domingo, 9 de febrero de 2014

El joven Washington Jaramillo cuando aún no era quien llegó a ser



Triste, mientras miraba la fotografía de su familia a la que ya nunca vería, Jaramillo recordó cómo se esfumó el próspero negocio de su padre, en peligro por no acercarse al cobijo de la milicia triunfante. Y así lo hizo el bueno del mercero, que se afilió, que regaló prendas a las esposas, que no dudó en ser uno de los que se vestían como ellos, con sombrero y capa bordada. “Hazte de ellos” le decían, “hazte de ellos, que, si no, te lo quitarán todo”. Su hijo le decía lo contrario, pero él se hizo de ellos, fue como ellos, se retrató con ellos y con sus insignias, pero acabaron quitándoselo todo, porque no era de ellos. Triste, saliendo del burdel donde dejó durmiendo a la gentil Karen, Jaramillo se propuso vengar todas las infamias del mundo. Triste, junto a un árbol, cavó un hoyo, despedazó la fotografía de su familia ya muerta y la cubrió de tierra. Luego lloró, y el cielo del amanecer, que estaba verdoso y anaranjado, le dijo que, en alguna parte del planeta, las almas de los muertos se compadecían de su enorme soledad.