla

De sangre y tu bigotito.
En esta tierra, los hombres,

Aunque ni un metro levanten,
Quieren sus almas en paz.
Una, pero has de pagar,
Ignaro monstruo bajito.


Al acabar la canción, Jaramillo, sabiendo que la querella no tardaría en llegar, se dirigió a su público, casi despidiéndose:

—Recuerden que hay gente que lleva mal tener poca estatura.