viernes, 7 de junio de 2013

El vudú y Washington Jaramillo



Desde muy joven Washington Jaramillo supo fingir ser un amante despechado para acercarse con más facilidad a las mujeres, y así tratar de seducirlas para abandonarlas enseguida y volver a repetir la maniobra. La estrategia funcionó hasta que se cruzó con Karen, y el abandonado fue él, y entonces conoció el dolor, aunque no el arrepentimiento. Desorientado por la indiferencia de aquella hembra insensible, se dejó aconsejar por una santera que le decía que lo mejor era tragarse algo muy suyo, muy de ella. De ese modo, en un descabellado ceremonial, Jaramillo acabó devorando un mechón del espeso vello más íntimo de su amante, un fetiche que le robó una noche mientras dormía, acto que acabaría siendo la causa de su desprecio. Casi acaba ahogado con aquella mezcla de raíces y puntas, pero nada era suficiente para recuperar su amor, por mucho que tardara en hacer efecto aquella treta. O eso pensaba Jaramillo. Volvió a tener malos tragos más veces, pero ya no con el pelo, sino con sus propias lágrimas. Tardó tiempo en darse cuenta de que la santera no era otra que la madre de su amada, y que debieron de reírse bien a gusto a su costa las dos.
Por fortuna, al verlo de nuevo despechado y cantando sus males, las mujeres volvieron a acudir a sus brazos.