martes, 11 de junio de 2013

La transubstanciación y Washington Jaramillo



Al acabar el convite con el que se daba un sentido adiós al arriesgado Chipantasig, su viuda, muy devota a su manera, canceló el concierto y pidió amablemente a todos, músicos y comensales, que la dejaran velar a solas a su difunto.

Temiendo asistir a una escena entre mística y pagana, y habiendo cobrado generosamente aun sin ejecutar, Washington Jaramillo decidió beberse las ganancias como solía pasar, por si al día siguiente no le alcanzaba, como acostumbraba a ocurrir. Siendo el pago generoso, la tajada no lo fue menos, y así, ebrio y sin control, se vio a sí mismo convertido en un personaje de ficción admirado en Moratalaz y toda su comarca.

A la quiensabecuantésima copa, Jaramillo estaba por fin batiendo en un duelo a tequilas al maestro Montesinos, único superviviente del trío de borrachos del que se descolgó a la primera el endeble autor, que babeaba pidiendo clemencia sobre un tapete diríamos que verde, al menos en sus años lustrosos. Viendo a su rival agachar la vista, el cantante se supo vencedor, y así, robando una moto, se acercó hasta la casa de la editora Portabales, con la que tenía asuntos que resolver.

—Señora —Jaramillo solía ser muy ceremonioso.

—Señor —la editora tampoco le iba a la zaga.

Antes de que Jaramillo dijera nada, Arantza Portabales había adivinado, pues era mentalista, qué quería aquel tipo.

Sabiéndose vencido, el cantante adoptó su imbatible pose de amante despechado, forzando el escorzo, lo que desarmó a la editora para siempre…

—Vengo a por lo que ya sabe, editora.

En una mano cerrada, Portabales escondía algo muy preciado que poco a poco acercaba a su seductor visitante.

Quién sabe si un ruido o tal vez un cubo de agua sobre la cara, pero algo devolvió a Jaramillo a su rincón en el Pelícano. Aturdido, solo logró pronunciar unas palabras casi musitadas, tras las que se desplomó hasta el día siguiente:

I think this is the beginning of a beautiful friendship.