miércoles, 3 de julio de 2013

Las cicatrices de Washington Jaramillo

No era de mucho hablar Washington Jaramillo, sobre todo de sus amores pasados, que fueron sin excepción turbulentos. En sus canciones dejaba apenas algún señuelo, aunque más para fomentar su leyenda de amante atormentado, que para pregonar su dolor.
Aquella noche en que, frente al espejo de la barra del Pelícano, daba cuenta de una botella tras otra, miró una vez más el tatuaje de su brazo izquierdo y lo comparó con los de quita y pon que ahora llevaba cualquiera. Con otro trago más, el cantante volvió, desvanecido, a aquellos años en que llegó a creer en el amor y, a las bravas, se grabó sobre la piel un mensaje indeleble. Esa letra mayúscula que aún resistía la flojedad de la piel, Jaramillo nunca quiso borrársela, y eso que hubo momentos de arrebato. Odiar a aquella mujer, tras tantos años, ya no tenía sentido, de modo que decidió mantener el tatuaje en su sitio para rescatar algo de su recuerdo, en lugar de tener que padecerla de nuevo con una dolorosa cicatriz.