sábado, 11 de enero de 2014

Deber de sigilo



Naricilla respingona y un cuerpazo de escándalo no parecían argumentos suficientes para el animoso agente de aduanas que, conociendo el riesgo de interpelar a la amante del diputado, no dudó en darle el alto y en registrar su bolso. Aspirando más de cerca el aroma que manaba del pecho de aquella mujer, el funcionario se dio por satisfecho y la dejó marchar, excusándose con una gentileza a la que ella respondió con un ademán confuso que lo embriagó.

El perro también pareció alterado por lo que olió dentro del bolso.