sábado, 13 de julio de 2013

La última cena



Cada vez que el intrépido jovencito negaba toda responsabilidad en la desaparición de aquellas monedas del interior del cepillo parroquial, el canto del gallo le recordaba que la verdad saldría a flote, como un corcho en el agua.

Cada vez que el cura le recordaba al golfillo que a Jesús lo negaron tres veces antes de ser supliciado, los bellos ojos del muchacho ablandaban la mano del sacerdote, que dejaba de azotar y pasaba acariciar con remordimiento.

Cada vez que el gallo perdía una pluma más, notaba que su fin estaba cerca. La última cena sería a base de estofado. Eso era innegable.