lunes, 30 de septiembre de 2013

La mentira y Washington Jaramillo




A grandes zancadas sobre las olas solía decir que prefería irse de este mundo, ajeno a la incongruencia de sus palabras, pero sus amantes se deleitaban con el sentido poético de un discurso que las dejaba sin habla y encandiladas. El día en que Jaramillo desaparecía del lecho de sus amantes, en lugar de echarse a llorar o maldecirlo, estas preferían creerlo entre espumas de agua salada. Todo menos pensar que salió a comprar tabaco.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Estrellita II

Estrellita tenía temperamento, sin duda, pero su gracia para escribir historias la hacía apacible. Medía apenas unos pocos centímetros, y su cabeza casi no lograba resaltar por encima de los mostradores. También le colgaban las piernas en las sillas, y por todo eso era reivindicativa y puntillosa. Si era quisquillosa en el trato, no lo era menos, como escritora, con el idioma, sobre todo con las tildes y los signos de puntuación, minúsculas piezas que nadie apreciaba demasiado, y no dejaba escapar la ocasión de defender a aquellos componentes de la lengua que, como ella, no sobresalían por el tamaño.

Cuando le dieron el premio Nobel, Estrellita nos deslumbró. Todo era sorprendente en Estrellita, hasta el hecho de que ni siquiera se llamara así, sino Severina Couto. Lo de Estrellita venía porque parecía una enana blanca.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El asombro por la mecánica celeste

 
El haber llegado a tan mayor convirtió a mi abuelo Matías en un individuo que despertaba un interés casi antropológico. Nadie de su generación sobrevivió a tantos avatares como el siglo había procurado, y él, que nació con la centuria, apostó a que con ella se iría. Y en esa carrera estaba. Cada día se levantaba temprano, no por esa manía que tienen los viejos de madrugar sino para aprovechar los pocos instantes en que podía estar solo por las calles. Sus paseos al alba eran como los de aquel filósofo al que bastaba con ver en tal o tal puente para saber qué hora era, de modo que, con toda razón, al pueblo no le hizo falta reparar el reloj de la iglesia mientras vivió el tío Matías, como lo llamaban.
Yo nunca lo acompañé en sus caminatas, pero estaba al corriente de sus andanzas y de las leyendas que corrían sobre el vejete. Por eso comencé a espiar sus pasos a costa de mi descanso y de las tareas domésticas que tenía que disimular o mercadear. Pero la aventura valía la pena, no por el interés de ver a un señor deambulando por las aceras, luego leyendo horas en un banco y por fin recorriendo el mismo camino en sentido inverso, sino por descubrir qué había de mágico en todo ello.
Una mañana, tras meses de seguirlo a través de las calles, se sentó en el mismo banco de lectura y antes de abrir el libro torció la cabeza, silbó y se dirigió a mí:
—¿Traes algo de leer o no? Sí, a ti te hablo. Léeme algo.
A quién si no a mí se iba a dirigir, porque la calle estaba aún sin despertar.
—No, no traigo nada.
—¿Entonces qué haces a estas horas por la calle?
—Nada.
—Eso no es una respuesta, las cosas se hacen por algo o no se hacen, así que habrá una razón para que te levantes con el sol aún sin alzarse, y para que te arriesgues a un castigo por no hacer la tarea. ¿Saben tus padres que no has hecho tu cuarto?
—Espero que no.
—Tranquilo, yo no se lo diré, lo único que quiero es que me digas qué te mueve a perseguirme. ¿No será un proyecto de ciencias?
—Que no, abuelo, es que me intrigaba lo que contaban y quería comprobar si era cierto.
—Pues diles que sí, que a las seis paso por la plaza, a y media cruzo el puente y a las siete me siento en este banco.
—¿No te aburres de hacer siempre lo mismo?
—No, claro que no.
—¿Y no te aburres leyendo?
—¿Leyendo? Si no me molestan...
Sin duda mi abuelo Matías había hecho de su ritmo de vida una vida en sí misma, sin sobresaltos aunque con una pausa que no todos comprendían. En alguna ocasión traté de imitar su tesón, pero no pude más que adaptarme a algunas costumbres que no necesitaban mucho rigor, como leer el periódico los fines de semana, tomar el aperitivo, comparar la información meteorológica de todos los informativos. Cuando tuve que dejar la casa familiar para ir a estudiar, el ejemplo de mi abuelo me fue de gran ayuda, aunque la gran ciudad ofrece substitutos para la firmeza y pronto me abandoné a una comodidad que hasta hoy mantengo y cultivo. Matías era un ser de otro tiempo y de un mundo que nunca podría darse a placeres fugaces, ya que en el retorno imperturbable de lo cotidiano encontró toda su vida una razón para prolongar una vez más el ciclo diario de su existencia.
Un día en que todo el pueblo se alarmó al no verlo marcando las horas desde las seis, todos lo dieron por enfermo o por algo peor. En efecto, los años le cobraron su primera factura en forma de dolores musculares y fiebre. Se congregó tanta gente alrededor de la casa que el abuelo Matías tuvo que dejar de mirar retratos e intentar dormir a una hora poco acostumbrada. En ese momento llegué yo en autobús desde la capital, y viendo tanto revuelo en casa me temí algo fatal, pero no. Entré y vi a mi abuelo tumbado en un sillón, pero no en su cuarto. También se había afeitado y parecía bien aseado. Solamente lo delataban sus pantuflas y el batín de invierno.
—Ven aquí, tú, capitalino.
—¿Cómo estás, abuelo?
—Bien, bien. Oye, dile a esa gente que se vaya por donde ha venido, que aquí no va a haber sepelio hasta dentro de mucho tiempo, y si quieren sepelio ahora saco la escopeta.
—Anda, abuelo, no te enojes, lo hacen porque te aprecian.
—No, eso mismo lo hicieron cuando estaba por morir el mulo de Toñín, y no se fueron del corral hasta que el animalito dobló.
—Pero tú no eres un mulo, y además de esto no te vas a morir.
—Lo dices sin convicción. ¿Por qué te has presentado a toda prisa? El viaje es largo y apenas han pasado cinco horas desde que te llamaron.
—No seas cascarrabias, he venido a verte.
—Antes de cascar, ¿verdad? Habría preferido que me visitaras con regularidad y no con urgencia. Incluso habría preferido que me espiaras. De todos modos de esta no me voy a morir, tienes razón. Me moriré cuando dejen de asombrarme las cosas.
—¿Qué cosas te siguen asombrando?
—¿Crees que a mi edad ya no me asombra nada? Pues sí, a mi edad me sigue asombrando la salida del sol. Cuando ya nada me maraville, entonces me moriré, pero antes no. El sol es algo prodigioso, aunque monótono y lento.
—¿Por eso vas todas las mañanas a verlo?
—Sí, por eso y porque en ese banco le acaricié la mejilla a tu abuela la primera vez y también la última. Antes de morir me dijo que la llevara una sola vez más al banco en que nos habíamos jurado amor encendido, y allí, saliendo el sol, le acaricié la mejilla. Por la noche murió.
—Vaya, pensaba que ibas a leer por puro gusto.
—No, yo ya no leo nada, la vista no me deja. En realidad me paso horas mirando las fotos que aún guardo de ella, que son siempre las mismas, pero son las únicas que me quedan. Solo tengo eso de mi mundo, el tuyo se me hace incomprensible.
Tardé en comprender el porqué de esa vida ritual y lenta, pero ahora que he vivido algunos años sé que Matías guardaba el secreto de la existencia, no el de la vida desenfrenada sino el de la razón pura, que es la fuente de los mayores asombros.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Connivencia. Microtragedia en verso.


La escena tiene lugar en cualquier servicio público, al atardecer de una jornada cualquiera. Dos personajes cualesquiera orinan distendidamente en otros tantos urinarios de pared. Oculto en los retretes de asiento, se intuye la presencia de un tercer personaje cualquiera. El decorado es sencillo.

PERSONAJE 1: Pipí.
(Un silencio reina)
PERSONAJE 2: Caca.
(Se miran con risueña complicidad)
PERSONAJE 1: Ji, ji, ji.
PERSONAJE 2: Ja, ja, ja.
(Pausa tensa)
PERSONAJE 3: Popó.
(Más tensión aún)
TODOS: Jo, jo, jo.
TELÓN

viernes, 20 de septiembre de 2013

La vida




Los jóvenes soñadores decidieron no quedarse a envejecer como el resto de la gente, y se fueron a descubrir la fuente de la eterna juventud. Fue un camino largo y a veces lento, pero lleno de maravillosos momentos, y al llegar al borde del ansiado manantial, el reflejo del agua les devolvió una imagen conmovedora de un grupo de animosos caminantes de pelo cano y arrugas en la frente. Lo habían conseguido.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Extremos apasionados (vencedor semanal en Radio Castellón 13/09/2013)



Aquellos cables pelados eran polos opuestos, por eso enseguida congeniaron y se fueron a descubrir lo que se cocía cerca del fregadero. Lo malo fue que la casa salió ardiendo.



lunes, 9 de septiembre de 2013

La ruptura de Humbert Humbert ENTC 09/2013



Ajustándose la corbata frente al espejo, aquel primer madrugón de septiembre se le hacía algo penoso. Echaba de menos la vestimenta ligera de las últimas semanas. También añoraba la imagen de aquel cuerpo desnudo que no solía madrugar y que reposaba, perezoso y sensual, sobre un mar de caóticas sábanas.

Su idilio estival se había terminado, pero sus recuerdos lo tenían algo confuso. Sabía que tantas caricias habían tenido precio a pesar de un creíble despliegue de arrumacos; incluso la escena de llantos del aeropuerto tenía cierta apariencia. Tratando de olvidar el desconcertante recuerdo, se dijo que, con o sin amor, al menos su dinero sirvió para el bienestar de una familia entera, a la que no le faltaría de nada en varios meses. Eso le daba razones para no sentirse culpable.

Lo abrumaba saber que debería reanudar otra relación el verano siguiente, ya que, tras tres veraneos seguidos con la misma pareja, los trece años se le hacían un tanto excesivos.

De camino al instituto donde trabajaba, leyó una noticia que le hizo pensar en la rigidez del Código Penal.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Cita a ciegas




El aviso de la secretaria fue ambiguo sobre el contenido pero conciso en cuanto a la urgencia de presentarse inmediatamente en el despacho del jefe. De camino, cada espejo reflejaba una imagen distinta, muy ceremoniosa, demasiado informal, y la inseguridad era mayor a medida que se reducía el espacio entre el ascensor y la puerta tras la que, como en una cita a ciegas, nunca se sabía qué habría.

-Con permiso…