miércoles, 29 de mayo de 2013

Medio segundo de gracia para W. Jaramillo



La muerte no era lo que más rabia le daba: lo que más le molestaba a Washington Jaramillo era morir por los actos de otro y no por los suyos, que no eran ni pocos ni piadosos. Una vez más frente al pelotón, el osado cantante repasaba su vida y sus faltas; recordaba los males infligidos y los daños encajados; contaba los agravios y las disculpas, y hacía balance, pero las cuentas no le salían a favor. También se acordó de su perro, Rosito, y de una novia de juventud. Al llegar a este punto, Jaramillo adivinó que la cosa iba en serio esta vez. Tras haber burlado a la muerte en tantas ocasiones, algo le decía que de allí no saldría sino con los pies por delante.

—Cabrones —pensó—, ahora moriré deshonrado.


El sol le impedía ver bien al pelotón, así que no pudo mirar a sus vacilantes verdugos; lo amordazaron para que no volviera a acusar al alcalde como verdadero autor de los hechos. El alguacil, molesto, se abanicaba mientras miraba tanto al paredón como a la salita del teléfono. Todos miraban al teléfono, menos Washington Jaramillo, que ya se veía descansando y liberado de su azarosa vida. De pronto se pudo oír un enorme y confuso revuelo cuando, habiendo ya apretado el gatillo, escucharon también la llamada del perdón y, por fin, para alivio de pocos y rabia de muchos, no se pudo rectificar. Hubo una persona que, pese a todo, durante medio segundo, tuvo tiempo de imaginar a su galgo lamiéndole la mano y a su novia llorar su pérdida, y así pudo disfrutar de su inocencia.

Spider Caca


Con tres años y apenas dos palmos, Pablete tenía siempre mal despertar, sobre todo cuando la visita dominical le escamoteaba una siesta. Durante el ratito en que su descanso era también el de todos, aquel mocoso construía sus estrategias y daba forma a su personaje de ficción, Spider Caca, cada vez más osado e intrépido.

—¡Quítate las gafas! —se atrevió a decirle a uno de los invitados, ante las risas del resto.

Aquello, que no era una gracia infantil, al menos para él, lo irritó hasta el punto de usar sus poderosas armas: la tela de araña, la mirada asesina, la carrerilla hacia su oponente,… Pero ninguna triunfó contra aquellos gordos amigotes de papá, que lo veían con ternura fracasar en sus embestidas. De pronto el llanto acabó con la batalla, pero no fue por impotencia o por rendición:

—¡No veo con la máscara!

viernes, 17 de mayo de 2013

Rosito el galgo



El plácido Rosito

Algo lo sacó de su temerosa indolencia cuando aquellos hombres con bata y guantes se le acercaron con la jeringuilla letal después del fracaso en la carrera; algo le decía que aquello acabaría con su vida tras tantos años de victorias y trofeos.


Resuelto como era, Rosito se zafó de sus correas y escapó de la muerte, como aquella noche de relámpagos en que todo se torció y, huérfano, vino al mundo tras ver morir a su madre, la Rosi, y a toda la camada.

¡Guau!

Desde la puerta de la consulta, ladró, sacó los dientes, desgarró los cojines y, tras crear su habitual alboroto, se puso a correr hacia ninguna parte con una energía inagotable.
Así fue como aquel escuálido y deslenguado galgo volvió a dar esquinazo a su destino.