jueves, 29 de agosto de 2013

Frágiles pelirrojas

Contemplando a esas jovencitas solitarias que visitan los museos y se detienen sin prisa ante el cuadro más inadvertido pasaba las mañanas del domingo Chipantasig, el oscuro merodeador de las galerías. Aquel día puso los ojos en una sutil muchacha de cabellos carmesíes, insólitos pero naturales. Le llamó la atención la delicada delgadez de sus piernas, finas pero moldeadas, y la distinción de su piel, nívea, tersa y moteada. Sus ojos tenían esa extraña tonalidad de las figuritas esmaltadas, sin pestañas, y sus manos eran como de porcelana. Caminaba suavemente, con pasos lentos pero sin vacilar en la trayectoria, y eso la hacía especialmente atractiva. Por lo demás, alguien así, con una indumentaria anodina, un bolso cruzado y unas sandalias, nunca tendría tal dimensión fuera de un museo. Pero dentro, aquella mujercita era todo lo que Chipantasig ansiaba. De pronto se detuvo ante un cuadro.
Vista desde lejos, la joven parecía formar parte del lienzo; a media distancia, sus márgenes la sacaban de la composición; de cerca, se podía oír su respiración, primero pausada, luego intranquila. El corto instante que duraba el acecho de Chipantasig le era suficiente para absorber toda la esencia de sus presas, siempre frágiles muchachas que acababan huyendo desconcertadas por la presencia a sus espaldas de un desconocido poco recomendable. Pero aquella mañana, la joven no parecía alterada, o tal vez aún no lo bastante como para alejarse de aquel tipo extraño que la acosaba. La novedad desconcertaba a Chipantasig, pero se mantuvo sereno y, poco a poco, dejó su posición trasera y se colocó a la derecha de la chica, mirándola desde arriba, introduciendo la vista entre la piel y la camisa, adivinando o creyendo ver algo más que una carne rosácea. Ella no parecía molesta, tal vez porque apenas reparó en la actitud obscena del visitante; él, en cambio, notaba una enorme incomodidad al verse superado por la adversaria.
Igual que en sus fantasías, Chipantasig se acercó lo suficiente a la pelirroja como para aspirar el perfume de su cuerpo, y percibió que el jabón de ducha se había difuminado tras horas de caminata por la ciudad, aunque le pareció que el olor a sudor de aquella joven era tan embriagador como sus frondosos rizos. Al no notar respuesta alguna, sus jadeos se hicieron más sonoros, y los de ella comenzaron a escucharse, primero levemente, después con nitidez.
Todo era un decidido jadear, y de repente la joven sacó de su bolso un objeto, algo de plástico pero cortante. El aliento de ambos podía escucharse en toda la sala.
—¡Ah! —gritaron los dos al mismo tiempo.
La joven, tras el grito de alarma de los vigilantes, salió corriendo tras haber rasgado el cuadro con dos cortes profundos en forma de equis. Y Chipantasig se quedó allí, aturdido y con el pantalón empapado, como en sus peores pesadillas.