viernes, 29 de noviembre de 2013

Santa Bárbara y los truenos



Cuando atronó la primera tanda de disparos sobre el ajusticiado, este miró a sus verdugos, su desde entonces viuda miró al cielo, y las autoridades miraron, como era la costumbre, hacia otro lado.

martes, 26 de noviembre de 2013

El sonámbulo Washington Jaramillo



Se durmió soñando que él también podía volar los cimientos de ese lóbrego cabaret en el que, sin embargo, descansaban su prestigio y sus recuerdos, y que veía terminar sus días de gloria con el más ingrato de los baldones. Las órdenes del consistorio eran claras y de obligado cumplimiento, de modo que apremiaba adelantarse a un final ignominioso para El Pelícano.

Al despertar, el murmullo de la calle no lo sorprendió tanto como el haberse levantado vestido y oliendo a bencina.

viernes, 22 de noviembre de 2013

La palabra



La amenaza de divorcio, si volvía a frecuentar aquellas timbas nocturnas, sonaba seria por primera vez desde que se casaron. De modo que Panikós Flynn, con mirada de póquer pero con sinceridad ante su amada Itsuko San, decidió romper con su vida pasada y respetar la palabra sellada ante el código civil, que le exigía entrega. En un año dejó los casinos clandestinos y se sacó unas notarías.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Lástima

Papá, ¿tú no tienes frío?, solía preguntarle cuando venía a arroparme. “Mamá, ¿tú no tienes sueño?”, siempre le decía cuando la veía meciéndose a los pies de mi cama. “Carlitos, ¿tú no tienes lástima?”, le preguntaba cuando lo veía hipnotizado por el ruido monótono del respirador.

Las conversaciones ya no son lo mismo con esta máquina que me ha mantenido vivo a mí más que a papá y mamá.

“Carlitos, ¿quieres tirar de ese cable?”, apenas tuve tiempo de terminar mi pregunta.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Tabaquismo





Antes de que vuelva papá de comprar tabaco tengo que ordenar mi cuarto, y así mamá me perdonará, dejará de llorar y cenaremos todos juntos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Una victoria, en cierto modo



El griterío, que unos segundos antes lo ensordecía, ahora no es más que su propio jadeo junto a un lejano rumor del gentío que, en una calle cercana, aplaude al ganador. Una vez más se dejó cegar por la gloria de saberse el primero, y cerrando los ojos, tomó por la calle que no era.

Al menos, confundido en el grupo de los segundones, escuchó voces de ánimo, y eso lo reconfortó, hasta el año siguiente.