jueves, 31 de octubre de 2013

Sin recreo





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El recreo se está acabando y aún no ha llegado el padre Pío, lo que podría salvarnos de uno de sus terribles castigos. Mi compañero y yo miramos con temor la puerta del aula de castigos, y con esperanza el reloj, que corre en nuestro favor. De pronto, se abre la puerta y entra un señor con traje, y cerrando la ventana, evita que veamos la escena del exterior en la que el cura extiende sus manos pidiendo clemencia, pero no consigue sino ser esposado e introducido en un coche. Las sirenas que alborotan el barrio nos distraen, y podemos salir a jugar unos minutos antes de que suene el timbre.