jueves, 3 de octubre de 2013

Lenguas moribundas (ENTC octubre 2013)



Al acabar de releer la carta, Urban Volstein sintió el vértigo de lo irremediable. Hacía tiempo que no pronunciaba ni una palabra en su insegura lengua materna, la que, como si fuera un código inventado, solo usaba ya ante su esposa cuando iba, cada año, a dejarle flores.
Ese idioma, el de amar, el de odiar, el de blasfemar y el de llamar a las cosas por su nombre, heredado por su padre de sus ancestros, y traspasado por ellos a Urban con la idea de que este se lo cediera a los hijos que nunca tuvo, estaba llamado a apagarse definitivamente, y ni los sabios de la cátedra lo resucitarían, ni los aprovechados de la asamblea se lo apropiarían, ni los niños lo escucharían de nuevo de sus madres.
—Delecti’m magna, binomi. Acudi ad ti ja —dijo, tal vez leyendo.
Bajo el jarroncito de flores que decoraba la tumba de su difunta esposa, Urban dejó un papel ininteligible en el que se adivinaba una despedida. O acaso era un saludo. Las lenguas moribundas son confusas, tal vez porque saben que van a morir.