domingo, 6 de abril de 2014

Un pacto de amantes

Le deseé que tuviera un buen turno, matinal, para poder sentirla aún fresca y oliendo a su jabón de heno. Ella, que aún podía sonreír, me indicó que eso sería estupendo. Qué menos habríamos podido desear en ese trance.

Al amanecer, el primer pelotón entraba encabezado por la carcelera, tras la que venían las condenadas, todas tristes, salvo mi amada, a la que veía sonreír en el extremo del cañón. Con el ojo puesto en su corazón, me despedí de la heroína sin una lágrima, como ella me hizo prometer.