miércoles, 6 de noviembre de 2013

El vino, las rosas y Washington Jaramillo



Ni el hermoso paisaje de sus viñedos ni el bienestar que logró con sus caldos alcanzaban a apagar la desdicha del rico hacendado, y así el desolado señor Corbin, tras pasear una aflicción novelesca por los llanos, se veía arrodillado en medio de su enorme plantación y con un revólver apuntando a su cabeza. Pero no era el suyo sino el de un inusual sicario.
—¿De veras quieres morir —le preguntaba Washington Jaramillo— o es una mera pose de ricachón depresivo?
—No, no, ya no.
Fue así como el terrateniente comenzó a creer en la vida tan espléndida de la que gozaba junto a su esposa, que lo amaba pese a las camas separadas.
Con esta estrategia tan apurada, Jaramillo podía regresar a sus rutinas, pero antes de marcharse para siempre de la alcoba de su examante, le devolvió a su marido y le dejó un ramo de rosas.