lunes, 10 de junio de 2013

El espíritu práctico y Washington Jaramillo

El dictado de los astros no afectaba al comportamiento de Seagram, el percusionista, a diferencia del resto de la sección de ritmo, que confiaba sus actos más arriesgados al designio de los magos. Escarmentado como estaba Washington Jaramillo por culpa del gremio de nigromantes y sus asechanzas, quiso intervenir en la disputa por el bien de su conjunto de música ciudadana.

—Yo digo —sostenía el baterista Seagram— que fue la mente, que no resistió, y no una hechicería o un castigo divino.

—Y yo afirmo —rebatía el bajista Romasanta— que fue un poder superior contra el que el cerebro no puede nada, sobre todo cuando se ofende a los dioses.

Evidentemente, alguien que toca el tambor no tiene el menor apego por las supersticiones, es fácil de entender. Sin embargo, cuando se trata de un contrabajo, ahí la cosa tiene otro color. Por allí iba la conversación cuando el solista Jaramillo, ajeno a los grandes debates, quiso centrar el interés de sus colegas en el ensayo de las piezas que interpretarían al día siguiente durante las exequias del malogrado Milton Chipantasig, del que trataba precisamente la disputa.

—¡La mente!

—¡La fe!

Como por fortuna el repertorio lo conocían de sobra, Washington Jaramillo desistió en su intención de ponerse a ensayar, y se acodó en la barra, donde pudo leer la noticia de que el difunto había apostado su prestigio contra una fortuna a que detenía el mercancías de la tarde con su fuerza mental.

—¡Anda, carajo! —se dijo a sí mismo el cantante— El tipo por el que nos contratan para el sepelio nos habría pagado de todos modos para celebrar su victoria.