sábado, 1 de febrero de 2014

El mundo literario


Suspiró profundamente y recogió dos cubiertos para, tras el discurso, acabar de cenar en paz junto a su esposa, que lo admiraba por el galardón recibido.

Tras el consomé, se había elevado el tono hasta que las palabras no lograron expresar tanto como los puños, y aquellos escritores, ante los invitados, acabaron cobrándose a sopapos viejos litigios.

—¡Plagio!

—¡Me cago en su calaña, caballero!

—¡Y yo en la suya, fíjese!

La deshonrosa escena, que ocupó las primeras de los diarios, con hombres descamisados, sofocados o inconscientes, confirmó que los literatos saben discutir, pero no saben pelear. Es lo peor que tienen.