sábado, 4 de enero de 2014

Última lección




Apenas prestaba atención a su alrededor, limitándose a extender la mano y a agradecer la caridad de quien le dejara una moneda. En medio de la indiferencia de los transeúntes, se le acercó un viejecito y le ofreció un desayuno caliente en el bar de la esquina, y aceptó.

Cuando entró en calor, sus ojos parecieron reconocer a ese bienhechor, y entonces se ruborizó.
—¡Profe! —exclamó—.
El viejo detestaba que lo llamaran así, pero él tampoco recordaba el nombre de su antiguo alumno.