miércoles, 10 de julio de 2013

Tú siempre serás mi reina

Aquella tarde, al llegar a casa toda llena de polen y agotada, vio que el zángano de su marido no estaba, como solía, tumbado en la alfombra de pétalos. No le hizo falta comprender dónde se encontraría, en brazos de qué amante poderosa e insaciable. Todas sus promesas fueron flor de un día.

Salió al exterior y se dejó caer en un charco para dejar de padecer, pero las ondas alertaron a un niño, que la rescató de una muerte segura. Mientras le soplaba con cuidado las alas, el niño miraba al desgraciado animalillo adherido al palo.

—Te construiré una colmena —dijo— y tú serás la reina.